17-dic. Lo veo, pero no es ahora (Nm 24,2)


No creas que es un don. Igual que ves más allá de lo que está delante de las narices, también todo hombre tiene, por su corazón y su razón, capacidad para ver en el futuro, adelantarse en él, prever y ordenar su vida en función de lo que viene. En algunos casos, fruto del esfuerzo del hombre, y en otros, sin saber explicar bien cómo, porque el anuncio nos llega de lo que está por venir, que está llegando, que es como si se viese a lo lejos en el tiempo caminar hacia nosotros en el presente. No te puedo decir por qué, ni cómo. Sólo que hay quienes disponen, según parece, de unos telescopios especiales o catalejos para otear.

Podríamos pensar entonces que se trata sólo del privilegio de unos pocos, dotados de especiales cualidades y virtudes. Y no es así. El anuncio está hecho a todos, a todos se les reclama desde lo que está por llegar, que es la Navidad y es inminente. Cuando alcance el ritmo de nuestra vida, cuando nos introduzca en su Misterio, existirán dos tipos de hombres: los que escucharon, y los que no, los que se prepararon y los que todavía, un año más, no se dieron cuenta de lo que estaba por suceder y lo que se venía encima. Unos, como es lógico, disfrutarán asombrosamente, con mayor capacidad de asombro si cabe, que los otros. Y paradójicamente serán aquellos que han tenido guardada en su memoria, en su interior durante más tiempo, la palabra de lo que no había acontecido todavía.

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16-dic. ¿Qué debemos hacer? (Lc 3,10)


Me imagino esta pregunta como una verdadera ofrenda de la propia vida, y a Juan con cara de asombro respondiendo, constatando el fruto de la pedicación y anuncio de conversión. Me imagino a ese hombre vestido al modo como lo describen en el Evangelio, en pleno desierto, aunque hoy con cara enternecida al ver lo que está provocando la llegada inesperada, siempre deseada, del Reino. Y lo veo sin pestañear respondiendo, con la claridad que le ofrece el Espíritu en ese momento al hombre justo, invitando a la justicia. Compartid, no os aprovechéis de nadie, sed misericordiosos. Se trata de una especie de escala, o de tres palabras enfrentadas a la tentación que debe combatir todo hombre en el desierto, más allá del desierto mismo.

Hoy hago mía esta pregunta. Si bien, el Evangelio nos invita a formularla dirigida, con horizonte y norte. Hemos pasado del qué debemos hacer, al qué puedo hacer por ti. Ya sabemos qué debemos hacer, nosotros ya lo sabemos. Puestos en marcha experimentamos la debilidad y la fragilidad, la seriedad de la existencia, la contundencia de algo tan simple como amar siempre, en todo lugar, a toda persona, pase lo que pase, haciendo lo que debemos hacer, en cada obra, en cada paso, en cada gesto. Esto, tan sencillo, tan complejo. La palabra de Juan es para la conversión del hombre, la que llega de parte de Jesús es para recibir vida en plenitud. Una y otra se llaman y reclaman. Pero sólo la propuesta de Jesús colma el corazón del hombre. Juan nos invita hoy a entrar en la Iglesia, para no salir nunca más de ella. Iglesia sin paredes, por doquier. Iglesia que sigue el Señor Jesucristo, que viene con la fuerza del Espíritu. Juan no lo sabía, del todo. Pero ciertamente el que venía detrás de él era el más grande de los hombres, el más digno de todos, el Señor de los señores, el Rey de reyes capaz de morir por amor. Porque el amor limpia más que el agua, y mata el hombre viejo en su corriente.

13-dic. Para que vean y conozcan, para que aprendan (Is 41,13)


Cada día que pasa tengo menos claro qué es más difícil, o más fácil, si enseñar o aprender. Por un lado diría que enseñar, sobre todo cuando es una pasión que mueve la vida entera. Aunque pronto cae de su caballo ideal para ser vencida por las tropas de la realidad cruda y cotidiana. Las tareas, los horarios, los temarios, las preguntas, las explicaciones… Quizá hemos encerrado demasiado nuestra tarea entre unas paredes que provocan la hibernación de la inteligencia, la pasividad del corazón, la corrección de las preguntas, y los intereses numariales. Por otro lado, me quedo con lo de aprender, que es más cómodo a todas luces, porque te sientas y escuchas, porque tomas notas hoy y mañana las pides, porque no implica tanto los propios ritmos. Sin embargo, lo de siempre. Sé que no tiene nada de sencillo. Más bien exige esfuerzo, constancia, compromiso, dedicación diaria. La escucha atenta de lo desconocido, la inexplicable finalidad de todo lo que se recibe. No he olvidado, nunca lo podré lograr, las horas dedicadas a entender algunas cuestiones, ni la implicación emocional y personal en la búsqueda de respuestas, ni el sometimiento que provocaba el tiempo de los exámenes.

Por eso me parece tan maravillosa esta lectura, y ver cómo Dios se “arremanga” para educar a un pueblo de dura cerviz, que ya está sediento en pleno desierto. Ver a Dios actuando, sin dejar que caiga en el abatimiento radical o la desesperanza, ni permitiendo el castigo y la catásfrofe final que se avecina en breve, sino dando soluciones, aportando salidas, abriendo caminos, fortaleciendo y levantando la mirada. Dios educa dando de beber, nutriendo de nuevo, ofreciendo descanso y reposo, resguardando al desvalido. Dios educa, está clara su pedagogía por medio del amor sincero, que se entrega, que es transparente, que perdona y es misericordioso. Después llegará el tiempo del diálogo, pero lo primero es salvar al pueblo, y que comprenda y reflexione que su Amor es incondicional, y que sus caminos son ciertos y seguros.

