28-nov. No preparéis vuestra defensa (Lc 21,12)


Soy de los que piensan cuando van de camino, de los que tienen preparadas las palabras de la homilía antes de hablar, y puedo reproducir dos o tres veces casi la misma clase, con sus chistes y ejemplos, bajo una aparente sensación de naturalidad. Y, sin embargo, puedo decir con claridad que lo mejor que he podido decir en este mundo es algo que en absoluto estaba preparado. ¿Preparación? ¿Formación previa? ¿Inspiración? Dejar que el Espíritu hable en nosotros bien sabemos que no es sencillo. Lo normal es escudriñar historias y entrelazar acontecimientos, seleccionar temas clave y valerse de la retórica. Palabras bonitas, un estudio que considero necesario para hacer bien un anuncio, y tratar tanto lo humano como lo divino con dignidad.

Llegado el momento de la prueba, ¡abandónate! Llegado el tiempo de la dificultad y del juicio, ¡sé libre de ti mismo incluso! Llegado el tiempo en que los hombres levanten sus juicios y criterios contra Dios mismo, ¡resiste y manten tu posición firme en el Evangelio recibido! Pero antes de todo esto, antes de que suceda, y ya te están anunciando que llegará el tiempo de la prueba, ¡adelántate! Entonces no tendrás tiempo para sembrar, sólo para recoger. Entonces el Espíritu hablará, no en un lenguaje que no conozcas, sino a través de todo lo que hayas vivido. Siembra, riega, cuida, vela, haz crecer en ti. Escucha antes, ora antes, reflexiona antes, dialoga antes, comparte antes, recibe en plenitud, fortalece, acrecienta, nutre tu alma. En el tiempo de la prueba, en el tiempo de la madurez, del conflicto y de la lucha, ¡el Espíritu será tu valedor! Lo que hayas aprendido no te servirá, y sabrás que es el Espíritu quien habla.

9-nov. Mire cada uno cómo construye (1Cor 3,9)


Lo digo sin paliativos: somos piedras vivas, capaces de construir Reino; pero no el fundamento, que siempre será Cristo. Y como dice Pablo, que cada uno mire bien cómo construye. Estos días, desde no hace pocos, esta pregunta martillea mi vida y mi conciencia. ¿Cómo construimos el Reino de Dios? ¿Verdaderamente damos pasos y construimos apoyados en Jesucristo, o lo hacemos a placer, con nuestros criterios, guiados por nosotros mismos, donde nosotros queremos y como queremos? Y me preocupa seriamente. Me inquieta que se tomen decisiones de Iglesia, grande o pequeña, de la que todos ven o de esa concrección que es la comunidad en la que pocos participan, en las que Dios no aparece por ningún lado, y nos planteamos qué es lo mejor o lo peor con los criterios de otros, como son la productividad, la excelencia, el prestigio o incluso el poder. Me inquieta que muchos citan a otras personas, sin citar a Dios, sin hablar de Jesucristo, sin fiarse de la gracia ni del Espíritu. Los que se olvidan de Dios y se dicen a sí mismos ateos, se burlan de la inocencia y confianza de los creyentes. Pero cuando esto se da entre creyentes, que se supone que edifican el mismo templo, me inquieto doblemente.

Sólo se trata de una preocupación. Sigo confiando en Dios. Lo que a mí Dios me pide no es que ande preocupado por esas cosas, sino que construibuya a la edificación de su Templo. La pregunta entonces se me vuelve algo así como: “¿Dónde me coloco y dónde me sitúo? ¿Dónde doy la vida?” Sólo tengo una oportunidad, no puedo dislocarme ni desdoblarme. O edifico sobre Cristo, o construyo algo que no se sostendrá. Y esto último, sí me inquieta. ¡Gracias a Dios que soy nada más que una piedra! ¡No me imagino tomando otras decisiones! Sólo colaborando, y agradeciendo tanta belleza y comunión. Las cosas encajan. Y cuando encajan, sé que estoy en mi sitio. Si no encajase, volvería a preocuparme. Y he de reconocer que en no pocas ocasiones, no encajo en el mundo, o el mundo me dice, porque también habla, que éste no es mi sitio.

