3-dic. Yo le digo “ven”, y viene (Mt 8,5)


https://i0.wp.com/www.animacionrecursiva.com/wp-content/uploads/2011/11/jesus-cura-esclavo-centurion.jpgQué regalo tan precioso éste que, al comenzar el Adviento, nos regala la Liturgia. Un regalo paradójico, porque si bien estamos en el tiempo en el que con más insistencia le decimos a Dios que venga (maranatha, maran atha, Ven Señor Jesús), el Evangelio le da la vuelta para que nos situemos como corresponde. ¿Quién tiene poder para mandar, y quién da las órdenes en el Evangelio? No somos dignos, Señor, de que entres en nuestra casa. No somos dignos de pedirte que vengas. No lo somos, como tampoco lo era, y lo sabía bien, el centurión romano. Y, sin embargo, nos vemos pidiéndote, y casi mandándote en ocasiones, que te hagas presente. ¡Qué insistencia la nuestra!

El Adviento podría ser también visto como el mandato del Señor de ir hacia Él. También esta obediencia fiel y solícita, de quienes se saben viviendo “bajo disciplina y órdenes” entraría a formar parte así de nuestra esperanza y de nuestros requerimientos. Necesitamos que el Señor cure, y se haga presente. Necesitamos su fuerza y vida, y por lo tanto su acción. Y nos vemos, con fe en el corazón y la inteligencia, incapaces de pedir del todo que entre. Sin embargo, él actúa. No sé si la cuestión, en cualquier caso, es la distancia. Porque ya se dirá después que la fe, aunque sea pequeña como un grano de mostaza, tiene un poder incalculable para mover montañas. No para hacer que Dios venga, pero sí para obrar milagros. Y, sin embargo, no deseamos tanto el milagro como el Amor y la Misericordia de Dios en nuestras vidas. En Adviento aprendemos a pedir, dicho de otro modo, según nuestra indigencia y muy por encima de nuestras posibilidades. La sorpresa es que Dios, nuevamente, quiera atender al hombre. No hay amor más grande que éste. No hay más fe, ni mayor, que la que es capaz de entrar en diálogo sincero con Dios.

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12-nov. Auméntanos la fe (Lc 17,1)


Las frases sacadas de contexto pierden mucho. Podríamos pensar que el deseo “auméntanos la fe” sea para una mayor y mejor oración, para una mejor lectura de la Escritura, para entregarse a la contemplación a pecho descubierto. Mucha gente intuyo que piensa así. Porque fe, ciertamente, tiene que ver directamente con Dios. Hay una relación indiscutible, incuestionable, inviolable e insalvable. Si hablamos de la fe, la fe tiene por objeto a Dios, la comunión con Él.

Hoy aprendemos que esa comunión y ese Dios al que buscamos desea también la fe para la acción, para el compromiso, para darlo todo, a ejemplo de la viuda del Evangelio de ayer. Ni más ni menos. Porque el contexto de esta frase, en la que los apóstoles ven que su fe flaquea, nada tiene que ver con lo que saben o dejan de saber de Dios. O mejor dicho, precisamente porque saben lo que Dios quiere de ellos, y lo que Dios les pide, suplican mayor fe. Que aumente, que crezca, que nutra la existencia cristiana desde dentro para poder amar a los pequeños y a los débiles, para dar testimonio del amor de Dios a su medida, y no a la medida pequeña del hombre, para acoger al que sufre, para perdonar a quien daña y ofende. Y eso, sin fe, se puede vivir alguna que otra vez, pero no hasta setenta veces siete. Por eso hoy los apóstoles piden fe, para vivir lo que saben que, por ellos mismos, es imposible. La súplica de la fe no nace, sin embargo, del conocimento propio y de las propias limitaciones, sino de la proximidad con Dios hasta el punto de saber bien, y a ciencia cierta, que Dios desea compartir con sus hijos este don tan grande. No pide quien sabe que no va a recibir, o quien sabe que su súplica resultará molesta. Pide quien tiene confianza, y no siente por ello humillación.