11-dic. Las 99 ovejas (Mt 18,12)


El 99 son como dos ojos, ahora que lo veo dibujado. Dos ojos que miran. Y me pregunto hoy por las 99 ovejas, aunque sé bien que el valor de la parábola está en la libertad y el arrojo, en la predilección por la perdida. Pero me pregunto cómo mirarán estas ovejas al pastor, mientras el pastor se aleja, se va. Me pregunto si estas ovejas estarán contentas, si podrán participar de la misión, si notarán la ausencia de la que falta, si se sentirán más cómodas en el redil, ahora más amplio. Me pregunto si las 99 apoyarán decididamente a su pastor portándose bien, sin armar jaleo mientras se encuentra fuera de casa o si montarán una revolución. Me pregunto si las 99 ovejas harán fiesta, tomarán la casa de su dueño y se la apropiarán. Me pregunto qué vería el pastor en ellas para andar por los caminos tan libremente. Porque el buen pastor conoce a sus ovejas, y sabe que las puede dejar solas cuando están a salvo.

Mientras el pastor trabaja, estas 99 deberían estar en vela, preocupadas, aguardando, esperando. Mientras el pastor trabaja, el rebaño en el redil debería cantar para indicar el camino de regreso, desear el reeencuentro, otear el horizonte en su búsqueda. Mientra el pastor trabaja, las ovejas deberían disponer todo para que, cuando llegue, se produzca una gran fiesta. Porque saben, como yo ahora mismo tengo una pequeña certeza interior, que el Pastor encontrará a la perdida y cargará con ella, tanto si está herida como si no, y se fatigará más de camino a casa que al marchar a su encuentro. Ojalá que cuando el Pastor vuelva encuentre a todas en paz, a todas despiertas, a todas queriendo.

11-dic. Demasiados gritos (Is 40,1)


Vamos por el mundo apaciblemente domados, sin levantar la voz más de lo necesario. Vamos por el mundo hablando en bajo, con nosotros mismos, con el que está al lado sentado, con el que viaja también conmigo. Vamos siendo silenciados, acomodados a un lenguaje común donde lo propio es propio, y nadie tiene por qué enteresarse de esto. Vamos viendo extrañados, como extraños y raros, a los que tienen algo que decir que sea para todos, a quienes toman la voz, cogen el micrófono, anuncian algo diferente. A estos, que quieran hablar, no les dejarán. Pensamos que se les habrá ido la pinza, que a dónde van con sus palabras, que nadie les escuchará. Y Dios, que mira y no calla, nos pide que gritemos. Que subamos los montes, que nos alcemos entre los collados, que cojamos posiciones privilegiadas, que gritemos con fuerza. ¿Qué? QUE GRITEMOS CON FUERZA.

Gritar es mostrar la palabra con fuerza, llegar al corazón del hombre, derribar sus muros, quebrantar sus defensas, no permitir que ninguno se haga el sordo, que la Palabra de liberación llegue a todos. Gritar es proclamar una Palabra que camina por delante de nosotros abriendo senderos de justicia y de misericordia, que nos sobrepasa, que nos desborda, que ha visto colmado y ha satisfecho el ser del hombre. Gritar es lo contrario de callar, de esconderse, de cobijarse en el pequeño grupo, en la pequeña familia, entre los que se dan aliento unos a otros, y salir con valentía a las calles. Gritar es también, permitidme decirlo, signo de debilidad. De quien habla, porque quizá no tenga otro modo, y de quien escucha, que no atendería sin ser despertado. Empecemos gritando por la paz, por el consuelo, por la libertad. Y a ver dónde paramos. Empecemos orando, que es un grito en el alma, a ver dónde termina todo esto.

10-dic. Jesús blasfema (Lc 5,17)


Vale que algunos no quieran oír, y se enzarcen en discusiones para defenderse de Dios, y de una Palabra más fuerte. Paso por aquello de que no todos tengan fe, aunque no me lo crea del todo. Pero no paso ante los hombres que cierran sus ojos para ver las proezas de otros hombres. O sea, que un grupo de amigos hace lo posible y lo imposible cargando con un paralítico, con intención de llevarlo delante de Jesús, y además quitan las tejas, lo descuelgan desde el techo como en una película, mientras todos abajo permanecen quietos y sentados, cómodos oyentes de las enseñanzas de Jesús. ¿Y todo comienza cuando a aquel hombre se le perdona el pecado? El milagro de verdad sería que los que están viendo todo aquello creyeran. ¡Ese sí que sería un milagro! Pero donde no hay fe, ni rectitud, Dios no puede entrar, por respeto al hombre.

El paralítico, a los ojos de Jesús, no necesitaba andar para ser perdonado y para ser querido. Si escuchas bien el relato, lo que él parece que busca es eso precisamente, ser perdonado, que alguien atienda la parálisis de su corazón, sus ataduras internas, sus esclavitudes. Él buscaba eso, o se lo querían regalar los amigos. Seguro que surgió en su interior una enorme sonrisa. Los amigos tampoco protestan. Pero aquellos que, según parece “son más de Dios”, en seguida alzan la voz y se quejan. Habría que decirles que son unos “listos”. Para ellos es el milagro de hoy. Para esos “listos del mundo” que no se conforman con lo que ven en el amor entre los amigos, y que no saben que todo comienza ahí, ¡allá va el milagro de hoy! ¡Qué paciente es Dios con nosotros!