17-dic. Lo veo, pero no es ahora (Nm 24,2)


No creas que es un don. Igual que ves más allá de lo que está delante de las narices, también todo hombre tiene, por su corazón y su razón, capacidad para ver en el futuro, adelantarse en él, prever y ordenar su vida en función de lo que viene. En algunos casos, fruto del esfuerzo del hombre, y en otros, sin saber explicar bien cómo, porque el anuncio nos llega de lo que está por venir, que está llegando, que es como si se viese a lo lejos en el tiempo caminar hacia nosotros en el presente. No te puedo decir por qué, ni cómo. Sólo que hay quienes disponen, según parece, de unos telescopios especiales o catalejos para otear.

Podríamos pensar entonces que se trata sólo del privilegio de unos pocos, dotados de especiales cualidades y virtudes. Y no es así. El anuncio está hecho a todos, a todos se les reclama desde lo que está por llegar, que es la Navidad y es inminente. Cuando alcance el ritmo de nuestra vida, cuando nos introduzca en su Misterio, existirán dos tipos de hombres: los que escucharon, y los que no, los que se prepararon y los que todavía, un año más, no se dieron cuenta de lo que estaba por suceder y lo que se venía encima. Unos, como es lógico, disfrutarán asombrosamente, con mayor capacidad de asombro si cabe, que los otros. Y paradójicamente serán aquellos que han tenido guardada en su memoria, en su interior durante más tiempo, la palabra de lo que no había acontecido todavía.

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12-dic. Venid a mí (Mt 11,25)


No hay día malo para escuchar esta palabra, y esta llamada de Dios. “Venid a mí todos los que andáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré.” Podemos tener días más o menos sensibles a otros textos del Evangelio, pero escuchar esta Palabra, sencilla y directa, sólo escucharla sin más, ya ofrece aquello que promete. Para estar con Dios, para descansar en su presencia no tengo ni que salir de casa, ni que hacer un viaje eterno, ni que sacrificar las horas del día, ni que hacer maletas en las que prevenir lo que sucederá. Para estar con Dios basta, como hoy, escucharle. Porque escuchando, haz la prueba, estamos cerca. Otra cosa sería que tú leyeses esta Palabra para ti mismo, sin dejar que sea Dios quien te la proclame, pronuncie, cante, susurre, grite. Lo que sea, con tal de que no sea tu voz, ni tu creatividad, sino que Dios mismo venga en ella.

Cuando escucho “venid a mí”, inmediatamente encuentro “cargad con mi yugo”. La cosa cambia, según parece. Es como si Dios nos invitase, más que a descansar, a seguir en las tareas, a continuar con la labor de cada día, a prolongar el cansancio. Y no nos engaña, ni nos miente. Ni promete con adulación. Pero sigue siendo un misterio. Descansar, en el lenguaje del Evangelio, va de la mano de dejar que Dios haga las cosas que tenemos entre manos, que lleve las riendas, que mueva los hilos, que despeje los obstáculos. No nos invita ni al refugio fácil, ni a la huida cómoda. Sino al trabajo de cada día, pero acompañado. Siendo él, una vez más, quien cargue con el peso del yugo compartido. Porque siempre, y no aprendemos, lo que es de Dios es más ligero y más llevadero que lo que el hombre intenta cargar por sí mismo, y las cosas de Dios son más dulces que los caramelos que nos prometemos a nosotros mismos para dar sabor a cuanto hacemos. Lo de Dios, y no otra cosa, será nuestro descanso. El resto, pasiones y agitaciones, desvelos y desencantos.

11-dic. Las 99 ovejas (Mt 18,12)


El 99 son como dos ojos, ahora que lo veo dibujado. Dos ojos que miran. Y me pregunto hoy por las 99 ovejas, aunque sé bien que el valor de la parábola está en la libertad y el arrojo, en la predilección por la perdida. Pero me pregunto cómo mirarán estas ovejas al pastor, mientras el pastor se aleja, se va. Me pregunto si estas ovejas estarán contentas, si podrán participar de la misión, si notarán la ausencia de la que falta, si se sentirán más cómodas en el redil, ahora más amplio. Me pregunto si las 99 apoyarán decididamente a su pastor portándose bien, sin armar jaleo mientras se encuentra fuera de casa o si montarán una revolución. Me pregunto si las 99 ovejas harán fiesta, tomarán la casa de su dueño y se la apropiarán. Me pregunto qué vería el pastor en ellas para andar por los caminos tan libremente. Porque el buen pastor conoce a sus ovejas, y sabe que las puede dejar solas cuando están a salvo.

