25-oct. Sea el amor vuestra raíz y vuestro cimiento (Ef 3,14)


Me imagino a Pablo como él mismo se describe: de rodillas. Y luego vuelvo a leer el texto completo. Y pienso que son palabras hermosas. Y me quedo clavado, sin poder pasar de la parte en la que el amor, que el amor sea todo, raíz y cimiento, el origen, la fortaleza. Y ahora lo imagino llorando, porque ha encontrado la fuente de donde todo mana, y debe contárselo a todo el mundo. No como filosofía, sino como vida. Ninguna filosofía llegará a convencer al hombre de que el amor lo es todo. La filosofía da vueltas, sube y baja escalones, busca algo que en ocasiones ni siquiera conoce, y se pregunta. Lo sé porque soy filósofo. Pero como cristiano, nada se compara al amor. Y puedo decir, con absoluta certeza, que la filosofia sólo conduce, como muy, muy cerca, a la puerta en la que poder llamar, y como Pablo, arrodillarse para pedir amor. Pero el amor no nace de la sabiduría. Porque el amor rompe la lógica y el sentido que hasta esa puerta habíamos creado para nosotros.

Me imagino a Pablo, que pide amor, recibiendo el Espíritu en ese preciso instante. Y levantándose con la misma cara de siempre, penetrado de una mirada conmovedora. Porque acoger el Espíritu es al mismo tiempo abrir una puerta que me conduce lejos y una puerta que me lleva a lo hondo de la propia vida. Y ahora Pablo está con él mismo, y el Reino también, y es Piedra Viva para construir, para albergar, para que otros puedan llamar y pedir.

14-oct. Llamados a vivirlo todo (Mc 10,17)


Este encuentro entre Jesús y el joven rico se parece mucho a todos los encuentros que tenemos nosotros con el Señor, con la vida, con la realidad, con nosotros mismos incluso. Es una Palabra que ha sido pronunciada en nuestra vida para que aprendamos de ella en abundancia, y no nos conformemos con menos. Palabra pronunciada en nuestra vida significa Palabra que puede ser acogida en la fe como Palabra de Dios, que es así lo que en verdad es. No de otra manera. No se trata de una catequesis, ni de una explicación, ni de una parábola. Sino de un encuentro entre nosotros y Dios, en el que Jesús nos mira amándonos entrañablemente. Jesús nos mira el corazón y sabe que lo queremos todo en este mundo, aunque vivimos agarrando y sometidos a unas pocas cosas. Y es esa parcialidad y limitación la que nos hunde, nos deprime y nos ahoga. Jesús quiere darnos todo, y quiere hacerlo ya. Nuestro encuentro con Él, cada uno de ellos, es para recibir todo de la mano de Dios. Pero, como digo, lo fragmentario, lo limitado, lo pobre de nuestra existencia es no confiar en que todo lo podemos recibir de Dios, en no creer que quiere darnos toda la Vida, y que en cada uno de nuestros acontecimientos pequeños o grandes nos da toda la Vida.

Por ejemplo, no son pocos los que se dice a sí mismos que tal o cual persona es “buena, pero…” Y entonces sucede que en el matrimonio, en la amistad, en la relación con los hijos o con cualquiera, queremos recibir sólo parte de lo que Dios quiere darnos. Preferimos esto, a esto otro, y aquello de más allá lo cambiaríamos por entero. En otros casos, sucede que por miedo a recibir todo, viendo lo que no nos agrada ni convence del todo, rechazamos lo que sucede y nos quedamos con nuestras pobres interpretaciones. Así es como, de una u otra manera, nos construimos nuestros paraisos y terrenos, donde creemos disponer de aquello necesario y suficiente para vivir. Seguimos queriendo tenerlo todo, pero nos hacemos reductos de confianza y tranquilidad en los que poder habitar apaciblemente. El deseo sigue. Por nuestra parte, y también de parte de Dios, que una y otra vez, cada una de las veces que nos encontramos, nos quiere dar todo, desbordar e inundar de amor, perdón, fe, esperanza. Pero no permitimos que sea así; tenemos las manos llenas de “lo nuestro”. Hace falta liberarse, hace falta creer para recibir tanto amor, tanto Dios, tanta cercanía, tanta fe como para saciar nuestro corazón. Hace falta, es necesario, vender lo poco que tenemos y considerarlo en nada, dejar a un lado nuestras pobres ideas y considerarlas en nada, para alcanzar toda la riqueza de Dios y toda su sabiduría. Dios está dispuesto a darlo todo, de hecho, ya lo ha dado en su Hijo. ¿Tú estás dispuesto a recibirlo todo en la Cruz y Resurrección del Señor, dejar que Él transforme por entero tu vida haciéndola nueva, recreándola por entero? ¿No quieres acaso las riquezas del cielo? ¿No dejaráis todo por un amor tan fiel y seguro, por una fe tan grande y fuerte? Dios ya ha puesto sobre la mesa todo, ¿lo acoges, lo quieres, le sigues?

