14-oct. Una Palabra que penetra hasta el alma (Hbr 4,12)


La Palabra de Dios dista mucho de poder convertirse en una palabra cualquiera, a la altura de una palabra cualquiera, de una persona cualquiera. Quien habla es Dios, que nos conoce profudamente a cada uno en particular y nos ama a cada uno con excesiva intensidad y entrega. Quien habla no habla, como tantos, por hablar. Sino que habla dándose a sí mismo, guiando al hombre hacia sí, conduciendo su caminar. Quien habla no se queda en la habitual superficialidad, sino que entra hasta lo hondo del alma, rincón que ya conoce. Quien habla, habla aprovechando las junturas del ser, los espacios recónditos, los caminos que otros desconocen.

Estar así, escuchando en la celebración de la Palabra o de la Eucaristía, atendiendo a la lectura orante en la propia casa, transforma la vida. Una Palabra a la que me enfrento y busco no porque haya mucha información, sino porque es enteramente para mí. No “una palabra”, al modo como decimos “un versículo, un capítulo, una parábola”, sino toda la Palabra. Toda ella es regalada, para hacerme mejor, para amarme, para darme solidez y consistencia, para apoyarme en ella y llegar a ver lo que habitualmente no vería, para conocer el mundo y lo que vendrá, para fortalecer mi libertad, criterio y voluntad de amar siempre sin medida. Pero sobre todo, por encima de todas las cosas, quien está así ante la Palabra emprende un diálogo asimétrico con Dios, una búsqueda siempre grande e iliminada, siempre enorme y preciosa, siempre hermosa, siempre arriesgada, siempre de entrega y servicio, de más y más amor cada día. Porque la Palabra, al tiempo que abre camino en el alma permite que del corazón de cada creyente salga lo mejor que lleva dentro, construye una autopista similar a la de la lanzada del Señor en la Cruz. Un camino que nos hace, a imagen del Hijo, acoger a otros en el misterio que somos, en el misterio de Dios que nos invade, en la vida misma de Dios. Así es la Iglesia, y así se pone a la escucha.

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11-sep. Imaginar a Jesús pronunciando tu nombre (Lc 6,12)


Nosotros somos muy listos, y leemos la lista sabiendo lo que va a pasar después con sus vidas. Conocemos a Pedro porque hemos visto su historia, sus aventuras, el grado de su seguimiento. Conocemos a Tomás, con sus dudas. Conocemos a Andrés, acercando al niño a Jesús. Conocemos a Santiago, y su cercanía con el Señor, testigo de tantos acontecimientos de forma especial. Conocemos a Mateo, que antes era recaudador. Conocemos a Juan, reposando su cabeza en Jesús durante la cena, y un día después le hemos pintado y esculpido a los pies de la Cruz. Conocemos a Judas. Conocemos a estos discípulos en sus aventuras con la barca, con sus miedos, con sus luchas por comprender el poder de Dios, de su sueño en el huerto, de su huída y encerramiento, de su explosión de júbilo tras la resurrección. Pero ellos, hoy, cuando Jesús pronuncia su nombre por primera vez no saben nada de esto. Dejan lo que tienen entre manos, abandonan en cómodo lugar del discípulo para pasar al apostolado, y de ahí a dar su vida por Cristo. Pero ellos, pescadores y hombres de otros oficios, ellos no sabían nada de esto. Comienza su seguimiento, han sido asociados a la voz del Pastor que les llama. Primero serán pescadores de hombres, después constituidos en pastores de la Iglesia.

De eso sí que sabemos también nosotros. De la impresionante novedad que sopone que el mismo Dios nos llame por el nombre, nos conozca íntimamente, nos confíe participar en su misión. De eso, sí sabemos. Porque también lo hemos vivido. Ahora delante del Resucitado, conociendo su Gloria, aún en la precariedad de nuestra fe, en la debilidad de nuestros pasos, en la oscuridad de su presencia que se vuelve en ocasiones ausencia. Nosotros hoy, como primer rayo del día después de la noche entera de oración, podemos permitir que Dios pronuncie nuestro nombre. Imagina que Dios te llama. Porque no imaginarás en vacío. Imaginarás el corazón mismo del Señor, que muchas veces te ha llamado aunque tú no lo hayas escuchado todavía con claridad. Imagina que te llama, no aislado y sólo a ti, sino entre muchos, en comunidad, en Iglesia, como el nuevo Pueblo, el Reino de Dios, el cielo en la tierra.

