31-oct. Cada uno, a lo suyo (Ef 6,1)


Cierto que la carta responde a un contexto en el que hay esclavos, que no debería ser el nuestro. Lo que muestra es que siguen existiendo padres e hijos, y eso no se borrará jamás. Pero tampoco creo que sea la clave de lectura. Sino que más bien, lo que hoy me inspira, es que cada uno tiene lo suyo de parte del Señor, y me pregunto si somos capaces hoy de hacer esta lectura en tantas otras realidades eclesiales: laicos, a lo vuestro; sacerdotes, a lo vuestro; profesores, a lo vuestro; directores, a lo vuestro; ingenieros, a lo vuestro; catequistas, a lo vuestro; enfermeros, a lo vuestro… y así sucesivamente. Me gustaría alargar la lista tanto como pudiera, para que todos entrasen. Porque en descubrir estas particularidades también consiste un buen discernimiento: el lugar que cada uno ocupa, y cómo debe responder con él al Señor, que se lo pagará.

Lo que me cautiva del todo, es el final. Seáis lo que seáis, creáis que sois lo que creáis que sois, tengáis la dignidad que tengáis, considerar que todos tenéis un amo en el cielo, que no es parcial con nadie. Porque, por desgracia, aquí en la tierra debemos asumir la parcialidad de nuestros criterios y de nuestras opciones, la excesiva importancia que le damos a los gustos y a los criterios del corazón… Parcialidad, no del amor precisamente, sino que aquí se refiere a una preferencia poco evangélica, más instintiva que constructiva, más terrenal que del reino. Porque si la parcialidad fuera el amor incondicional, ¡sería otra cosa! Pero no. Esa incondicionalidad sólo se le pega al hombre en la medida en que está cerca, muy cerca diría yo, de Dios. Y lo tiene siempre presente como su Amo y Señor.

30-oct. Amad como Cristo amó a su iglesia (Ef 5,21)


Tengo un grupo de amigos con quienes puedo cenar algunas veces, y siempre aparece esta lectura. Creo que ya la tomamos con un poco de humor entre nosotros. Pero una noche llegamos, en la sobremesa, a coger la Biblia y a interpretarla entre nosotros. Por supuesto, la cuestión está en cómo entender la sumisión, si es o no una cuestión social, si es recíproco o no ese mandato. Y cómo debemos vivirlo. Porque lo que nos interesa y preocupa no es otra cosa que vivir al modo de Dios. Y en eso, mis amigos andan con bastante claridad en su vida. Desean lo que Dios quiere para ellos. En su matrimonio, en su trabajo, en su cotidianeidad. Y a ellos especialmente va dirigida hoy esta frase, que rescato como núcleo. El amor más grande al que el hombre puede aspirar, como comunión de entrega y como don que se consagra es el amor que Cristo tiene por su Iglesia. Otras cosas, lejos y fuera del amor, son meras anécdotas que permiten vivirlo, pero no son el centro.

El amor de Cristo por la Iglesia le da origen, la sustenta, la fecunda, la hace germinar y dar fruto. La constituye y construye. El amor de Cristo por la Iglesia lo es todo para ella. Sin él, no sería nada. Ni siquiera se hubiera mantenido en la historia como una institución, porque hecha un grupo de hombres -como algunos pretenden mirarla- se queda en nada, en vacío, en mera voluntad personal por llegar a darle lo que no puede alcanzar por sí misma. Pero el amor de Cristo la sostiene, en su debilidad, en su fragilidad, en su vulnerabilidad, hasta el punto de hacerla justa y santa, y de ser capaz de dar hijos para la justicia y la santidad. Y esto me admira. Y por eso creo que ciertamente es el mayor amor que el hombre puede conocer, el mayor al que puede aspirar. Él es su centro, con honor y dignidad. Cristo es su fuente y culmen, y nadie le puede arrebatar su posición ni situación, ni responsabilidad frente a ella. Así, el amor del matrimonio alcanza su máximo esplendor, buscando asemejarse y responder al amor de Cristo.