9-oct. Una mujer, llamada Marta, lo acogió en su casa (Lc 10,38)


Me cautiva la figura de Marta, que sabe abrir las puertas, acoger y servir al Maestro. Una mujer a la que no le importa quejarse abiertamente ante el Señor porque hay quienes, según parece, andan ocupados en más bien pocas cosas, mientras ella trabaja y trabaja. Una mujer fuerte, que no deja de hacer lo que debe, pese a lo que vea a su alrededor. Y que escucha la Palabra metida en sus afanes cotidianos, y en la acogida responsable en su propia casa al Señor del Universo, a ese hombre llamado Jesús, amigo de Lázaro, su propio hermano.

Marta se parece a muchos que, pese a todo lo que hacen, parecen no disfrutar y quieren algo más. Algo les incomoda. Quizá no sea lo que los demás hacen, sino cómo se toman la vida. Que quieren terminar pronto sus tareas para poder sentarse a escuchar al maestro, y que toman la actividad como signo de servicio cultural, como algo social, sin mayor trasfondo. Me parece que hay que pensar más en Marta, rezar con ella, saber preguntarle lo que la inquieta, acoger su preocupación porque ella es acogedora. Me gustaría sentarme y charlar sobre lo que vive, darle las gracias por tanto esfuerzo, darle la posibilidad de recuperar la paz, continuar después mi camino, hacerle ver a ella, que recibe tan bien en su casa, que anunciar el Evangelio nos conduce por muchos caminos donde no encontramos la familiaridad que ella generosamente ofrece.

1-oct. El más importante en el Reino (Lc 9,46)


Algunos hablarán de la inocencia de los niños, de la sencillez de vida propuesta por Jesús en el Evangelio, de lo infructuoso que hay en la vida adulta con sus complicaciones, de lo ilógico que resulta ansiar los primeros puestos en el Reino de los cielos, y así de innumerables asuntos. El Evangelio tiene una riqueza insonsable, y más cuando se presenta en la excelencia del rostro de un niño.

Yo saldré con esta Palabra dejando que resuene en mí. Es inabarcable. Miraré a los niños en la escuela dejándome mirar por ellos, porque en sus ojos escucharé “Yo soy”.

26-sep. No llevéis nada (Lc 9,1)


Esta es la indicación más clara y precisa que Jesús da a los apóstoles antes de enviarlos a anunciar el Evangelio. Por si no ha quedado claro, lo especifica, les aclara qué deben dejar y no llevar consigo. Sin bastón, ni alforja, ni pan, ni dinero, ni túnica de respuesto. O lo que es lo mismo, sin poder, sin recambio, sin aquello que atrapa a las gentes de este mundo. En desprotección, como signo de confianza. Portando en su libertad y pobreza el tesoro que verdaderamente les enriquece, haciendo gala de haber sido resvestidos de otra condición diferente. Parece indicar que no quiere que se confundan, ni se parezcan, ni se puedan mezclar con otros anuncios que ofrecen cosas a cambio, que aparentan éxito y felicidad apostados en privilegios y en honores, en cargos y posiciones altas desde las que mirar “a los de abajo”, en verdades que defienden con demagogia y con argumentos falsos. Los discípulos, sus discípulos, parece decir Jesús, deben anunciar a Jesucristo dando testimonio de su propia confianza y debilidad. Entonces sí, dejarse acoger entre la gente, en sus propias casas, entrar y quedarse con ellos.

Sería un precioso ejercicio comprobar la calidad de nuestro anuncio, su pureza y claridad. Sería un precioso ejercicio poder salir a las calles, o mejor dicho, sin ni siquiera salir comenzando por los de casa, y anunciarles el Evangelio en la propia vida. Sería maravilloso pensar que viéndonos, pueden ver al Maestro, que el testimonio es suficiente para interrogar y descubrir a otros la fuerza de Dios en medio de los hombres, la salvación y liberación ofrecida en Jesucristo. Sería maravilloso. Es maravilloso que pueda ser así. No sería, sino es. Y nos hace falta recuperar el aliento de esta vida anunciada en la propia vida, con más libertad que medios, con más limpieza. Nos hace falta, ¡ciertamente!, recuperar a los buenos profetas, fijarnos en los testigos y en los que se dejan mover y llevar por el Espíritu. Esos ponen paz, no discordia, en las casas.