Sin que él sepa cómo (Mc 4,26)


Jesús habla de los misterios en parábolas. Y todo lo hace por medio de comparaciones sencillas, asequibles a los oyentes de su palabra, cercanas a lo cotidiano, traídas de aquí y de allí. Aunque luego retiraba a los discípulos, y en lo secreto, en privado, en el grupo les explicaba todo. A ellos se les desvelaban misterios. Pero en todos se sembraba la Palabra, caía en terrenos diversos por medio de las parábolas. Alcanzaban seguro el corazón. Hacia allí van dirigidas hoy las dos palabras. A construir el Reino, a dejarnos temblorosos al reconocer la vida de Dios creciendo en nuestra propia vida, a anunciar el tiempo de los frutos, de la siega, del discernimiento.

Algunas veces pensamos que pobres discípulos a los que hay que explicarles las cosas, que parece que son los únicos que no cogen las cosas de Dios al vuelo a pesar del trato directo que tienen con él, que lo de rudos y torpes les cae como anillo al dedo. Y hoy creo que es más bien el polo contrario. Que es el deseo de Dios de seguir dándose, de seguir dándose a conocer, de continuar en conversación con los suyos. ¡Cómo no lo habíamos visto así antes! Es que Dios siempre desborda, el más permanece en su Palabra continuamente. ¡Más trato con el hombre! ¡Más cercanía! ¡Más encuentros! ¡Más diálogo! ¡Más amor! ¡Más misericordia! Más y más, y siempre gratuito.

Sin fingimiento (Rom 12,9-16)


Cuando nos ponemos a la escucha, quizá haya palabras y más que palabras en lo que llega a nuestros oídos. Como un día más, en la celebración, hemos leído la lectura que correspondía. Con un pequeño matiz. En la Visitación de María, mi intención durante todo el día ha sido estar a la pista de quien me visita, de quien se acerca, de lo que me dice, dispuesto a acoger. También he procurado ser yo quien se acerque. Y al final del día, una palabra ha inundado de gozo mi espíritu. Lo comparto para no quedármelo, con el deseo de que también a vosotros se os abran los oídos, la palabra llegue al corazón, transforme vuestra vida y se haga luz en el interior. Las obras vendrán después, empujados por tanto amor.

Que sepas que esta Palabra habla de ti, si eres capaz de escuchar en la verdad: “El amor sea sin fingir: detestando el mal y adheridos al bien. El amor fraterno sea afectuoso, estimando en más a los otros. Servid al Señor con celo incansable y fervor de espíritu. Alegraos con la esperanza, sed pacientes en el sufrimiento, perseverantes en la oración; solidarios de los consagrados en sus necesidades, practicando la hospitalidad. Bendecid a los que os persiguen, bendecid y no maldigáis. Con los alegres alegraos, con los que lloran llorad. Vivid en mutua concordia. No aspiréis a grandezas, antes allanaos con los humildes. No os tengáis por sabios. A nadie devolváis mal por mal, proponeos hacer el bien que todos aprueban.”

Jesús les enseñaba lo que iba a suceder (Mc 10,32)


Hay días que no escucho cuando la gente habla, porque ando despistado o muy preocupado en otras cosas. Me doy cuenta cuando ha pasado un rato. Me entristece. Sobre todo si la conversación es importante, y con un poco de humillación, tengo que pedir que me lo repitan. Y me sorprende encontrarme con los apóstoles pasando de lo que Jesús tiene que decirles, porque les encuentro cercanos a esta experiencia que comparto con ellos. Seguro que Dios también ha hablado “de lo que va a suceder” conmigo muchas, muchas veces. En la calle, en la oración, en el acompañamiento, en la formación. Y yo, sin prestar atención, ¡a lo mío!

Señor, permíteme que me sincere contigo. ¡No es que no te entienda! ¡Que hay veces que me cuesta trabajo! ¡Es que estoy demasiado presa de las cosas de aquí abajo, y en concreto, muchas, muchas veces, de las mías! ¡Hazme un poco más libre! ¡Cuéntame otra vez el misterio de tu Pascua! Por favor, no me grites, como hace el de la foto. ¡Déjame beber tu cáliz!