25-oct. Sea el amor vuestra raíz y vuestro cimiento (Ef 3,14)


Me imagino a Pablo como él mismo se describe: de rodillas. Y luego vuelvo a leer el texto completo. Y pienso que son palabras hermosas. Y me quedo clavado, sin poder pasar de la parte en la que el amor, que el amor sea todo, raíz y cimiento, el origen, la fortaleza. Y ahora lo imagino llorando, porque ha encontrado la fuente de donde todo mana, y debe contárselo a todo el mundo. No como filosofía, sino como vida. Ninguna filosofía llegará a convencer al hombre de que el amor lo es todo. La filosofía da vueltas, sube y baja escalones, busca algo que en ocasiones ni siquiera conoce, y se pregunta. Lo sé porque soy filósofo. Pero como cristiano, nada se compara al amor. Y puedo decir, con absoluta certeza, que la filosofia sólo conduce, como muy, muy cerca, a la puerta en la que poder llamar, y como Pablo, arrodillarse para pedir amor. Pero el amor no nace de la sabiduría. Porque el amor rompe la lógica y el sentido que hasta esa puerta habíamos creado para nosotros.

Me imagino a Pablo, que pide amor, recibiendo el Espíritu en ese preciso instante. Y levantándose con la misma cara de siempre, penetrado de una mirada conmovedora. Porque acoger el Espíritu es al mismo tiempo abrir una puerta que me conduce lejos y una puerta que me lleva a lo hondo de la propia vida. Y ahora Pablo está con él mismo, y el Reino también, y es Piedra Viva para construir, para albergar, para que otros puedan llamar y pedir.

23-oct. El muro que nos separaba (Ef 2,12)


Personas que están juntas, no tienen por qué ser personas que convivan. Y personas que conviven, y que comparten techo, y que se sientan incluso a la misma mesa, no son personas que estén unidas. Existen, y son palpables espiritualmente aunque no sean visibles, muros que distancian y fraccionan los mundos de las personas. El peor de ellos, el peor de los muros que existe es el muro “cerco” que bordea a cada uno. Muro de cristal, para más malignidad, que permite ver sin dejarse afectar, que marca distancia y separación real, muros de seguridades y de miedos, muros de nervios, muros fraguados en la historia. Pero existen muchos otros muros. Al final, la historia demuestra que se olvida por qué se construyeron los muros. Y lo que podía ser motivo de protección, termina siendo causa de resistencia e impedimento para salir. Quien pone un muro, no pocas veces se olvida de abrir en él puertas, o de ofrecer alternativas. Los muros, se quiera o no, encierran a las personas en sus castillos interiores, siempre insuficientemente abastecidos.

Derribar muros, no es cualquier tarea. Querer derribarlos, tampoco es algo que debamos dar por supuesto. En nuestra historia se han creado fronteras, telones, pantallas, y todo tipo de impedimentos históricos para hacer de la humanidad y de los hombres un signo de comunión. Han servicio a esos muros los gobiernos, las comunidades, los pueblos, las ideosincrasias, incluso las religiones. Se han visto afectadas familias enteras de hombres de carne y hueso, que dentro de sus muros soñaban con ser cercanos, no pocas veces, con los que estaban lejos sin permitir a quien está cerca llegar y tocar. Los muros de nuestro mundo han sido una terrible condena, justificando lo injustificable. Pero ha llegado ya el tiempo del Espíritu, y quien recibe el Espíritu combate los muros con decisión, se libera de los propios, viaja de persona en persona haciendo el bien, al modo como el Señor se encarnó en el mundo curando a unos y otros de sus heridas, y liberándolos de sus esclavitudes. Deja que el Espíritu te martillee, a golpe de maza primero. Quita, antes de nada, la viga de tu propio ojo.

