10-Nov. Personas de fiar (Lc 16,9)


El Evangelio de hoy me ha sorprendido. La lectura habitual que hago es que hay que atender a las cosas pequeñas, o que se trata de una advertencia sobre aquellos que son de fiar en este mundo y los que no, y que Dios y dinero no son dos señores posibles, porque nadie puede servir a dos señores. Pero hoy ha cambiado. La cuestión es si Dios se fiará o no se fiará, si será nuestro Señor o no será nuestro Señor. Me parece curioso esto. Que Dios elija a aquellas personas para las que ser Señor. Me parece curioso porque lo común es leerlo al revés, al modo como tantos cristianos se plantean si permiten a Dios ser Dios en sus vidas, o si se conforman y apañan con una parte de Él en sus vidas. Aquí no se habla de la voluntad del hombre, sino de la voluntad de Dios para confiarse o no confiarse a los hombres.

Dios y el dinero se oponen. Mirad que no hay discusión en esto. Porque la riqueza termina atrapando a los hombres haciendo de ellos esclavos. No hay quien no sucumba, bajo la apariencia de seguir creyendo que es él quien domina. Pero no sucede así. El dinero domina bajo la apariencia de hacer pensar a quienes lo poseen que ellos mandan, y sin embargo, van detrás de él sin parar. Dios no quiere, sin embargo, ponerse a merced de un esclavo que no quiera libertad, o de un hombre que se haya engañado hasta tal punto. Dios no va a entrar en un juego en el que falsee su identidad, o no hable con total sinceridad: Dios es Dios, y gobierna, y reina. Y su poder lo establece al modo como Él quiere, y no como los hombres esperan que pase. Dios manda sirviendo, lavando los pies, desde la fuerza del amor. Y eso, los hombres, no terminan de entenderlo. Creen que hay otras “cosas” en nuestro mundo que prometen más que eso.

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30-oct. ¿A qué compararé el Reino de Dios? (Lc 13,18)


¿Seríamos capaces de responder, hoy y con nuestras formas, a esta pregunta? Porque sería muy importante descubrir cómo podemos hablar del Reino de Dios hoy, de su presencia y acción. A mí se me ocurren unas cuantas comparaciones, por ejemplo, con el mundo de internet, y un pequeño post que se va expandiendo y compartiendo por doquier. O con algún que otro espacio de la vida familiar y comunitaria, que permite el descanso. Incluso se me viene a la cabeza la importancia de la tiza dentro de la clase, por poner una comparación. Y creo que todo ello valida si comprendemos o no la lógica del Reino. No el Reino como lugar, sino la fuerza del Reino de los cielos en las cosas de la tierra, que las purifica y las engrandece, que las hace participar, de algún modo, del misterio de la Eucaristía transformándolas interiormente, que las convierte en mediaciones para el encuentro entre Dios y el hombre. Porque el Reino, por recordar algo, no es sino el Señorío de Dios en el hombre a través del Hijo y del Espíritu.

Pero siento admiración por las dos palabras que Jesús nos propone. Admiración y veneración. Un simple grano de mostaza en su pequeñez. La levadura que se pierde en la masa. Nos habla de la lógica del Reino y su poder. No de la pequeñez, sino que la pequeñez lo único que hace es darle mayor efecto y realce, como intentando encontrar algo en la tierra que sea suficientemente pequeño e insignificante pero que produzca efectos desproporcionados. Y así es el Reino. Un día le preguntas al Señor, con libertad, qué quieres de mí. Y años después te ves enrolado en una aventura de santidad. Un día, cualquiera, te das cuenta de que está vivo y que esto no puede pasar sin dar fruto. Y al tiempo te encuentras, muy bien no sabes con qué cambio de rumbo, no queriendo otra cosa sino querer y amar sin medida. Un día… tantas y tantas cosas posibles para quien se pone en manos de Dios, que hoy son curiosamente manos de mujer en la parábola, o tierra en la que somos capaces de morir. Y así es Dios, con ternura y con radicalidad, reclamando que entremos a formar parte de su lógica de gratuidad.

29-oct. Sed imitadores de Dios (Ef 4,32)


Hay veces que creo que Pablo pone el listón muy alto. Es como si me pidieran hacer la marca de salto de altura del récord del mundo para poder aprobar el curso con quince o dieceseis años. Además de sentirme niño, me quedaría frustrado de por vida. Y cuando escucho que debo ser en mi vida imitador de Dios, se me caen los palos del sombrajo, y me quedo al descubierto frente a un sol que al tiempo que ilumina también quema la piel y quema interiormente. Lo primero que me nace decir es que, verdaderamente, ¡es imposible! No sólo decirlo, sino gritarlo y protestar. Porque si está ahí puesto el listón y la prueba, ¡ni lo intento! ¿Para qué si sé que voy a perder? ¿Por qué herirme más, si ya sé que estoy herido? ¿Qué necesidad hay de mayor frustración, con lo que cuesta reconocer en ocasiones las pequeñas lamentaciones de la vida?

