11-Nov. Dios te pide todo, y si no tienes nada, da nada (1Re 17,10)


Elías es un impertinente. Lo hace de parte de Dios, pero sigue siendo un impertinente, y no dejará de serlo. Es el nombre que se merece alguien que pide y pide, sin atender ni hacer caso de la situación de otras personas. Qué agotador es vivir con estos hombres, que son como niños. Lo que le place, eso demanda. Que le hagan caso una y otra vez. Hasta que llega el momento de escuchar: me quedé con nada para mí, te lo he dado todo, sólo falta este resquicio de vida por compartir. Y aún así, como Elías es un impertinente, lo pide. Sin pagar con monedas, a cambio de una promesa.

La viuda de Sarepta era viuda, trabajadora, pobre y con un hijo a quien criar. Todo esto, que está bien dicho, es insuficiente para describirla. La viuda de Sarepta, con la que providencialmente se encontró Elías porque Dios es bueno, era una mujer con aguante y soporte, con entrega y generosa. Si topa con otras personas, en otras condiciones menos dolorosas, a Elías lo hubieran mandado a paseo. Pero esta mujer, educada en la escuela de la vida y que creía en Dios, es ya una mujer buena. No es Elías quien hace el regalo sino Dios, y Dios ha regalado a Elías el encuentro con esta mujer tan buena, y a la mujer le ha dado, no a Elías, sino una fe que va a fructificar. Ya digo, si Elías, por mucho profeta que fuera, se hubiera encontrado con otra persona, otro gallo cantaría. Pero Dios es bueno, y le da a cada uno lo que corresponde. El gran regalo y don de esta lectura es para Elías, con el testimonio de fe de esta mujer. Lo demás, que son cosas, valen más bien poco cuando se conoce a Dios.

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Ajab es castigado (1Re 21,17)


En este texto se puede estudiar a la perfección el ritmo siguiente: pecado – castigo – arrepentimiento – perdón. Pero no en esa secuencia, si te das cuenta, sino alterado. Y este cambio se produce debido a dos elementos que se combinan: la escucha de Dios, por medio de la palabra del profeta, que presenta ante el hombre su propia maldad reflejándola como en un espejo y mostrando su profundidad y daño; y, por otro lado, el humildad de quien recibe, con dolor y estupor, la verdad que se le anuncia. Sin embargo, conviene hacer notar de la misma manera que ninguno de sus elementos se ve suprimido.

Ajab no realiza el daño. Sí es responsable, sin embargo. No es él quien ha matado y maquinado la muerte. En él empieza, en su ansia y malestar “comunicado”. Se ve manipulado por la respuesta fácil, todo en bandeja servido por parte de Jezabel. Y sucumbe cuando ve que ya no hay obstáculo. Se levanta de la cama, y sin preguntar demasiado se encamina a tomar posesión del fruto de la muerte. De camino, insisto, Ajab escucha. Y aunque pueda parecernos increíble, incapaces de comprenderlo desde nuestros criterios, Dios no puede dejar ni de amar, ni de perdonar, ni de invertir el orden de las cosas cuando hay arrepentimiento. Ajab se salva, no por su llanto, sino por misericordia. Ajab se salva, sin olvido.

Por cierto, la imagen es de El filósofo meditando de Rembrandt, que siempre me ha cautivado interiormente.

El poder de Jezabel (1Re 21,1)


Jezabel murió. Ajab y Nabot también. Mejor dicho, a Nabot lo mataron. Pero hay demasiados poderosos que continúan con sus artimañanas sin fin. Como Jezabeles de hoy, nos encontramos personas de todo tipo y condición, no sólo reyes y gobernantes, a las que parece que nada se les puede negar, que por donde van arrasan, que consideran que tienen derecho incluso a aquello que otros le niegan, y a los que la libertad del prójimo les dice más bien poco. El relato de hoy no ansía tanto una viña cuanto quedar por encima de la debilidad de los pequeños, hasta el punto de despojarles de su dignidad, de su palabra, de su decisión, de su vocación. Hoy hemos inventado formas de robar el amor incluso que nada tienen que envidiar a las mentiras urdidas por Jezabel en su corazón, y realizadas con el apoyo de sus secuaces.

