7-Nov. Sentarse a hacer cuentas (Lc 14,25)


No sé cómo decirlo, pero me ha resultado paradójico escuchar hoy que “sentarse a calcular” signifique, no tanto ver cuánto tengo para poder construir, como cuánto debo dejar, de cuánto me tengo que desprender, qué tengo que vivir con entera libertad y sin ataduras. Hacer cuentas implica mayor austeridad, para poder ganarlo todo, abrir más las manos para soltar y abrazar una vida nueva llevando la cruz.

Algo de locura sí que hay en todo esto. Que el Maestro anuncie, sin reparos a los suyos, que vivir cristianamente pasa por necesidad a través de la Cruz, que asemejarse  compartir su vida atraviesa esta puerta estrecha… ¡tiene mucho de locura! Lo suyo sería, Señor Jesús, verder la salvación de otro modo, para que así nos decidamos con más ímpetu y con mayor pasión, con más gusto inicial. Pero no, el Señor no conoce del marketing moderno ni de las lógicas del mercado que nos ha llevado a la crisis en todos los sentidos. Se trata, parece decir desde el inicio, de disponer de todo el amor del mundo desde el principio, para amarlo todo sin medida. Incluso la cruz. Se trata de llevar la Cruz detrás del Maestro; no tnato llevarla en el cuello, o en el llavero, como una de tantas cosas, sino de cargar con ella sintiendo su peso, la exigencia que comporta. Se trata de un aviso, y nada más que eso, que nos hace pensar que todo aquel que es capaz de llevar la Cruz no está solo, porque no está en sus fuerzas. Y si no, ¡siéntate a hacer cuentas y verás! Descubrirás que cuando te has abrazado a ella con decisión nunca has estado solo.

6-nov. Los sentimientos propios de Cristo Jesús (Filp 2,5)


Me explicaban en clase de Teología que este pasaje refleja una cristología descendente y otra cristología ascendente. Cristo baja entre los hombres, para hacerse uno de tantos; y el Padre lo eleva sobre todo, hasta sentarlo a su derecha, de nuevo junto a Él, aunque nunca se alejaron definitivamente el uno del otro. Un viaje, pienso yo, largo y enorme, capaz de abarcarlo todo. Una especie de montaña rusa, si te das cuenta. Algo así como el mayor de los descensos posibles y el mayor de los ascensos posibles. Al modo como un parapente se lanza desde lo alto de la montaña y es capaz de retomar el vuelo gracias a su impulso inicial.

Y dentro de toda esta historia, ¿cuáles son los sentimientos de Cristo Jesús? ¿Se pueden acaso compartir los sentimientos de otra persona, tener y desear los de otra persona? ¡Pues claro que sí! Todo comienza cuando nos vemos salidos de la mano de Dios y queridos por Dios, como hijos. Enviados al mundo, con una misión que consiste en ser uno de tantos, llegando hasta el extremo de la entrega, despojándonos… compartiendo con Jesús la Cruz. Sintiendo lo que Él sintió, sufriendo con Él lo nuestro, sabiendo que Él cargó con nuestros dolores. Y, en la Cruz, comienza la Resurrección. Y todo este camino, que nos lleva al Padre, no se comprende, por otro lado, ni se descubre, si no es de rodillas. No ya en oración, ni contemplación, sino de rodillas, inclinados, sorprendidos ante el Misterio.

21-oct. Acerquémonos al trono de gloria (Hbr 4,14)


Lo del trono quizá sea lo de menos. La cuestión es quién está sentado en él, quién ostenta el poder, qué legitima su autoridad y su fuerza, cómo toma las decisiones y en base a qué. El mundo está cansado de tronos, y lo grita. También de poderes, y lo grita. Y al mismo tiempo que rompe con unos, encumbra a otros. Y así sucesivamente, una vez tras otra, en la historia de la humanidad. Sólo hace falta mirar y leer, abrir los ojos o estudiar. Mires al presente, o atiendas la lección del pasado. Una y otra vez siempre ha sido lo mismo. Y los que se han sentado en el poder, y los que han hecho suyas las decisiones, han dado paso a otros, y otros. Unos han sido retirados, destronados.

Un sólo Señor ha sido digno desde siempre del trono de gloria. El Señor Jesucristo. Accedió a Él no para conservarse a sí mismo, sino perdiendo la vida y dándola a los otros. Un solo Señor se puede sentar, con verdad, ante los hombres y recibirlos con amor. Un Señor al que puedan acudir todos, porque por todos murió y derramó su sangre. Y ese trono es la Cruz, y desde él gobierna el mundo. Por eso, en ocasiones, lo vestimos de arte y esplendor como Rey, y nos acercamos a Él para impetrar misericordia sabiendo que la encontraremos, y nos aproximamos llorosos para encontrar del Señor y de su poder consuelo y esperanza, y nos arrodillamos, no como se arrodillan los hombres con miedo ante los poderes del mundo, sino como hijos que desean escuchar a su Padre, como hermanos agradecidos, como hombres que se saben del cielo.