29-oct. Sed imitadores de Dios (Ef 4,32)


Hay veces que creo que Pablo pone el listón muy alto. Es como si me pidieran hacer la marca de salto de altura del récord del mundo para poder aprobar el curso con quince o dieceseis años. Además de sentirme niño, me quedaría frustrado de por vida. Y cuando escucho que debo ser en mi vida imitador de Dios, se me caen los palos del sombrajo, y me quedo al descubierto frente a un sol que al tiempo que ilumina también quema la piel y quema interiormente. Lo primero que me nace decir es que, verdaderamente, ¡es imposible! No sólo decirlo, sino gritarlo y protestar. Porque si está ahí puesto el listón y la prueba, ¡ni lo intento! ¿Para qué si sé que voy a perder? ¿Por qué herirme más, si ya sé que estoy herido? ¿Qué necesidad hay de mayor frustración, con lo que cuesta reconocer en ocasiones las pequeñas lamentaciones de la vida?

Entiendo que cuando ponemos la cota de la salvación en el esfuerzo ético, en la ascesis y la privación, en el mero ejercicio de las virtudes, por muy teologales que sean, el hombre no llega a nada. Todo lo que se puede creer, amar y esperar a base de los propios intentos y esfuerzos queda en poco, aunque parezca mucho, en comparación con el deseo de más que siempre llevamos dentro. La insatisfacción que en ocasiones rezuma la vida cristiana se debe, en parte, a reducciones de este estilo. No puede prescindir de la ética y la moral, pero no se puede ver encerrada en ella. Es más, mucho más. De hecho, cuando leemos el texto completo, y Pablo comienza a “partir” lo que significa “imitar a Dios”, la primera referencia que encuentra es a Cristo. Hombre, como nosotros, nos conduce y orienta en el camino. Y Dios, en su dignidad divina, también se constituye en mediador nuestro. A ejemplo de Cristo “sí” es posible imitar a Dios, siempre y cuando nos dejemos salvar por Él y entremos en su vida. Ésta es la clave del seguimiento. Pero Pablo, además, añade a esa “imitación de Dios” la comunión de los santos, la vida en la Iglesia y en la comunidad. Ahí también se refleja la “imitación de Dios” a la que está llamada el hombre: vida en el amor y entrega generosa y sacrificada de los unos por los otros. Una imitación, por tanto, que Dios ha hecho asequible al hombre, abajándose él mismo. En la luz del Evangelio somos hechos “hijos de la luz”.

27-oct. Hacer crecer todas las cosas hacia él (Ef 4,7)


Me imagino una gran bolsa, que todo lo puede cubrir y en la que se puedan poner tantas y tantas realidades como realidades hay en este mundo. Y que esa bolsa la pudiésemos llevar a Cristo mismo, dársela. Pero la metáfora se queda corta. Y no surge en mí ninguna otra para hablar de algo tan grande: Dios cuenta con el hombre, para que a través de él, y él mismo, todo sea incorporado a la nueva creación. Y Dios me parece muy sabio y bondadoso entonces. Porque pensamos que el hombre nuevo puede vivir en el mundo viejo, y decimos que lucha contracorriente, y esto no es del todo cierto, porque continuamente se verá dañado, impedido, en combate. Esto Dios sabe que no es bueno para el hombre. Y porque creemos, y aquí Dios me parece genial, que nosotros podemos  “estar” al margen de la realidad,  y Dios sabe que esto no es así, porque forma “parte” de nosotros.

La doctrina de la recapitulación, con Cristo a la cabeza, con los diversos ministerios y carismas sirviendo al Reino en múltiples tareas supone una radical conversión de nuestra vida cotidiana. Miraremos hondo, largo, al horizonte, al cielo y a la eternidad, sin descuidar por ello las realidades de este mundo, que también participarán, plenificadas o reconciliadas y depuradas del Reino de los Cielos. A mayor claridad sobre este mundo en el que vivimos, por tanto, mayor claridad de las cosas de Dios, de la vida eterna, de la comunión de Amor con el Padre y con la humanidad.