¡Esto es para pensárselo! El poder, cuando no está al servicio del hombre y de Dios, se enorgullece de poseer al hombre y querer luchar incluso contra Dios. No sólo corrompe y transforma, sino que además mata y sesga la memoria, parece que da vida y crea oportunidades, se tiñe de una hermosura y encanto terriblemente mortales. Poder, en cuanto poder, y pecado, se dan demasiadas veces la mano como para que no aprendamos a someterlo en nuestra propia vida. Sirva la muerte de Nabot, como la de Jesucristo, de aviso para nosotros. Nabot nos alecciona. Jesucristo carga con nuestras culpas.

(1 Re 21,1) Nabot, el de Yezrael, tenía una viña al lado del palacio de Ajab, rey de Samaría. Ajab le propuso: —Dame la viña para hacerme yo una huerta, porque está justo al lado de mi casa; yo te daré en cambio una viña mejor o, si prefieres, te pago en dinero. Nabot respondió: —¡Dios me libre de cederte la heredad de mis padres! Ajab marchó a casa malhumorado y enfurecido por la respuesta de Nabot, el de Yezrael: no te cederé la heredad de mis padres. Se tumbó en la cama, volvió la cara y no quiso probar alimento. Su esposa Jezabel se le acercó y le dijo: —¿Por qué estás de mal humor y no quieres probar alimento? Él contestó: —Es que hablé a Nabot, el de Yezrael, y le propuse: Véndeme la viña o, si prefieres, te la cambio por otra. Y me dice: No te doy mi viña. Entonces Jezabel, su mujer, dijo: —¿Así ejerces tú la realeza sobre Israel? ¡Arriba! A comer, que te sentará bien. ¡Yo te daré la viña de Nabot, el de Yezrael! Escribió unas cartas en nombre de Ajab, las selló con el sello del rey y las envió a los ancianos y notables de la ciudad, conciudadanos de Nabot. Las cartas decían: Proclamad un ayuno y sentad a Nabot en primera fila. Sentad enfrente a dos canallas que declaren contra él: Has maldecido a Dios y al rey. Lo sacáis afuera y lo apedreáis, hasta que muera. Los conciudadanos de Nabot, los ancianos y notables que vivían en la ciudad, hicieron tal como les decía Jezabel, según estaba escrito en las cartas que habían recibido. Proclamaron un ayuno y sentaron a Nabot en primera fila; llegaron dos canallas, se le sentaron enfrente y testificaron contra Nabot públicamente: —Nabot ha maldecido a Dios y al rey. Lo sacaron fuera de la ciudad y lo apedrearon, hasta que murió. Entonces informaron a Jezabel: —Nabot ha muerto apedreado. En cuanto oyó Jezabel que Nabot había muerto apedreado, dijo a Ajab: —Ya puedes tomar posesión de la viña de Nabot, el de Yezrael, que no quiso vendértela. Nabot ya no vive, ha muerto. En cuanto oyó Ajab que Nabot había muerto, se levantó y bajó a tomar posesión de la viña de Nabot, el de Yezrael.

El peligro de la lluvia (1Re18,41)


Algo se esconde, de peligro, en la lluvia torrencial con forma de diluvio. Algo de lo que se debe proteger el rey. Y mientras el peligro acecha, Elías se esconde en la montaña a orar, vigilando con cuidado su acecho por medio de un sirviente. Sea como sea, ambas actitudes unidas, la de la oración y la de la vela, se destacan en el texto. Elías no come, no bebe. Al final del relato, sin embargo, parece tener más fuerza que nadie. ¿De dónde proviene?

A mí se me antoja pensar que somos poco precavidos habitualmente. Queriendo estar preparados para todo adquirimos un tesoro de cosas, andamos detrás de lo que no puede dar ni guardar la vida, y dejamos de velar con pasión favoreciendo nuestra debilidad y conquistas. La oración nutre, fortalece y nos ayuda a gobernar nuestra existencia, mira al futuro que viene irremediablemente sin olvidarse del presente o de pisar el polvo del ahora.

