2-dic. Presentarnos ante el Señor, cuestión de amor (1Tes 3,12)


https://encrypted-tbn3.gstatic.com/images?q=tbn:ANd9GcRKH_TZJKA0ohQizaP9qrTmHTwLgnen-qKvFjmPC_U2oMHSElyb9wEl amor lo es todo, lo resume todo, y lo condensa todo. Más allá del amor, no hay nada, queda el vacío, que en el tiempo de adviento lleva el nombre de desesperación o impaciencia. Quien ama, fácilmente entra en la presencia de Dios. Quien ama, y se deja amar. Porque, muy bien no sé cómo, amor y santidad diría que son lo mismo. Si para llegar a la santidad el hombre debe responder con fidelidad a su propia vocación, para ello necesita escuchar y acoger. En el paralelo con el amor, todo se vuelve más fácil de ver, porque da lo que no recibe. Si quien no acoge algo puro, tampoco compartirá con pureza, con libertad, con gratuidad, con radicalidad.

Sin embargo, este camino hacia Dios mismo, no lo emprenderá el hombre. Más bien al contrario. Se presentará ante él, como Dios mismo se acerca a su propia vida. Se aproximará en el rostro del hermano de comunidad, en quienes nos rodeen, en quienes sientan necesidad, en quienes estén en tiempos de desánimo, en quienes son grandes o pequeños. Aquí lo radical es descubrir la ingente cantidad de oportunidades que Dios nos brinda para presentarnos ante Él, una y otra vez, a través el amor. Y la falsedad de la oración de quienes, por el contrario, piden que Dios venga alejándose de las oportunidades reiteradas para hacerle presente. El camino, en cualquier caso, ya lo ha emprendido todo hombre. Aunque sea en la amistad, en la pareja, en amar a aquellos que le aman. Pero para que su amor sea puro, deberá ser a todos.

4-nov. La obligación de amar (Mc 12,28)


Lo de que Dios obligue… como que lo llevamos un poco mal. Nos gusta más pensar en un Dios dialogante, campechano, bonachón, al estilo de los abuelos de nuestro mundo y algunos padres permisivos. Pero Dios sigue mandando, ordenando, imponiéndose de vez en cuando, o al menos pidiendo con mucha seriedad las cosas. Hoy incluso se permite ordenarnos que le amemos. Y lo dice con radicalidad: lo primero es esto, y lo debéis hacer con todo lo que sois. Y a nosotros nos suena un poco drástico, y en seguida entonces aparecen los requerimientos y las peticiones para suavizarle: es que yo tengo un corazón herido, es que yo pienso esto otro y no lo tengo claro, es que de fuerzas ando bajo, es que… Cuando hemos terminado, sigue ahí su palabra, invariable, hasta que seamos capaces de entenderla: con todo lo que eres… Si es corazón herido, ama. Si es en la duda y la inseguridad, incluso en el jaleo y la confusión, ama. Si estás al diez por ciento, ama. Pero ama a Dios, lo primero, por encima de todas las cosas, por encima de ti mismo, por encima de tus situaciones. Y para amar, escúchale, mírale, búscale.

Dios está esperando que el hombre le ame. Es curioso que Dios busque al hombre para esto, y no para que le sirva, ni por los sacrificios, ni por la compañía siquiera. Sino que ande detrás del hombre para que el amor sea lo primero en su vida y nunca se le olvide. Que Dios busque al hombre no para sentirse escuchado y obedecido, sino para entablar un diálogo de amor con Él, me parece increíble y asombroso. Absolutamente asombroso. Sin palabras te deja el darte cuenta de lo que Dios anda pidiendo, cuando algunas veces nosotros nos enredamos tanto en otras cosas. Dios busca, y hace de ello lo primero, que ante todo en el hombre exista la felicidad.

30-oct. Amad como Cristo amó a su iglesia (Ef 5,21)


Tengo un grupo de amigos con quienes puedo cenar algunas veces, y siempre aparece esta lectura. Creo que ya la tomamos con un poco de humor entre nosotros. Pero una noche llegamos, en la sobremesa, a coger la Biblia y a interpretarla entre nosotros. Por supuesto, la cuestión está en cómo entender la sumisión, si es o no una cuestión social, si es recíproco o no ese mandato. Y cómo debemos vivirlo. Porque lo que nos interesa y preocupa no es otra cosa que vivir al modo de Dios. Y en eso, mis amigos andan con bastante claridad en su vida. Desean lo que Dios quiere para ellos. En su matrimonio, en su trabajo, en su cotidianeidad. Y a ellos especialmente va dirigida hoy esta frase, que rescato como núcleo. El amor más grande al que el hombre puede aspirar, como comunión de entrega y como don que se consagra es el amor que Cristo tiene por su Iglesia. Otras cosas, lejos y fuera del amor, son meras anécdotas que permiten vivirlo, pero no son el centro.

