11-dic. Demasiados gritos (Is 40,1)


Vamos por el mundo apaciblemente domados, sin levantar la voz más de lo necesario. Vamos por el mundo hablando en bajo, con nosotros mismos, con el que está al lado sentado, con el que viaja también conmigo. Vamos siendo silenciados, acomodados a un lenguaje común donde lo propio es propio, y nadie tiene por qué enteresarse de esto. Vamos viendo extrañados, como extraños y raros, a los que tienen algo que decir que sea para todos, a quienes toman la voz, cogen el micrófono, anuncian algo diferente. A estos, que quieran hablar, no les dejarán. Pensamos que se les habrá ido la pinza, que a dónde van con sus palabras, que nadie les escuchará. Y Dios, que mira y no calla, nos pide que gritemos. Que subamos los montes, que nos alcemos entre los collados, que cojamos posiciones privilegiadas, que gritemos con fuerza. ¿Qué? QUE GRITEMOS CON FUERZA.

Gritar es mostrar la palabra con fuerza, llegar al corazón del hombre, derribar sus muros, quebrantar sus defensas, no permitir que ninguno se haga el sordo, que la Palabra de liberación llegue a todos. Gritar es proclamar una Palabra que camina por delante de nosotros abriendo senderos de justicia y de misericordia, que nos sobrepasa, que nos desborda, que ha visto colmado y ha satisfecho el ser del hombre. Gritar es lo contrario de callar, de esconderse, de cobijarse en el pequeño grupo, en la pequeña familia, entre los que se dan aliento unos a otros, y salir con valentía a las calles. Gritar es también, permitidme decirlo, signo de debilidad. De quien habla, porque quizá no tenga otro modo, y de quien escucha, que no atendería sin ser despertado. Empecemos gritando por la paz, por el consuelo, por la libertad. Y a ver dónde paramos. Empecemos orando, que es un grito en el alma, a ver dónde termina todo esto.

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26-sep. No llevéis nada (Lc 9,1)


Esta es la indicación más clara y precisa que Jesús da a los apóstoles antes de enviarlos a anunciar el Evangelio. Por si no ha quedado claro, lo especifica, les aclara qué deben dejar y no llevar consigo. Sin bastón, ni alforja, ni pan, ni dinero, ni túnica de respuesto. O lo que es lo mismo, sin poder, sin recambio, sin aquello que atrapa a las gentes de este mundo. En desprotección, como signo de confianza. Portando en su libertad y pobreza el tesoro que verdaderamente les enriquece, haciendo gala de haber sido resvestidos de otra condición diferente. Parece indicar que no quiere que se confundan, ni se parezcan, ni se puedan mezclar con otros anuncios que ofrecen cosas a cambio, que aparentan éxito y felicidad apostados en privilegios y en honores, en cargos y posiciones altas desde las que mirar “a los de abajo”, en verdades que defienden con demagogia y con argumentos falsos. Los discípulos, sus discípulos, parece decir Jesús, deben anunciar a Jesucristo dando testimonio de su propia confianza y debilidad. Entonces sí, dejarse acoger entre la gente, en sus propias casas, entrar y quedarse con ellos.

Sería un precioso ejercicio comprobar la calidad de nuestro anuncio, su pureza y claridad. Sería un precioso ejercicio poder salir a las calles, o mejor dicho, sin ni siquiera salir comenzando por los de casa, y anunciarles el Evangelio en la propia vida. Sería maravilloso pensar que viéndonos, pueden ver al Maestro, que el testimonio es suficiente para interrogar y descubrir a otros la fuerza de Dios en medio de los hombres, la salvación y liberación ofrecida en Jesucristo. Sería maravilloso. Es maravilloso que pueda ser así. No sería, sino es. Y nos hace falta recuperar el aliento de esta vida anunciada en la propia vida, con más libertad que medios, con más limpieza. Nos hace falta, ¡ciertamente!, recuperar a los buenos profetas, fijarnos en los testigos y en los que se dejan mover y llevar por el Espíritu. Esos ponen paz, no discordia, en las casas.