El Dios verdadero (1Re 18,20)


Esto de la verdad, qué es y qué no es verdadero, nos interesa a todos sobremanera. Cuanto antes nos demos cuenta mejor. Ya lo sentimos de adolescentes e incluso de niños. Y lo sabemos bien porque cuando nos toman por idiotas y nos cuentan dos o tres cuentecitos, nos dicen cuatro cosas para consolarnos, o nos dan cinco palmaditas en la espalda como si nada estuviera pasando al hacernos alguna pregunta incómoda, nos quedamos “a la altura del betún”. Algunos consiguen rebelare. Protestar. Quejarse. Seguir adelante. Se salen de lo normal, de lo de todos, y comienzan a caminar. Que conste, de partida, que esto del Dios verdadero nos debe preocupar como creyentes en primer lugar.

Hoy Elías se presenta con poder y fuerza ante una multitud de sacerdotes de otros dioses. Del dios Baal no quedan seguidores. Pero sí del dios dinero, placer, miedo, orgullo, éxito, poder, pereza, comodidad, falsedad, hipocresía, doblez, engaño… y tantos otros tratados como salvadores, dueños de la vida, conductores de la felicidad. Y nos piden una respuesta creyente. Y en todo cristiano existe esta lucha contra los falsos ídolos, incluso dentro de sí mismo. Y todo cristiano debe dar razón de su fe, de su esperanza, de su amor. Y debe mostrar al mundo en qué cree. De hecho, ya lo hace con su vida. Muestra en qué se apoya, en qué se afianza, dónde está su firmeza. Enseña quién le salva, en qué humanidad confía. No es una tontería esto de pararse hoy y ver a qué Dios rezamos, y si dejamos o no que obre grandes cosas en, por, para y con nosotros.

(1 Re 18,20) En aquellos días, el rey Ajab despachó órdenes a todo Israel, y los profetas de Baal se reunieron en el monte Carmelo. Elías se acercó a la gente y dijo: «¿Hasta cuándo vais a caminar con muletas? Si el Señor es el verdadero Dios, seguidlo; si lo es Baal, seguid a Baal.» La gente no respondió una palabra. Entonces Elías les dijo: «He quedado yo solo como profeta del Señor, mientras que los profetas de Baal son cuatrocientos cincuenta. Que nos den dos novillos: vosotros elegid uno; que lo descuarticen y lo pongan sobre la leña, sin prenderle fuego; yo prepararé el otro novillo y lo pondré sobre la leña, sin prenderle fuego. Vosotros invocaréis a vuestro dios, y yo invocaré al Señor; y el dios que responda enviando fuego, ése es el Dios verdadero.»  Toda la gente asintió: «¡Buena idea!» Elías dijo a los profetas de Baal: «Elegid un novillo y preparadlo vosotros primero, porque sois más. Luego invocad a vuestro dios, pero sin encender el fuego.» Cogieron el novillo que les dieron, lo prepararon y estuvieron invocando a Baal desde la mañana hasta mediodía: «¡Baal, respóndenos!»  Pero no se oía una voz ni una respuesta, mientras brincaban alrededor del altar que habían hecho. Al mediodía, Elías empezó a reírse de ellos: «¡Gritad más fuerte! Baal es dios, pero estará meditando, o bien ocupado, o estará de viaje; ¡a lo mejor está durmiendo y se despierta!» Entonces gritaron más fuerte; y se hicieron cortaduras, según su costumbre, con cuchillos y punzones, hasta chorrear sangre por todo el cuerpo. Pasado el mediodía, entraron en trance, y así estuvieron hasta la hora de la ofrenda. Pero no se oía una voz, ni una palabra, ni una respuesta. Entonces Elías dijo a la gente: «¡Acercaos!»  Se acercaron todos, y él reconstruyó el altar del Señor, que estaba demolido: cogió doce piedras, una por cada tribu de Jacob, a quien el Señor había dicho: «Te llamarás Israel»; con las piedras levantó un altar en honor del Señor, hizo una zanja alrededor del altar, como para sembrar dos fanegas; apiló la leña, descuartizó el novillo, lo puso sobre la leña y dijo: «Llenad cuatro cántaros de agua y derramadla sobre la víctima y la leña.» Luego dijo: «¡Otra vez!» Y lo hicieron otra vez. Añadió: «¡Otra vez!» Y lo repitieron por tercera vez. El agua corrió alrededor del altar, e incluso la zanja se llenó de agua. Llegada la hora de la ofrenda, el profeta Elías se acercó y oró: «¡Señor, Dios de Abrahán, Isaac e Israel! Que se vea hoy que tú eres el Dios de Israel, y yo tu siervo, que he hecho esto por orden tuya. Respóndeme, Señor, respóndeme, para que sepa este pueblo que tú, Señor, eres el Dios verdadero, y que eres tú quien les cambiará el corazón.» Entonces el Señor envió un rayo que abrasó la víctima, la leña, las piedras y el polvo, y secó el agua de la zanja. Al verlo, cayeron todos sobre su rostro, exclamando: «¡El Señor es el Dios verdadero! ¡El Señor es el Dios verdadero!»

