9-nov. Mire cada uno cómo construye (1Cor 3,9)


Lo digo sin paliativos: somos piedras vivas, capaces de construir Reino; pero no el fundamento, que siempre será Cristo. Y como dice Pablo, que cada uno mire bien cómo construye. Estos días, desde no hace pocos, esta pregunta martillea mi vida y mi conciencia. ¿Cómo construimos el Reino de Dios? ¿Verdaderamente damos pasos y construimos apoyados en Jesucristo, o lo hacemos a placer, con nuestros criterios, guiados por nosotros mismos, donde nosotros queremos y como queremos? Y me preocupa seriamente. Me inquieta que se tomen decisiones de Iglesia, grande o pequeña, de la que todos ven o de esa concrección que es la comunidad en la que pocos participan, en las que Dios no aparece por ningún lado, y nos planteamos qué es lo mejor o lo peor con los criterios de otros, como son la productividad, la excelencia, el prestigio o incluso el poder. Me inquieta que muchos citan a otras personas, sin citar a Dios, sin hablar de Jesucristo, sin fiarse de la gracia ni del Espíritu. Los que se olvidan de Dios y se dicen a sí mismos ateos, se burlan de la inocencia y confianza de los creyentes. Pero cuando esto se da entre creyentes, que se supone que edifican el mismo templo, me inquieto doblemente.

Sólo se trata de una preocupación. Sigo confiando en Dios. Lo que a mí Dios me pide no es que ande preocupado por esas cosas, sino que construibuya a la edificación de su Templo. La pregunta entonces se me vuelve algo así como: “¿Dónde me coloco y dónde me sitúo? ¿Dónde doy la vida?” Sólo tengo una oportunidad, no puedo dislocarme ni desdoblarme. O edifico sobre Cristo, o construyo algo que no se sostendrá. Y esto último, sí me inquieta. ¡Gracias a Dios que soy nada más que una piedra! ¡No me imagino tomando otras decisiones! Sólo colaborando, y agradeciendo tanta belleza y comunión. Las cosas encajan. Y cuando encajan, sé que estoy en mi sitio. Si no encajase, volvería a preocuparme. Y he de reconocer que en no pocas ocasiones, no encajo en el mundo, o el mundo me dice, porque también habla, que éste no es mi sitio.

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29-oct. Sed imitadores de Dios (Ef 4,32)


Hay veces que creo que Pablo pone el listón muy alto. Es como si me pidieran hacer la marca de salto de altura del récord del mundo para poder aprobar el curso con quince o dieceseis años. Además de sentirme niño, me quedaría frustrado de por vida. Y cuando escucho que debo ser en mi vida imitador de Dios, se me caen los palos del sombrajo, y me quedo al descubierto frente a un sol que al tiempo que ilumina también quema la piel y quema interiormente. Lo primero que me nace decir es que, verdaderamente, ¡es imposible! No sólo decirlo, sino gritarlo y protestar. Porque si está ahí puesto el listón y la prueba, ¡ni lo intento! ¿Para qué si sé que voy a perder? ¿Por qué herirme más, si ya sé que estoy herido? ¿Qué necesidad hay de mayor frustración, con lo que cuesta reconocer en ocasiones las pequeñas lamentaciones de la vida?

Entiendo que cuando ponemos la cota de la salvación en el esfuerzo ético, en la ascesis y la privación, en el mero ejercicio de las virtudes, por muy teologales que sean, el hombre no llega a nada. Todo lo que se puede creer, amar y esperar a base de los propios intentos y esfuerzos queda en poco, aunque parezca mucho, en comparación con el deseo de más que siempre llevamos dentro. La insatisfacción que en ocasiones rezuma la vida cristiana se debe, en parte, a reducciones de este estilo. No puede prescindir de la ética y la moral, pero no se puede ver encerrada en ella. Es más, mucho más. De hecho, cuando leemos el texto completo, y Pablo comienza a “partir” lo que significa “imitar a Dios”, la primera referencia que encuentra es a Cristo. Hombre, como nosotros, nos conduce y orienta en el camino. Y Dios, en su dignidad divina, también se constituye en mediador nuestro. A ejemplo de Cristo “sí” es posible imitar a Dios, siempre y cuando nos dejemos salvar por Él y entremos en su vida. Ésta es la clave del seguimiento. Pero Pablo, además, añade a esa “imitación de Dios” la comunión de los santos, la vida en la Iglesia y en la comunidad. Ahí también se refleja la “imitación de Dios” a la que está llamada el hombre: vida en el amor y entrega generosa y sacrificada de los unos por los otros. Una imitación, por tanto, que Dios ha hecho asequible al hombre, abajándose él mismo. En la luz del Evangelio somos hechos “hijos de la luz”.

