1-oct. El más importante en el Reino (Lc 9,46)


Algunos hablarán de la inocencia de los niños, de la sencillez de vida propuesta por Jesús en el Evangelio, de lo infructuoso que hay en la vida adulta con sus complicaciones, de lo ilógico que resulta ansiar los primeros puestos en el Reino de los cielos, y así de innumerables asuntos. El Evangelio tiene una riqueza insonsable, y más cuando se presenta en la excelencia del rostro de un niño.

Yo saldré con esta Palabra dejando que resuene en mí. Es inabarcable. Miraré a los niños en la escuela dejándome mirar por ellos, porque en sus ojos escucharé “Yo soy”.

12-sep. La representación de este mundo se termina (1Cor 7,25)


Ya sabemos que Pablo, en su momento, entendió que el final de los tiempos estaba cerca, porque Cristo había cumplido todo en el mundo. Si todo estaba terminado, ¿qué sentido tiene que este mundo exista? Si Cristo trae la novedad radical, si ya tenemos de nuevo acceso al Padre, ¿para qué vagar y divagar más? ¡Esto se termina! ¡Preparad el final!

Sin embargo, los planes de Dios no funcionan con lógica humana. En lugar de eso, ahora es cuando más y mejor podemos disfrutar de este mundo, conociendo al Señor y amando a su medida. Ahora sí, antes de Cristo era diferente. Pero ahora que está el camino abierto, que hay vida, que la verdad se ha dicho al hombre… ¡ahora sí! Como peregrinos, ciertamente. Sin contar que lo de aquí es definitivo, es verdad. Este mundo pasará, terminará, y nosotros en él. No así la vida que Dios nos ha regalado, no así el amor entregado, no así la comunión. Ya podemos imaginar y vivir un mundo nuevo, aquí en la tierra, y en presencia del Señor. Este plan, que es el proyecto de Dios para cada hombre, tiene más luz ahora que antes, tiene más fuerza ahora que antes. Ni nos ha dejado, ni nos abandona. Pero todo ha sido renovado, desde dentro, y todo es nuevo, por eso la contradicción. ¿Cómo vivir entonces, como ángeles? ¡No, no somos ángeles! ¡Como personas amadas por Dios! Sin cerrar los ojos, abriéndolos a la verdad.

5-sep. Cada cosa a su tiempo (1Cor 3,1)


Hay un tiempo para todo. En principio. Tampoco hay que confiarse mucho, no sea que se acorten los plazos, y tengamos que vivir comprimidamente. Pero -dicho así en general- es cierto que hay tiempo para todo. Lo cual significa que, dando pasos y creciendo, no hay ni por qué agobiarse ni por qué desesperar ni por qué adelantar. Conocer y respetar, con paciencia, los ritmos humanos requiere de mucha pedagogía y amor paternal. Sin embargo, en nuestro crecimiento conviene indicar, igualmente, que nos vemos impedidos y deceleramos nuestros procesos, no pocas veces, por debajo de las posibilidades. De modo que ya no estamos en la paciencia que se requiere, sino engañándonos a nosotros mismos y poniendo escusas baratas. Para crecer hay que espabilarse, y si durante un tiempo nos daban de comer según lo que nos convenía, llega el tiempo de saber nosotros lo que nos conviene, dejar los purés de niño pequeño y pasar a los chuletones de adulto. Algo contundente y fuerte, apropiado a la edad.

Más claro no se puede ser en este sentido. Para pasar al hombre del espíritu, abandonando una humanidad anclada en la carne, supone superar envidias y rencillas, divisiones y “selecciones”, grupos y afectividades torcidas, establecer primeros y segundos rangos. Diagnosticar este mal del crecimiento espiritual a tiempo puede salvar muchas vidas para el espíritu, vocaciones adultas para la iglesia y misioneros incansables del Evangelio del Señor Jesús. Lo otro, engañosa y aparentemente “feliz”, no es sino un retraso madurativo, tiempo que no se podrá restituir, anquilosamiento del corazón y del alma, ceguera para la verdad, una vida aplastada entre mediocridades.