16-dic. ¿Qué debemos hacer? (Lc 3,10)


Me imagino esta pregunta como una verdadera ofrenda de la propia vida, y a Juan con cara de asombro respondiendo, constatando el fruto de la pedicación y anuncio de conversión. Me imagino a ese hombre vestido al modo como lo describen en el Evangelio, en pleno desierto, aunque hoy con cara enternecida al ver lo que está provocando la llegada inesperada, siempre deseada, del Reino. Y lo veo sin pestañear respondiendo, con la claridad que le ofrece el Espíritu en ese momento al hombre justo, invitando a la justicia. Compartid, no os aprovechéis de nadie, sed misericordiosos. Se trata de una especie de escala, o de tres palabras enfrentadas a la tentación que debe combatir todo hombre en el desierto, más allá del desierto mismo.

Hoy hago mía esta pregunta. Si bien, el Evangelio nos invita a formularla dirigida, con horizonte y norte. Hemos pasado del qué debemos hacer, al qué puedo hacer por ti. Ya sabemos qué debemos hacer, nosotros ya lo sabemos. Puestos en marcha experimentamos la debilidad y la fragilidad, la seriedad de la existencia, la contundencia de algo tan simple como amar siempre, en todo lugar, a toda persona, pase lo que pase, haciendo lo que debemos hacer, en cada obra, en cada paso, en cada gesto. Esto, tan sencillo, tan complejo. La palabra de Juan es para la conversión del hombre, la que llega de parte de Jesús es para recibir vida en plenitud. Una y otra se llaman y reclaman. Pero sólo la propuesta de Jesús colma el corazón del hombre. Juan nos invita hoy a entrar en la Iglesia, para no salir nunca más de ella. Iglesia sin paredes, por doquier. Iglesia que sigue el Señor Jesucristo, que viene con la fuerza del Espíritu. Juan no lo sabía, del todo. Pero ciertamente el que venía detrás de él era el más grande de los hombres, el más digno de todos, el Señor de los señores, el Rey de reyes capaz de morir por amor. Porque el amor limpia más que el agua, y mata el hombre viejo en su corriente.

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