26-oct. Uno, una (Ef 4,1)


La vocación primera de la Iglesia es la propia unidad, la firmeza en la fe. Antes que misionera, antes que servicial; porque entiendo que también es voluntad de Dios que el primer prójimo a quien antender sea el propio hermano, el hermano en la fe. Sin grupismos, ni divisiones. Unidad rotunda que deberíamos vivir y afrontar como una responsabilidad de alta prioridad. De hecho, tan prioritaria es esta unidad que la misión comienza, quizá en los tiempos que corren de forma muy especial, en el “mirad cómo es aman”. Unidad que brote del reconocimiento en el hermano del Espíritu, y de la Iglesia como Cuerpo de Cristo.

Pablo hoy lo afirma con rotundidad. Pero si leo el Evangelio de ayer, que hablaba de cómo Jesús viene a sembrar en el mundo división incluso dentro de la propia familia, me quedo un poco contrariado. ¿Por qué esta paradoja? Porque la unidad en la nueva familia no se puede hacer manteniendo “lo de siempre”. Y esto es algo que puede que no todos comprendan ni acoja, pero que yo al menos tengo claro. O dejas padre y madre, o no habrá nueva familia. Mantener ligazones, sentirse doblemente unido, al final termina siendo motivo de fractura y de tensión. O dejas de vivir “al modo de todos”, o la vida cristiana y la vida en la Iglesia supondrá una “doble pertenencia”, una “doble vida”, una “doble moral”, un “doble centro”. Y esto ningún hombre lo puede coherentemente vivir. Porque termina roto, cansado, agobiado, sin distinguir, sin norte. En algunas cosas el cuerpo nos lleva la delantera, y no permite que nos subamos a dos coches a la vez. O uno u otro. Y tampoco nos permite caminar en dos direcciones opuestas, o una u otra. Y creo que deberíamos aprender esta lección para poder abrazar el compromiso de construir Iglesia al modo como Pablo hoy nos pide; perdón, al modo como el mismo Señor nos manda: Sed siempre humildes y amables, sed comprensivos, sobrellevaos mutuamente con amor; esforzaos en mantener la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz. La pregunta final entonces sería: ¿De quién eres, y para quién es tu vida? Una unidad, no impuesta y centrada en Cristo, en la que entren todos.

23-oct. El muro que nos separaba (Ef 2,12)


Personas que están juntas, no tienen por qué ser personas que convivan. Y personas que conviven, y que comparten techo, y que se sientan incluso a la misma mesa, no son personas que estén unidas. Existen, y son palpables espiritualmente aunque no sean visibles, muros que distancian y fraccionan los mundos de las personas. El peor de ellos, el peor de los muros que existe es el muro “cerco” que bordea a cada uno. Muro de cristal, para más malignidad, que permite ver sin dejarse afectar, que marca distancia y separación real, muros de seguridades y de miedos, muros de nervios, muros fraguados en la historia. Pero existen muchos otros muros. Al final, la historia demuestra que se olvida por qué se construyeron los muros. Y lo que podía ser motivo de protección, termina siendo causa de resistencia e impedimento para salir. Quien pone un muro, no pocas veces se olvida de abrir en él puertas, o de ofrecer alternativas. Los muros, se quiera o no, encierran a las personas en sus castillos interiores, siempre insuficientemente abastecidos.