16-oct. Lo único que cuenta es una fe activa en el amor (Gal 5,1)


Disfruto amando, en cualquiera de sus formas, siempre y cuando sepa que estoy amando. Da igual dónde esté, con tal de que sea capaz de poner amor en mi vida, de querer lo que hago, de meter pasión en la realidad, de vivir con cierta radicalidad lo cotidiano, de buscar la verdad, de estudiar con ilusión, de salir de casa y encontrarme con el hermano, de vivir en comunidad acogiendo. Da igual la forma, da igual la persona, da igual todo con tal de que sea amor. Sea quien sea, saber que puedo poner en su vida aquello que nace de lo más profundo de mi corazón. Sea hablando, sea abrazando, sea trabajando juntos, sea mirándonos, sea sirviendo, sea haciendo lo que tenga que hacer, o aquello que se sale de lo normal. Insisto, porque es la pura verdad del hombre, de mí en cuanto hombre y de cualquier otro hombre que haya pisado, pise o vaya a pisar la faz de la tierra. Nada hay comparable al amor en cualquiera de sus formas. Y si viviera amando siempre, en todo y a todos habría alcanzado la cumbre de la felicidad, la perfección plena, lo más humano y lo más divino, lo sublime y lo eterno.

Y, sin embargo, cada día experimento por otro lado la falta de libertad y la limitación en aquello que más deseo. Puedo salir dispuesto a darlo todo, y volver a mi casa replegado sobre mí mismo. Puedo querer, sin hacer otra cosa que quererme a mí mismo. Puedo servir utilizando y valiéndome del otro. Y, ante esta terrible verdad y certeza, sólo me queda desear aún más la promesa de libertad y de liberación que Dios ha hecho valen en Cristo Jesús, que es la de llamarnos a la vida nueva, saliendo de las antiguas esclavitudes. Especial, muy especialmente, de aquellas que nos encierran en nosotros mismos, nos hacen retroceder, nos empujan a buscar la seguridad de la ley y de las formas que hemos conocido, aquellas que tranquilizan la conciencia en lugar de espolearla. No hay más Ley para el hombre, ni norma que se pueda ajustar más a lo que es, que aquella que proclama que debe amar, pase lo que pase y cueste lo que cueste, al modo como Cristo nos ha amado. ¡Esa es la libertad! Si pudiese, Señor, darte toda mi vida hoy lo haría; para que tú la hagas nueva, toda nueva a tu imagen. Pero pides paciencia, sin retorno, escalando poco a poco sin mirar atrás, confiando en que tú salvarás el amor que haya puesto en mi vida.

24-sep. Si está en tu mano… (Prov 3,27)


Recordaré siempre, con actualidad y muy vivo, un diálogo que tuve hace unos años. Estaba con una persona mayor que yo. Desde el principio abierto a aprender, a interesarme por él. No sé cómo, llegó un momento en el que esta persona comenzó a hablar de todo lo que podía haber hecho por otras personas, sintiendo que había dejado pasar multitud de oportunidades de hacerle la vida fácil a los demás, de quererlos con más intensidad, de estar más cercano, de ser más generoso… Hablaba y yo escuchaba. Ya digo que aprendí mucho más de lo que he aprendido con otros que me han contado sus hazañas y aventuras. Aquel hombre se encontraba compungido, entristecido. Al darse cuenta de todo aquello, al ponerle palabras y expresarlo, se le vinieron las lágrimas a los ojos. Me recordó la escena del final de la Lista de Schindler, cuando le entregan el anillo de oro y rompiendo a llorar comienza a pensar en los judíos concretos, de carne y hueso, que habría salvado con aquello. Aquel hombre que tenía delante de mis ojos, padre de familia honrado y recto, que había educado a los suyos, que se sabía generoso y entregado, siempre disponible, aquel hombre sabía que podía mucho más incluso. Que lo hecho no bastaba. Me regaló una gran lección de vida. No podré olvidarlo. Yo ya era sacerdote. Al final de la conversación me pidió confesarse. Celebrar con él ese sacramento, en aquel lugar, fue verdaderamente especial. Dios le justificó.

Hoy la Palabra de Proverbios nos presenta una justicia sin medida “razonable”, que no espera a mañana porque no quiere demorar más la transformación del mundo, que no aparta de sí al hombre inocente ni al débil porque son hermanos pequeños en los que Dios se hace presente, que no se sirve de excusas fáciles ni defiende lo que no  puede ni justificar ni corregir por sí mismo, que sabe, igualmente, pedir perdón porque Dios ha sido generoso con el hombre y sus capacidades, pero no pocas veces su respuesta de amor es mediocre y conformista. Me pregunto hoy, y me abruma, ¿cuánto está en mi mano, en la mano que Dios me ha regalado, y con cuánto amor respondo? Para dar mucho, hay que ser muy libre. ¿Quién liberará al hombre?