26-oct. Uno, una (Ef 4,1)


La vocación primera de la Iglesia es la propia unidad, la firmeza en la fe. Antes que misionera, antes que servicial; porque entiendo que también es voluntad de Dios que el primer prójimo a quien antender sea el propio hermano, el hermano en la fe. Sin grupismos, ni divisiones. Unidad rotunda que deberíamos vivir y afrontar como una responsabilidad de alta prioridad. De hecho, tan prioritaria es esta unidad que la misión comienza, quizá en los tiempos que corren de forma muy especial, en el “mirad cómo es aman”. Unidad que brote del reconocimiento en el hermano del Espíritu, y de la Iglesia como Cuerpo de Cristo.

Pablo hoy lo afirma con rotundidad. Pero si leo el Evangelio de ayer, que hablaba de cómo Jesús viene a sembrar en el mundo división incluso dentro de la propia familia, me quedo un poco contrariado. ¿Por qué esta paradoja? Porque la unidad en la nueva familia no se puede hacer manteniendo “lo de siempre”. Y esto es algo que puede que no todos comprendan ni acoja, pero que yo al menos tengo claro. O dejas padre y madre, o no habrá nueva familia. Mantener ligazones, sentirse doblemente unido, al final termina siendo motivo de fractura y de tensión. O dejas de vivir “al modo de todos”, o la vida cristiana y la vida en la Iglesia supondrá una “doble pertenencia”, una “doble vida”, una “doble moral”, un “doble centro”. Y esto ningún hombre lo puede coherentemente vivir. Porque termina roto, cansado, agobiado, sin distinguir, sin norte. En algunas cosas el cuerpo nos lleva la delantera, y no permite que nos subamos a dos coches a la vez. O uno u otro. Y tampoco nos permite caminar en dos direcciones opuestas, o una u otra. Y creo que deberíamos aprender esta lección para poder abrazar el compromiso de construir Iglesia al modo como Pablo hoy nos pide; perdón, al modo como el mismo Señor nos manda: Sed siempre humildes y amables, sed comprensivos, sobrellevaos mutuamente con amor; esforzaos en mantener la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz. La pregunta final entonces sería: ¿De quién eres, y para quién es tu vida? Una unidad, no impuesta y centrada en Cristo, en la que entren todos.

25-oct. Sea el amor vuestra raíz y vuestro cimiento (Ef 3,14)


Me imagino a Pablo como él mismo se describe: de rodillas. Y luego vuelvo a leer el texto completo. Y pienso que son palabras hermosas. Y me quedo clavado, sin poder pasar de la parte en la que el amor, que el amor sea todo, raíz y cimiento, el origen, la fortaleza. Y ahora lo imagino llorando, porque ha encontrado la fuente de donde todo mana, y debe contárselo a todo el mundo. No como filosofía, sino como vida. Ninguna filosofía llegará a convencer al hombre de que el amor lo es todo. La filosofía da vueltas, sube y baja escalones, busca algo que en ocasiones ni siquiera conoce, y se pregunta. Lo sé porque soy filósofo. Pero como cristiano, nada se compara al amor. Y puedo decir, con absoluta certeza, que la filosofia sólo conduce, como muy, muy cerca, a la puerta en la que poder llamar, y como Pablo, arrodillarse para pedir amor. Pero el amor no nace de la sabiduría. Porque el amor rompe la lógica y el sentido que hasta esa puerta habíamos creado para nosotros.

Me imagino a Pablo, que pide amor, recibiendo el Espíritu en ese preciso instante. Y levantándose con la misma cara de siempre, penetrado de una mirada conmovedora. Porque acoger el Espíritu es al mismo tiempo abrir una puerta que me conduce lejos y una puerta que me lleva a lo hondo de la propia vida. Y ahora Pablo está con él mismo, y el Reino también, y es Piedra Viva para construir, para albergar, para que otros puedan llamar y pedir.