Derribar muros, no es cualquier tarea. Querer derribarlos, tampoco es algo que debamos dar por supuesto. En nuestra historia se han creado fronteras, telones, pantallas, y todo tipo de impedimentos históricos para hacer de la humanidad y de los hombres un signo de comunión. Han servicio a esos muros los gobiernos, las comunidades, los pueblos, las ideosincrasias, incluso las religiones. Se han visto afectadas familias enteras de hombres de carne y hueso, que dentro de sus muros soñaban con ser cercanos, no pocas veces, con los que estaban lejos sin permitir a quien está cerca llegar y tocar. Los muros de nuestro mundo han sido una terrible condena, justificando lo injustificable. Pero ha llegado ya el tiempo del Espíritu, y quien recibe el Espíritu combate los muros con decisión, se libera de los propios, viaja de persona en persona haciendo el bien, al modo como el Señor se encarnó en el mundo curando a unos y otros de sus heridas, y liberándolos de sus esclavitudes. Deja que el Espíritu te martillee, a golpe de maza primero. Quita, antes de nada, la viga de tu propio ojo.

7-oct. No se avergüenza de llamarlos hermanos (Hbr. 2,9)


El libro “A los hebreos” tiene rincones y frases capaces de hacernos vivir de otro modo, completamente diferente, de recrear y renovar la esencia misma del hombre, de revelarle todo cuanto es y adelantarse así a sus mismos deseos. ¿Quién no desearía vivir en un mundo en el que todos se tratasen como hermanos, como buenos hermanos? La fraternidad llevada a su máximo esplendor, e iniciada por el mismo Hijo de Dios, por el sacerdote de la nueva alianza, por el mediador entre Dios y los hombres, y también entre los hombres mismos. La fuerza del Hijo que une, teje, reconstruye el proyecto del Padre en la creación, donde todos serían uno sin división, ni fractura, ni desencantos. Tendiendo al otro, pendiente del otro, viajando hacia el otro permanentemente, llegando al olvido de uno mismo.

Dios no se avergüenza, en su humanidad definitiva de Jesús, de llamarnos hermanos. Es más, se adelanta y abre camino, nos traza un sendero en el que caminar. Es más, nos ayuda a entender que no son palabras, sino que nos muestra el modo mismo en que se vive y concreta esta fraternidad, en medio de un mundo de hermanos y familias divididas, pidiéndonos ampliar y no reducir, extender y no concentrar. Reconozco que, a mí personalmente como sacerdote, me hace también una infinita ilusión poder llamar a la asamblea hermanos, invitar a los hermanos a la celebración, la paz, a la oración, a la comunión. Pero también soy consciente de cuando los labios sólo adelantan y prometen lo que vivo, y cuándo esa fraternidad ya está realizándose, de modo que corazón y alma y palabras van al unísono.

18-sep. Ambicionad los carismas mejores (1Cor 12,12)


Este texto de Pablo, el del Cuerpo, es para muchos una llamada a la diversidad, al respeto de las diferencias, a la afirmación de la existencia de carismas particulares y originales, a ocupar cada uno distintos lugares dentro de un cuerpo. Y así sucesivamente, más y más diversidad. Sin embargo, me suena que “lo del Cuerpo” significa lo contrario. No la afirmación de la diversidad sino la llamada cuasimatrimonial a ser uno. Los ojos engañan, los sentidos también, y muestran una diferencia erradicada con la participación en el bautismo, en la fe, en el seguimiento de Cristo. Si nos centrásemos más en la unidad… otro gallo cantaría. Si consiguiésemos acercarnos un poco más a los sentimientos de Cristo, y compartirlos con Él… otro gallo cantaría. Si aceptásemos la humilde participación en la Iglesia y en su unidad… otro gallo nos cantaría.

La lista de carismas, tan ordenada y concreta, que seguramente la comunidad de Corinto era capaz de reconocer en sí misma, es transparente y nítida. Comienza en los apóstoles, porque a ellos precisamente se les pide que garanticen la unidad. Después de ellos, los profetas y los maestros. ¿Tan grande es el don apostólico que supera al de profecía y al de la enseñanza? ¡Efectivamente! Y subrayo que sólo pueden existir después de don hecho a los apóstoles, a quienes guardan la fidelidad y han recibido la llamada de Dios para serlo. Ningún otro puede ponerse en su lugar, sin la elección de Dios. Ellos, de nuevo, están en función de la unidad de la Iglesia y de la integridad de su fe, garantes de la comunión con Cristo son quienes confirman la fe adulta en la comunidad creyente. Es muy fácil escuchar otras propuestas, hacerse ídolos e iglesias “a la medida”. Pero la lógica de Dios pasa por la elección y obediencia de estos hombres, que entregan su vida bajo el signo de la Palabra, y mantienen la Tradición.