El amor de Cristo por la Iglesia le da origen, la sustenta, la fecunda, la hace germinar y dar fruto. La constituye y construye. El amor de Cristo por la Iglesia lo es todo para ella. Sin él, no sería nada. Ni siquiera se hubiera mantenido en la historia como una institución, porque hecha un grupo de hombres -como algunos pretenden mirarla- se queda en nada, en vacío, en mera voluntad personal por llegar a darle lo que no puede alcanzar por sí misma. Pero el amor de Cristo la sostiene, en su debilidad, en su fragilidad, en su vulnerabilidad, hasta el punto de hacerla justa y santa, y de ser capaz de dar hijos para la justicia y la santidad. Y esto me admira. Y por eso creo que ciertamente es el mayor amor que el hombre puede conocer, el mayor al que puede aspirar. Él es su centro, con honor y dignidad. Cristo es su fuente y culmen, y nadie le puede arrebatar su posición ni situación, ni responsabilidad frente a ella. Así, el amor del matrimonio alcanza su máximo esplendor, buscando asemejarse y responder al amor de Cristo.

21-oct. Cargó con el sufrimiento de muchos (Is 53,11)


El canto del siervo, este poema de Isaías sigue siendo un escándalo. Lleva con nosotros años, y seguirá acompañando el destino de los hombres, toda la descendencia que cobra vida en él. No sabemos bien cómo leerlo. Si proclamarlo con fuerza y orgullo, sino hacerlo en bajo, con sencillez, dejando entrever su misterio. Porque más allá del sufrimiento que describe, en forma de sacrificio y de entrega a la muerte hasta ser triturado, se revela en esta palabra el motivo de semejante dolor y de tan grande entrega. Trata del amor que ama hasta ser capaz de cargar con el pecado, con el mal, con el dolor del otro. Y esta expresión del amor, resulta todavía escandalosa. Sobre todo para quienes entienden el amor como el ser amados, y no tanto como amar. Cuando amamos, y aprendemos amar y queremos amar más y más, y seguimos amando más y más esta Palabra nos revela toda su fuerza.

Por un lado, en ella encontramos que el amor sufre, sabe sufrir, y no le importa entregarse al dolor e incluso a la muerte por el otro. Cuando amamos, semejante unión y compartir son posibles. Cargamos y queremos cargar con las cosas de los otros, de aquellos que nos aman. Y la medida del amor de Dios, siempre sublime, es la del amor que ama a todos y carga con el sufrimiento de todos. Pero además, nos vemos impedidos para amar naturalmente, por nosotros mismos. Necesitamos ser descargados. En eso, en ese pecado que nos destroza y divide, que impide nuestra unión y rompe de verdad la vida, que nos impide llegar a más y querer más y más, en ese amor sólo Dios puede ayudarnos. Él carga con nuestro pecado. Y lo hace del modo más perfecto que puede, de forma definitiva, para siempre. En Él, en el siervo e Hijo en la Cruz, Dios nos ama hasta el extremo.

Me gusta esta foto, porque Jesús mira la Cruz con amor. Con pasión.

16-oct. Lo único que cuenta es una fe activa en el amor (Gal 5,1)


Disfruto amando, en cualquiera de sus formas, siempre y cuando sepa que estoy amando. Da igual dónde esté, con tal de que sea capaz de poner amor en mi vida, de querer lo que hago, de meter pasión en la realidad, de vivir con cierta radicalidad lo cotidiano, de buscar la verdad, de estudiar con ilusión, de salir de casa y encontrarme con el hermano, de vivir en comunidad acogiendo. Da igual la forma, da igual la persona, da igual todo con tal de que sea amor. Sea quien sea, saber que puedo poner en su vida aquello que nace de lo más profundo de mi corazón. Sea hablando, sea abrazando, sea trabajando juntos, sea mirándonos, sea sirviendo, sea haciendo lo que tenga que hacer, o aquello que se sale de lo normal. Insisto, porque es la pura verdad del hombre, de mí en cuanto hombre y de cualquier otro hombre que haya pisado, pise o vaya a pisar la faz de la tierra. Nada hay comparable al amor en cualquiera de sus formas. Y si viviera amando siempre, en todo y a todos habría alcanzado la cumbre de la felicidad, la perfección plena, lo más humano y lo más divino, lo sublime y lo eterno.