Entiendo que cuando ponemos la cota de la salvación en el esfuerzo ético, en la ascesis y la privación, en el mero ejercicio de las virtudes, por muy teologales que sean, el hombre no llega a nada. Todo lo que se puede creer, amar y esperar a base de los propios intentos y esfuerzos queda en poco, aunque parezca mucho, en comparación con el deseo de más que siempre llevamos dentro. La insatisfacción que en ocasiones rezuma la vida cristiana se debe, en parte, a reducciones de este estilo. No puede prescindir de la ética y la moral, pero no se puede ver encerrada en ella. Es más, mucho más. De hecho, cuando leemos el texto completo, y Pablo comienza a “partir” lo que significa “imitar a Dios”, la primera referencia que encuentra es a Cristo. Hombre, como nosotros, nos conduce y orienta en el camino. Y Dios, en su dignidad divina, también se constituye en mediador nuestro. A ejemplo de Cristo “sí” es posible imitar a Dios, siempre y cuando nos dejemos salvar por Él y entremos en su vida. Ésta es la clave del seguimiento. Pero Pablo, además, añade a esa “imitación de Dios” la comunión de los santos, la vida en la Iglesia y en la comunidad. Ahí también se refleja la “imitación de Dios” a la que está llamada el hombre: vida en el amor y entrega generosa y sacrificada de los unos por los otros. Una imitación, por tanto, que Dios ha hecho asequible al hombre, abajándose él mismo. En la luz del Evangelio somos hechos “hijos de la luz”.

26-oct. Sabéis interpretar los signos de la tierra (Lc 12,54)


Mi abuela me enseñó, durante las vacaciones, muchas buenas lecciones de la vida que nunca olvidaré. Incluso más, lo siento, que otros que se han empeñado en corregirme exámenes y en evaluar mis conocimientos. Sin presión, como por ósmosis, íbamos aprendiendo en el estío los signos de la tierra. Llovería si había hormigas en la calle, no pararía de llover hasta que la lluvia no dejase de hacer borbotones en los charcos; no tiene más fuerza el más grande, sino aquel que tiene experiencia y es mañoso; la tierra sedienta no da fruto, es estéril… Y tantas otras cosas. Y por las mañanas rezaba el rosario antes de levantarse de la cama para hacer las tareas de cada día. Y por las noches, antes de descansar, nos decía que nos vería mañana si Dios quería. Y así tantas y tantas cosas del cielo, que podemos ver ya aquí en la tierra. Y mucha caridad, especial con los de fuera. Y mucho amor por los suyos. Lo sabía porque era huérfana. Y mucha capacidad para sufrir, y seguir sufriendo y amando, sin contagiar a otros de sus cosas. Y mucha libertad, en su austeridad de vida, en la dureza del campo. Y muchas cosas del cielo, insisto, que se hacían en los dos meses de verano cosas de lo más ordinarias.

Sabemos interpretar el futuro. ¡Claro que lo sabemos! Y lo sabe casi cualquiera, y se escucha por la calle. Así no vamos a ningún sitio. Parece que nos han puesto un juicio universal a todos, para meternos en una crisis de la que no sabemos cómo saldremos. Si sabemos interpretar esas cosas, y lo sabe cualquiera, y conoce los motivos cualquiera, ¿por qué no convertimos nuestro corazón de una vez para entrar en el Reino? Y todo el mundo sabe mucho del futuro, por ejemplo, que no es para siempre, y que le gustaría llegar a la ancianiad, si puede, habiendo disfrutado y vivido aportando algo al mundo. Y todo el mundo sabe que la vida del hombre, aunque efímera y pasajera, se apega mucho al amor, a la confianza; que al final no queda “algo”, sino “alguien”, y que nos hemos hecho o buenos o malos, y no hay medias tintas ni consuelos fáciles. Y así, tantas y tantas cosas que sabemos. Y si las sabemos. ¿Qué estamos haciendo?