15-sep. Junto a la Cruz de Jesús (Jn 19,19)


Y continúa el texto nombrando a quienes estaban, para quedarse fijamente detenido en dos. María, su madre. Y Juan, el discípulos. Y junto a la Cruz de Jesús se sella una nueva familia, una nueva maternidad y una nueva filiación. Cristo, en su entrega, lo da todo, lo comparte todo. Asocia así mismo y a su persona a su discípulo hasta el punto de hacer de Él un nuevo hijo de María. Es la fecundidad de la Cruz.

Palabras dichas entre lágrimas, que no debemos olvidar. Mirar a la Cruz, y dejarse mirar, no es cualquier experiencia. Muchos ven, sin oír. Otros oyen campanas, sin contemplar. Pero cuando la persona entera se pone a los pies de la Cruz, como discípulo amado por el Señor, se le encoge el corazón, la vida y las entrañas, los pensamientos se centran, todo se concentra en el madero en el que está clavado el  Salvador del mundo. Mirar a la Cruz ha supuesto en la tradición cristiana tanto llanto y lágrimas, como alegría y esperanza. Por una parte, la incomprensión del dolor y del sufrimiento, asociados a la generosa donación que el Hijo hace de sí mismo en obediencia al Padre. Mirada que comparte María, con el corazón traspasado. María padece, se rasga interiormente. Las lágrimas son muy importantes en la historia de la espiritualidad. Significa, entre otras cosas, que se ha accedido al Misterio, que ya no se mira la Cruz con la normalidad de todo, bajo el signo de la costumbre y el hábito, que se ama a aquel que se ve en ella clavado. Y sin embargo, estas lágrimas se conjugan con la alegría y la esperanza. Segunda expresión ante la Cruz. Ambas unidas al agradecimiento. ¡Cuánto valgo, Señor! ¡Has dado tu vida por mí! ¡Has cambiado mi luto en danzas! Ante la Cruz, el que se deja mirar y escucha, experimenta la liberación y la salvación. Todavía incompleta, porque falta algo a la Pasión de Cristo: la participación en ella. Ante la Cruz rebrota la humanidad, se aprende el exceso de Amor que da plenitud a la humanidad, allí es donde está escondido el tesoro, es la puerta estrecha, la felicidad que ansiamos.

11-sep. Imaginar a Jesús pronunciando tu nombre (Lc 6,12)


Nosotros somos muy listos, y leemos la lista sabiendo lo que va a pasar después con sus vidas. Conocemos a Pedro porque hemos visto su historia, sus aventuras, el grado de su seguimiento. Conocemos a Tomás, con sus dudas. Conocemos a Andrés, acercando al niño a Jesús. Conocemos a Santiago, y su cercanía con el Señor, testigo de tantos acontecimientos de forma especial. Conocemos a Mateo, que antes era recaudador. Conocemos a Juan, reposando su cabeza en Jesús durante la cena, y un día después le hemos pintado y esculpido a los pies de la Cruz. Conocemos a Judas. Conocemos a estos discípulos en sus aventuras con la barca, con sus miedos, con sus luchas por comprender el poder de Dios, de su sueño en el huerto, de su huída y encerramiento, de su explosión de júbilo tras la resurrección. Pero ellos, hoy, cuando Jesús pronuncia su nombre por primera vez no saben nada de esto. Dejan lo que tienen entre manos, abandonan en cómodo lugar del discípulo para pasar al apostolado, y de ahí a dar su vida por Cristo. Pero ellos, pescadores y hombres de otros oficios, ellos no sabían nada de esto. Comienza su seguimiento, han sido asociados a la voz del Pastor que les llama. Primero serán pescadores de hombres, después constituidos en pastores de la Iglesia.

De eso sí que sabemos también nosotros. De la impresionante novedad que sopone que el mismo Dios nos llame por el nombre, nos conozca íntimamente, nos confíe participar en su misión. De eso, sí sabemos. Porque también lo hemos vivido. Ahora delante del Resucitado, conociendo su Gloria, aún en la precariedad de nuestra fe, en la debilidad de nuestros pasos, en la oscuridad de su presencia que se vuelve en ocasiones ausencia. Nosotros hoy, como primer rayo del día después de la noche entera de oración, podemos permitir que Dios pronuncie nuestro nombre. Imagina que Dios te llama. Porque no imaginarás en vacío. Imaginarás el corazón mismo del Señor, que muchas veces te ha llamado aunque tú no lo hayas escuchado todavía con claridad. Imagina que te llama, no aislado y sólo a ti, sino entre muchos, en comunidad, en Iglesia, como el nuevo Pueblo, el Reino de Dios, el cielo en la tierra.