20-oct. Os enseñará lo que tenéis que decir (Lc 12,8)


Tenemos muchos maestros que nos enseñan. Y aprendemos muchas cosas. Los grandes maestros de nuestra sociedad, los pedagogos, están encerrados habitualmente dentro de cajas y detrás de pantallas. Bien la televisión, bien internet. Ellos son los grandes educadores de nuestro mundo, que ponen palabras en nuestras vidas, en nuestros corazones, en nuestras decisiones. Nos llenan de razones, de argumentos, de sentimientos. Nos llenan, hasta que desbordamos. Pero se acumulan en la misma línea, sin contradicción entre sí. Siempre en la misma dirección y en la misma línea. Pero hablan a escondidas, sin dar la cara, sin rostro, sin identificarse.

Sin embargo, Dios mismo ha dado la cara, y su Palabra es el Hijo. A través del Hijo el Espíritu sigue hablando para que demos testimonio, para que anunciemos, para que nada pueda condenarnos. En el Espíritu encontramos nueva sabiduría, proclamada desde antiguo. No se trata de palabras, sino de la Palabra. No se trata de argumentos que nos justifiquen, sino de una Verdad mayor que ha venido a condenar al mundo, para poder salvarlo. ¡Qué alegría conocer esto ahora, antes de que suceda, para que en la necesidad estemos atentos a lo que tiene que decir! ¡Qué alegría poder ejercitarse ahora en su conocimiento, profundizar en su acción, para el tiempo en que sintamos la necesidad de su paz, de su amabilidad, de su dulzura, de su seguridad!

17-oct. Marchemos tras el Espíritu (Gal 5,18)


Quien lea la lectura, de forma plana, lo que conseguirá simplemente es una lista de dos cosas: las obras de la carne y los frutos del Espíritu. Que se llamen así, de dos modos distintos, no sólo en relación a su origen sino a su realidad, ya es mucho. Pero algunos tampoco se detendrán en eso. Hay a quienes encontrar listas detalladas de actitudes y actos les resulta cómodo, muy cómodo. Y se abrazan a ellas del mejor modo posible. Pero claro, además corremos el peligro de decirnos a nosotros mismos que no somos nada, que quiénes somos para luchar contra la carne o para poner freno al Espíritu. Peor aún, quiénes somos para frenar la carne, porque límites al Espíritu sí que creemos que podemos ponerle, y muchos. Lo dicho, que la tentación es intentar “analizarse y encasillarse” en proporciones, en una u otra lista. Pues ahora soy un 50% de la carne, un 50% del Espíritu, es decir, estoy tibio. O un 80% de esto y un 20% de aquello. Hay lucha y conflicto, indiscutible. No hay una realidad absoluta que abracemos al 100%, indiscutible. Pero es que la lectura no va por ahí.

Lo que desea Pablo, y al final lo dice con toda su alma, y me lo imagino casi gritando, o hablando con tierna suavidad, según qué persona y qué momento, es que dejemos que el Espíritu viva en nosotros con poderío. La paz, la amabilidad y demás, no son la clave. La clave está en que hemos recibido el Espíritu, y el espíritu es vida, y vive, y actúa. Y no podemos darle la espalda, como si tal cosa fuera. Está y se hace patente, quiere lo mejor, desea lo mejor, nos libera para el amor. Y eso, esa vida nueva recibida, ese Espíritu que viene en ayuda de nuestra debilidad, y que ya tenemos, que no hace falta esperar para mañana, ese Espíritu mayúsculo es lo importante. No la carne, no sus obras, sino el Espíritu con su ímpetu. El Espíritu recibido en el bautismo, en la confirmación, en el orden sacerdotal, en el matrimonio, en el perdón. El Espíritu de la bendición. No varios, sino uno mismo, insuflado cada día con renovada pasión. ¡Vivamos en el Espíritu!