Primero prepárame a mí (1Re 17,7)


Lo que se pide a la viuda de Sarepta no tiene nombre. Una mujer, viuda, con un hijo a su cargo, que pasa necesidad hasta el punto de creer que está ya ante su último bocado de comida, sin un presente donde se vislumbre esperanza y sin futuro que pueda entusiasmarla, arrastrando un pasado todavía por reconciliar. Y llega el profeta, con toda su sabiduría, y le pide prioridad, urgencia y servicio. ¡Sin palabras! ¡Lo último que se nos ocurriría a cualquiera de nosotros! Pero claro, será que no somos profetas.

Elías es un comodón e insensible, egoísta y egocéntrico, daprichoso e indolente. Me quedo sin adjetivos ante su atrevimiento. Estando la mujer como está, y todavía le pide que ame a Dios primero, que lo demás vendrá con confianza por añadidura. No sé tú, pero este hombre o tiene mucha fe en Dios, o es un estúpido sin ojos en la cara y sin corazón de carne. ¿Será que pase lo que pase, Dios y el amor deben estar siempre a la cabeza de nuestras preocupaciones y amores? ¿Deja Dios de amar en estos momentos? ¿Será que realmente lo demás se dará por añadidura? Hasta donde yo sé, esta mujer se fió, confió. Y lo hizo porque pudo escuchar, no cerró su corazón. Como poco pudo ver que todavía amaba, y mucho. ¡El inicio de su riqueza!

(1 Re 17,7) En aquellos días, se secó el torrente donde se había escondido Elías, porque no había llovido en la región. Entonces el Señor dirigió la palabra a Elías: «Anda, vete a Sarepta de Fenicia a vivir allí; yo mandaré a una viuda que te dé la comida.» Elías se puso en camino hacia Sarepta, y, al llegar a la puerta de la ciudad, encontró allí una viuda que recogía leña. La llamó y le dijo: «Por favor, tráeme un poco de agua en un jarro para que beba.» Mientras iba a buscarla, le gritó: «Por favor, tráeme también en la mano un trozo de pan.» Respondió ella: «Te juro por el Señor, tu Dios, que no tengo ni pan; me queda sólo un puñado de harina en el cántaro y un poco de aceite en la alcuza. Ya ves que estaba recogiendo un poco de leña. Voy a hacer un pan para mí y para mi hijo; nos lo comeremos y luego moriremos.»  Respondió Elías: «No temas. Anda, prepáralo como has dicho, pero primero hazme a mí un panecillo y tráemelo; para ti y para tu hijo lo harás después. Porque así dice el Señor, Dios de Israel: “La orza de harina no se vaciará, la alcuza de aceite no se agotará, hasta el día en que el Señor envíe la lluvia sobre la tierra.”»  Ella se fue, hizo lo que le había dicho Elías, y comieron él, ella y su hijo. Ni la orza de harina se vació, ni la alcuza de aceite se agotó, como lo había dicho el Señor por medio de Elías.