Y, sin embargo, cada día experimento por otro lado la falta de libertad y la limitación en aquello que más deseo. Puedo salir dispuesto a darlo todo, y volver a mi casa replegado sobre mí mismo. Puedo querer, sin hacer otra cosa que quererme a mí mismo. Puedo servir utilizando y valiéndome del otro. Y, ante esta terrible verdad y certeza, sólo me queda desear aún más la promesa de libertad y de liberación que Dios ha hecho valen en Cristo Jesús, que es la de llamarnos a la vida nueva, saliendo de las antiguas esclavitudes. Especial, muy especialmente, de aquellas que nos encierran en nosotros mismos, nos hacen retroceder, nos empujan a buscar la seguridad de la ley y de las formas que hemos conocido, aquellas que tranquilizan la conciencia en lugar de espolearla. No hay más Ley para el hombre, ni norma que se pueda ajustar más a lo que es, que aquella que proclama que debe amar, pase lo que pase y cueste lo que cueste, al modo como Cristo nos ha amado. ¡Esa es la libertad! Si pudiese, Señor, darte toda mi vida hoy lo haría; para que tú la hagas nueva, toda nueva a tu imagen. Pero pides paciencia, sin retorno, escalando poco a poco sin mirar atrás, confiando en que tú salvarás el amor que haya puesto en mi vida.

14-oct. Llamados a vivirlo todo (Mc 10,17)


Este encuentro entre Jesús y el joven rico se parece mucho a todos los encuentros que tenemos nosotros con el Señor, con la vida, con la realidad, con nosotros mismos incluso. Es una Palabra que ha sido pronunciada en nuestra vida para que aprendamos de ella en abundancia, y no nos conformemos con menos. Palabra pronunciada en nuestra vida significa Palabra que puede ser acogida en la fe como Palabra de Dios, que es así lo que en verdad es. No de otra manera. No se trata de una catequesis, ni de una explicación, ni de una parábola. Sino de un encuentro entre nosotros y Dios, en el que Jesús nos mira amándonos entrañablemente. Jesús nos mira el corazón y sabe que lo queremos todo en este mundo, aunque vivimos agarrando y sometidos a unas pocas cosas. Y es esa parcialidad y limitación la que nos hunde, nos deprime y nos ahoga. Jesús quiere darnos todo, y quiere hacerlo ya. Nuestro encuentro con Él, cada uno de ellos, es para recibir todo de la mano de Dios. Pero, como digo, lo fragmentario, lo limitado, lo pobre de nuestra existencia es no confiar en que todo lo podemos recibir de Dios, en no creer que quiere darnos toda la Vida, y que en cada uno de nuestros acontecimientos pequeños o grandes nos da toda la Vida.

Por ejemplo, no son pocos los que se dice a sí mismos que tal o cual persona es “buena, pero…” Y entonces sucede que en el matrimonio, en la amistad, en la relación con los hijos o con cualquiera, queremos recibir sólo parte de lo que Dios quiere darnos. Preferimos esto, a esto otro, y aquello de más allá lo cambiaríamos por entero. En otros casos, sucede que por miedo a recibir todo, viendo lo que no nos agrada ni convence del todo, rechazamos lo que sucede y nos quedamos con nuestras pobres interpretaciones. Así es como, de una u otra manera, nos construimos nuestros paraisos y terrenos, donde creemos disponer de aquello necesario y suficiente para vivir. Seguimos queriendo tenerlo todo, pero nos hacemos reductos de confianza y tranquilidad en los que poder habitar apaciblemente. El deseo sigue. Por nuestra parte, y también de parte de Dios, que una y otra vez, cada una de las veces que nos encontramos, nos quiere dar todo, desbordar e inundar de amor, perdón, fe, esperanza. Pero no permitimos que sea así; tenemos las manos llenas de “lo nuestro”. Hace falta liberarse, hace falta creer para recibir tanto amor, tanto Dios, tanta cercanía, tanta fe como para saciar nuestro corazón. Hace falta, es necesario, vender lo poco que tenemos y considerarlo en nada, dejar a un lado nuestras pobres ideas y considerarlas en nada, para alcanzar toda la riqueza de Dios y toda su sabiduría. Dios está dispuesto a darlo todo, de hecho, ya lo ha dado en su Hijo. ¿Tú estás dispuesto a recibirlo todo en la Cruz y Resurrección del Señor, dejar que Él transforme por entero tu vida haciéndola nueva, recreándola por entero? ¿No quieres acaso las riquezas del cielo? ¿No dejaráis todo por un amor tan fiel y seguro, por una fe tan grande y fuerte? Dios ya ha puesto sobre la mesa todo, ¿lo acoges, lo quieres, le sigues?