Lo que habéis recibido gratis (Mt 10,7)


Ya sabes cómo continúa: “Dadlo gratis.” Pero vamos paso a paso. Porque si no somos capaces de reconocer aquello que es gratis en la vida, que no tiene precio, que no hemos trabajado para alcanzar, nada podemos entonces compartir con los demás. Si no nos hemos hecho cargo de ello, recibiéndolo como lo que es, tampoco alcanzaremos el segundo paso necesario. Y es que esta tarea de reconocimiento nos cuesta trabajo.  En el fondo, esta Palabra nos exige que nos detengamos a considerar, sin retorcimientos ni desconfianzas, cuánto bien hay repartido ya por el mundo, cuánto amor impagable e inalcanzable, cuánta maravilla que no ha sido reservada al privilegio de unos pocos.

Sólo después de lo gratis acogido surgirá en verdad el agradecimiento, no de palabra, sino en las obras, en la acción. Como no es “del todo nuestro”, nos empujará a compartirlo con los demás libre y apasionadamente, con gran desprendimiento y sin hacernos dueños o señores soberbios de la gracia. Insisto, sin la primera parte, no hay segunda. Y la segunda se da por añadidura cuando la primera nutre y consolida la mirada sobre nosotros mismos, sobre el mundo y sobre Dios. Por cierto, que recibir y dejarse amar así, sin tener que devolver, no es tan fácil.

(Mt 10,7) En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles: «ld y proclamad que el reino de los cielos está cerca. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios. Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis. No llevéis en la faja oro, plata ni calderilla; ni tampoco alforja para el camino, ni túnica de repuesto, ni sandalias, ni bastón; bien merece el obrero su sustento. Cuando entréis en un pueblo o aldea, averiguad quién hay allí de confianza y quedaos en su casa hasta que os vayáis. Al entrar en una casa, saludad; si la casa se lo merece, la paz que le deseáis vendrá a ella. Si no se lo merece, la paz volverá a vosotros.»

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Sacerdocio mediador (Hb 9,11)


La carta a los hebreos, ni es carta, ni es a los hebreos, ni tampoco está escrita por Pablo. ¡Qué grande es la ciencia! ¡Nos ha ayudado a poner las cosas en su sitio! Así podemos comprender mucho mejor qué lugar ocupa en la vida cristiana. Sabemos que este libro del NT es una buena noticia, escrito en forma de Evangelio admirable que narra la entrega de Jesús, que pagó el precio de nuestro rescate con su sangre. Sabemos también que no va dirigida exclusivamente a los hebreos, sino a otras comunidades en sentido amplio, con una cierta vinculación con el universo simbólico judío. Pero hoy, es para todos. Y por último, decir que la ciencia no puede comprender el sentido de todo esto, sólo describir los cómos, no los porqués. Para entender estas palabras hace falta dejarse querer demasiado. Para no rechazarlas y alejarlas fácilmente son necesarios mucho conocimiento de uno mismo y mucha simpatía con Dios.

¿Por qué, Señor, sacrificas tu vida por mí? ¿Tan separado estaba de Dios que tuviste que morir de esta manera para reconciliarme? ¿Tanto era lo que la humanidad debía, que no valían sacrificios hechos por los hombres? ¿No existía ningún banco donde existiera tanto dinero, no pudiste crear una alternativa más amable a todo esto? ¿Tanto me amas, Señor y Dios mío, que estás dispuesto a ofrecer cuanto tienes y cuanto eres para que nosotros tengamos vida? ¡Gracias, Señor, por reparar y reconstruir mi corazón herido, la sangre que ya no me daba vida!

(Hb 9,11) Hermanos: Cristo ha venido como sumo sacerdote de los bienes definitivos. Su tabernáculo es más grande y más perfecto: no hecho por manos de hombre, es decir, no de este mundo creado. No usa sangre de machos cabríos ni de becerros, sino la suya propia; y así ha entrado en el santuario una vez para siempre, consiguiendo la liberación eterna. Si la sangre de machos cabríos y de toros y el rociar con las cenizas de una becerra tienen poder de consagrar a los profanos, devolviéndoles la pureza externa, cuánto más la sangre de Cristo, que, en virtud del Espíritu eterno, se ha ofrecido a Dios como sacrificio sin mancha, podrá purificar nuestra conciencia de las obras muertas, llevándonos al culto del Dios vivo. Por esa razón, es mediador de una alianza nueva: en ella ha habido una muerte que ha redimido de los pecados cometidos durante la primera alianza; y así los llamados pueden recibir la promesa de la herencia eterna.

Un dolor anunciado (Mc 10,32)


Cómo duele el dolor anunciado. Se vuelve incomprensible. Difícilmente explicable, salvo por unos pocos, a los que les gusta hacer puzzles a martillazos. No cuadra tanto sufrimiento en el mundo, ¿por qué aumentarlo? No entra en la cabeza, mucho menos allí donde en nuestra vida no reina la ordenada razón, que la entrega y el sacrificio formen parte de la plenitud. Precisamente porque los vivimos con dolor, sin alegría, bajo el signo imperativo del sinsentido moderno acomodado.

Sin embargo, el revolucionario número uno, desde abajo, llama a la humanidad a considerar otras aspiraciones. Será entonces, aspirando a lo más alto, que a su vez consiste en abajarse, cuando nuestra fragilidad se aproxime verdaderamente a nuestra humanidad. El grito silencioso que lanzamos a Dios en la jornada cotidiana se volverá música celestial, petición confiada que quiere cumplir una misión, trago feliz de una copa y no amargura.