15-oct. Ay de ti, si has recibido algún signo (Lc 11,29)


Si eres hombre de poca fe, si no eres ni siquiera creyente, ni te defines como religioso o religiosa, si en tu vida Dios no ha hecho ningún signo, ¡tranquilo! Esto no va para ti. Va para todos aquellos que sí hemos visto a Dios, que sí hemos creído, que sí conocemos sus signos, pero nos quedamos sin hacer todo lo que podemos, sin darlo todo, y actuamos con reservas. Tú, tranquilo. ¡Qué bien que no hayas visto nada! Aquí se “da caña” y corrige a quienes sí hemos abrazado la fe, pero ante las dificultades nos venimos atrás, y no hemos sabido llegar ni cargar el peso de la Cruz. Tú, si no eres hombre de fe, insisto: ¡Quédate tranquilo! Pero ¡ay de los que hemos sido testigos de los milagros de Dios en el mundo!

El párrafo anterior es una vulgaridad. Porque la Palabra no dice eso, ni se puede leer así, ni se puede manipular. Es para aquellos que andan pidiendo a Dios un signo sin atender a lo que ya ha hecho. A esos, que bien podemos ser nosotros, descuidados y desatentos, sí que nos corrige con dureza. ¡Tanto ha hecho Dios por nosotros y todavía dudamos! Pues sí. Y Dios lo sabe. Por eso nos recuerda, una y otra vez, que hemos de mirar los signos de la historia, y ver mejor, con mayor detalle una y otra vez recordarlos. Porque Dios nos ha dado mucho, nos ha dado todo, nos ha entregado a su propio Hijo. ¿Necesitamos algo más? ¿Pedimos a Dios más signos? ¡Ay de aquellos que no se conformen con Todo lo que Dios Ya ha dado!

14-oct. Llamados a vivirlo todo (Mc 10,17)


Este encuentro entre Jesús y el joven rico se parece mucho a todos los encuentros que tenemos nosotros con el Señor, con la vida, con la realidad, con nosotros mismos incluso. Es una Palabra que ha sido pronunciada en nuestra vida para que aprendamos de ella en abundancia, y no nos conformemos con menos. Palabra pronunciada en nuestra vida significa Palabra que puede ser acogida en la fe como Palabra de Dios, que es así lo que en verdad es. No de otra manera. No se trata de una catequesis, ni de una explicación, ni de una parábola. Sino de un encuentro entre nosotros y Dios, en el que Jesús nos mira amándonos entrañablemente. Jesús nos mira el corazón y sabe que lo queremos todo en este mundo, aunque vivimos agarrando y sometidos a unas pocas cosas. Y es esa parcialidad y limitación la que nos hunde, nos deprime y nos ahoga. Jesús quiere darnos todo, y quiere hacerlo ya. Nuestro encuentro con Él, cada uno de ellos, es para recibir todo de la mano de Dios. Pero, como digo, lo fragmentario, lo limitado, lo pobre de nuestra existencia es no confiar en que todo lo podemos recibir de Dios, en no creer que quiere darnos toda la Vida, y que en cada uno de nuestros acontecimientos pequeños o grandes nos da toda la Vida.

Por ejemplo, no son pocos los que se dice a sí mismos que tal o cual persona es “buena, pero…” Y entonces sucede que en el matrimonio, en la amistad, en la relación con los hijos o con cualquiera, queremos recibir sólo parte de lo que Dios quiere darnos. Preferimos esto, a esto otro, y aquello de más allá lo cambiaríamos por entero. En otros casos, sucede que por miedo a recibir todo, viendo lo que no nos agrada ni convence del todo, rechazamos lo que sucede y nos quedamos con nuestras pobres interpretaciones. Así es como, de una u otra manera, nos construimos nuestros paraisos y terrenos, donde creemos disponer de aquello necesario y suficiente para vivir. Seguimos queriendo tenerlo todo, pero nos hacemos reductos de confianza y tranquilidad en los que poder habitar apaciblemente. El deseo sigue. Por nuestra parte, y también de parte de Dios, que una y otra vez, cada una de las veces que nos encontramos, nos quiere dar todo, desbordar e inundar de amor, perdón, fe, esperanza. Pero no permitimos que sea así; tenemos las manos llenas de “lo nuestro”. Hace falta liberarse, hace falta creer para recibir tanto amor, tanto Dios, tanta cercanía, tanta fe como para saciar nuestro corazón. Hace falta, es necesario, vender lo poco que tenemos y considerarlo en nada, dejar a un lado nuestras pobres ideas y considerarlas en nada, para alcanzar toda la riqueza de Dios y toda su sabiduría. Dios está dispuesto a darlo todo, de hecho, ya lo ha dado en su Hijo. ¿Tú estás dispuesto a recibirlo todo en la Cruz y Resurrección del Señor, dejar que Él transforme por entero tu vida haciéndola nueva, recreándola por entero? ¿No quieres acaso las riquezas del cielo? ¿No dejaráis todo por un amor tan fiel y seguro, por una fe tan grande y fuerte? Dios ya ha puesto sobre la mesa todo, ¿lo acoges, lo quieres, le sigues?