Mientras el pastor trabaja, estas 99 deberían estar en vela, preocupadas, aguardando, esperando. Mientras el pastor trabaja, el rebaño en el redil debería cantar para indicar el camino de regreso, desear el reeencuentro, otear el horizonte en su búsqueda. Mientra el pastor trabaja, las ovejas deberían disponer todo para que, cuando llegue, se produzca una gran fiesta. Porque saben, como yo ahora mismo tengo una pequeña certeza interior, que el Pastor encontrará a la perdida y cargará con ella, tanto si está herida como si no, y se fatigará más de camino a casa que al marchar a su encuentro. Ojalá que cuando el Pastor vuelva encuentre a todas en paz, a todas despiertas, a todas queriendo.

10-dic. Jesús blasfema (Lc 5,17)


Vale que algunos no quieran oír, y se enzarcen en discusiones para defenderse de Dios, y de una Palabra más fuerte. Paso por aquello de que no todos tengan fe, aunque no me lo crea del todo. Pero no paso ante los hombres que cierran sus ojos para ver las proezas de otros hombres. O sea, que un grupo de amigos hace lo posible y lo imposible cargando con un paralítico, con intención de llevarlo delante de Jesús, y además quitan las tejas, lo descuelgan desde el techo como en una película, mientras todos abajo permanecen quietos y sentados, cómodos oyentes de las enseñanzas de Jesús. ¿Y todo comienza cuando a aquel hombre se le perdona el pecado? El milagro de verdad sería que los que están viendo todo aquello creyeran. ¡Ese sí que sería un milagro! Pero donde no hay fe, ni rectitud, Dios no puede entrar, por respeto al hombre.

El paralítico, a los ojos de Jesús, no necesitaba andar para ser perdonado y para ser querido. Si escuchas bien el relato, lo que él parece que busca es eso precisamente, ser perdonado, que alguien atienda la parálisis de su corazón, sus ataduras internas, sus esclavitudes. Él buscaba eso, o se lo querían regalar los amigos. Seguro que surgió en su interior una enorme sonrisa. Los amigos tampoco protestan. Pero aquellos que, según parece “son más de Dios”, en seguida alzan la voz y se quejan. Habría que decirles que son unos “listos”. Para ellos es el milagro de hoy. Para esos “listos del mundo” que no se conforman con lo que ven en el amor entre los amigos, y que no saben que todo comienza ahí, ¡allá va el milagro de hoy! ¡Qué paciente es Dios con nosotros!

4-dic. Dios no juega al escondite (Lc 10,21)


http://dehc77.files.wordpress.com/2012/04/escondite.jpgLo que hoy no leemos es que los discípulos regresan con Jesús. Lo que hoy no leemos es el contexto de la escena, justo después de fueran enviados de dos en dos por los caminos, por todos los caminos y a todos los  pueblos conocidos. De lo que sucedió en su misión no se dice ni una sola palabra, sólo que regresan contentos. Y felices. Dichosos ellos, porque han visto que Dios no juega al escondite, sino que se muestra. De algún modo, queda entre ellos y Dios lo que ha sucedido. A nosotros, se nos oculta. Porque no es lo importante lo que hacen, sino la victora y el poder del Padre actuando en el mundo. Jesús se alegra porque se ha revelado el Hijo.

Dios no juega al escondite, ni quiere hacerlo. Por eso se encarna, por eso se acerca, por eso comparte su Espíritu. Si quisiera permanecer en el misterio, oculto, no habría ninguna oportunidad de ganar la partida. A la inversa, por otro lado, tampoco. Ningún hombre puede esconderse de Dios tanto, se dé cuenta o no, su vida está ante Dios permanentemente, en su mirada, contemplada, amada y perdonada. Dios, insisto, no juega al escondite ni lo suyo va de contar las cosas a medias. Todo desea darlo. Pero sólo el Hijo ha sido capaz de acogerlo. Nosotros, poco a poco, vamos desvelando su inmensidad. Sólo aquello que está cerca, muy cerca, cuesta ser visto.

2-dic. Habrá signos… y angustias… (Lc 21,25)


Cuando no encontramos sentido a las cosas, sin renunciar a hablar de las causas y de las consecuencias, caemos fácilmente en la casualidad. Hoy creo que tanto hablar de la causalidad, sin futuro y sin motivos, nos provoca grandes tentaciones en la vida. Cambianos una letra, y listo. Y así se refleja muchas veces la ignorancia del hombre, creyendo que todo tiene un porqué, y también de este modo se da rienda suelta a la opinión del corazón, de la cabeza, de la propia vida.

Por eso he distinguido en el título entre los signos y las angustias. Quien ve signos, sabe qué va a pasar. Quien encuentra angustias, se desconcierta, pierde la paz, y tiende a salir por la vía rápida. El signo, en cristiano, sólo puede ser uno: que el Señor está cerca. Y si la luna y las estrellas, y si el sufrimiento puede ser expresión también de esta venida, cómo no descubrir que en el amor, en la compañía, en el consuelo, en el disfrute, en la felicidad está Dios mismo ya presente. Se trata de signos de su venida, no de angustias de destrucción. Su lenguaje es palabra de cercanía, no promea en la distancia.