21-oct. Cargó con el sufrimiento de muchos (Is 53,11)


El canto del siervo, este poema de Isaías sigue siendo un escándalo. Lleva con nosotros años, y seguirá acompañando el destino de los hombres, toda la descendencia que cobra vida en él. No sabemos bien cómo leerlo. Si proclamarlo con fuerza y orgullo, sino hacerlo en bajo, con sencillez, dejando entrever su misterio. Porque más allá del sufrimiento que describe, en forma de sacrificio y de entrega a la muerte hasta ser triturado, se revela en esta palabra el motivo de semejante dolor y de tan grande entrega. Trata del amor que ama hasta ser capaz de cargar con el pecado, con el mal, con el dolor del otro. Y esta expresión del amor, resulta todavía escandalosa. Sobre todo para quienes entienden el amor como el ser amados, y no tanto como amar. Cuando amamos, y aprendemos amar y queremos amar más y más, y seguimos amando más y más esta Palabra nos revela toda su fuerza.

Por un lado, en ella encontramos que el amor sufre, sabe sufrir, y no le importa entregarse al dolor e incluso a la muerte por el otro. Cuando amamos, semejante unión y compartir son posibles. Cargamos y queremos cargar con las cosas de los otros, de aquellos que nos aman. Y la medida del amor de Dios, siempre sublime, es la del amor que ama a todos y carga con el sufrimiento de todos. Pero además, nos vemos impedidos para amar naturalmente, por nosotros mismos. Necesitamos ser descargados. En eso, en ese pecado que nos destroza y divide, que impide nuestra unión y rompe de verdad la vida, que nos impide llegar a más y querer más y más, en ese amor sólo Dios puede ayudarnos. Él carga con nuestro pecado. Y lo hace del modo más perfecto que puede, de forma definitiva, para siempre. En Él, en el siervo e Hijo en la Cruz, Dios nos ama hasta el extremo.

Me gusta esta foto, porque Jesús mira la Cruz con amor. Con pasión.

25-sep. El camino de la entrega (Lc 9,51)


Está bien que “llegase la hora” como una especie de obligación para no demorarse más, pero mejor está saber que Jesús lo acogió voluntariamente, que puso rumbo a Jerusalén en respuesta al Padre y que tuvo tiempo para pensarse lo de darse la vuelta e incluso sufrir. Está bien, porque me imagino el camino de la vida, el camino de la entrega. Un trayecto que pasa por la incomprensión de los demás, y en ocasiones de todos. Me acuerdo mucho en este momento de alguno de aquellos que conozco y han emprendido largos viajes dejando mucho a sus espaldas. Sus rostros al subirse al autobús, al tren, al pasar la puerta de embarque hacia el avión. Los tengo muy presentes. Aquel inicio les llevaba a dar la vida. Y lo sabían. Quizá no el modo, pero la decisión estaba tomada.

También aparece hoy el rechazo de la gente por su decisión. Y por lo tanto, de su libertad. Porque algo hay en nuestro mundo que provoca odio ante el diferente y convierte al justo en una molestia. En aquella ciudad no fue acogido porque se dirigía a Jerusalén, y por tanto por ser extranjero. En el fondo, pienso que cómo sería posible que Jesús confiara tanto en la bondad de la gente, y me pregunto si realmente pretendía que aquellos hombres cambiasen tanto de la noche a la mañana. Si le hubieran acogido se hubiera mostrado una humanidad nueva, ya no sería necesario seguir subiendo, ni dar la vida, ni derramar su sangre por el perdón del pecado y la reconciliación de todos. Sin embargo, aquel desprecio fue una prueba más de la necesidad de su oblación y sacrificio. No era un camino entre aplausos, porque eso no tendría sentido ninguno. Sino un trayecto y peregrinación entre la prueba y la maldad del mundo, hasta conocer límites insospechados. La maldad que vivió hacía más necesaria aún la reconciliación, no el castigo. Y el desprecio, la acogida de aquellos hombres. Imagino que Jesús, pero sólo imagino, iba guardando en su corazón los rostros de aquellos por los que iba a darlo todo por su salvación. Hombres incapaces de amar y de acoger a su propio Salvador. Y aun así, los amó hasta el extremo.

16-sep. Tú eres el Mesías, con Cruz (Mc 8,27)


“Dios siempre más.” Esta afirmación, básica para la fe y la teología Dios la concreta por encima de nuestras posibilidades. Incluso sabiendo que Dios desborda, que toda la Creación es producto precisamente de este amor enorme, que no existen en Él ni límites ni finitudes. Pero a la hora de encarnarla, Dios se vuelve excesivamente imprevisible para el hombre. Incluso sabiéndolo, insisto. Incluso pensando en el Amor y la Misericordia, en la Fidelidad de Él a sí mismo. Incluso en esos casos, se vuelve imprevisible e inesperable. Aquel que quiera contener a Dios, que dé la vuelta, cargue con su cruz y le siga. Porque Dios sorprende. En el Hijo, en el Padre, con el don del Espíritu Santo.

Los judíos de la época de Jesús esperaban al Mesías. Eran portadores de esa promesa. No cualquier promesa. Con el Mesías, ungido y enviado por Dios, elegido por él y revestido de poder y majestad llegaría la justicia al mundo, se iniciaría una epoca diferente para humanidad. Salvación, paz, unidad. Regidos por un solo Señor, con su trono y ángeles alrededor. No sé cómo se lo imaginarían, pero no escatimarían en belleza y esplendor. Porque sabían que Dios era siempre más. Y siempre más. ¿Quién iba a esperar entonces que el amor de Dios se mostrarían en la Cruz, y el Mesías tendría por trono y como signo de poder un perdón tan alto como el sacrificio de sí mismo?