4-nov. La obligación de amar (Mc 12,28)


Lo de que Dios obligue… como que lo llevamos un poco mal. Nos gusta más pensar en un Dios dialogante, campechano, bonachón, al estilo de los abuelos de nuestro mundo y algunos padres permisivos. Pero Dios sigue mandando, ordenando, imponiéndose de vez en cuando, o al menos pidiendo con mucha seriedad las cosas. Hoy incluso se permite ordenarnos que le amemos. Y lo dice con radicalidad: lo primero es esto, y lo debéis hacer con todo lo que sois. Y a nosotros nos suena un poco drástico, y en seguida entonces aparecen los requerimientos y las peticiones para suavizarle: es que yo tengo un corazón herido, es que yo pienso esto otro y no lo tengo claro, es que de fuerzas ando bajo, es que… Cuando hemos terminado, sigue ahí su palabra, invariable, hasta que seamos capaces de entenderla: con todo lo que eres… Si es corazón herido, ama. Si es en la duda y la inseguridad, incluso en el jaleo y la confusión, ama. Si estás al diez por ciento, ama. Pero ama a Dios, lo primero, por encima de todas las cosas, por encima de ti mismo, por encima de tus situaciones. Y para amar, escúchale, mírale, búscale.

Dios está esperando que el hombre le ame. Es curioso que Dios busque al hombre para esto, y no para que le sirva, ni por los sacrificios, ni por la compañía siquiera. Sino que ande detrás del hombre para que el amor sea lo primero en su vida y nunca se le olvide. Que Dios busque al hombre no para sentirse escuchado y obedecido, sino para entablar un diálogo de amor con Él, me parece increíble y asombroso. Absolutamente asombroso. Sin palabras te deja el darte cuenta de lo que Dios anda pidiendo, cuando algunas veces nosotros nos enredamos tanto en otras cosas. Dios busca, y hace de ello lo primero, que ante todo en el hombre exista la felicidad.

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2 pensamientos en “4-nov. La obligación de amar (Mc 12,28)

  1. Gracias Jose Fernando. La segunda parte de este escrito me encanta, está en la línea del rostro de Dios mostrado a través de Jesucristo, “El padre y yo somos uno” (Jn 10,30) “el que me ve a mí ve al que me ha enviado” (Jn 12,45) “no me conocéis ni a mí ni a mi Padre, si me conocierais a mí conoceríais al que me ha enviado” (Jn 8,19) “quien me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Jn 14, 9) Pero en la primera comentas esto: “Pero Dios sigue mandando, ordenando, imponiéndose de vez en cuando, o al menos pidiendo con mucha seriedad las cosas. Hoy incluso se permite ordenarnos que le amemos.” Yo lo veo de esta manera: Jesús habla de lo que es realmente vital para mí, para ti, para todos, de lo esencial para vivir, de lo necesario, “como si se tratara del aire que respiramos”. El primer mandamiento empieza por esta palabra: Escucha: Es imperativo del verbo escuchar. Gramaticalmente es un modo verbal con el que “se manda o ruega”. Está dicho en un tono imperativo para que yo me espabile y abra mis oídos. Me quiere zarandear. Porque puedo andar por la vida entretenida con cosas pendientes de hacer, cosas del ayer y del mañana, y realizando actos como una autómata. Escucha es una palabra amable y amistosa. “Si escucho, vivo despierta”, y me entero de lo que pasa en la vida y en mi vida, así como de las voces que me hablan, las importantes y las que no lo son. Amarás: siempre me ha llamado la atención que está escrito el verbo amar, en este mandamiento, en futuro simple. Un pequeño repaso gramatical: Es futuro activo del verbo amar: “tu amarás” El futuro pasivo del verbo amar es: “tú serás amado” El imperativo afirmativo del verbo amar es: “Tú ¡ama!” él, ella, usted ¡ame!, nosotros/as ¡amemos!; vosotros/as ¡amad! ellos, ellas, ustedes ¡amen! Amarás queda claro que es futuro, no es imperativo. “El amor jamás se puede imponer”. Yo no puedo obligarte a que me quieras. Dios tampoco puede obligarme a que le quiera, ni a que te quiera. Porque “Dios es amor”. Jesús pasó por la vida haciendo el bien pero no obligó a nadie a que hiciese lo que hacía él. El amor contagia, invita, convence. Pero nunca obliga ¡no puede! (estas palabras forman parte de mi reflexión a esta Palabra Mc 12, 28b-34. Saludos y gracias Carmen Pallarés Gregori

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