9-dic. Quien inició la obra buena, él mismo la llevará a término (Filp 1,4)


El día de la ordenación de sacerdote estas palabras resonaron en mí de forma especial. De entre toda la celebración, si me dan a elegir, me quedo con esto. Una palabra de fortaleza, de decisión, de confianza, de mucha libertad. Dios había empezado en mí algo, tenía que terminar. No es importante sólo que comience, que ya es mucho, cuanto que sea capaz de completarla. Y la fidelidad prometida, débil por mi parte, era enorme de parte de Dios mismo. No sé expresarlo bien, aunque sé que lo comparto con muchos.

Creo que esta palabra, dicha en la vida de todo sacerdote, es para todo cristiano y para todo el pueblo. En las bodas, les digo algo parecido. A mis alumnos, les digo algo parecido. A quienes amo, les digo algo parecido. La cuestión es descubrir quién está en el origen de la vocación, del amor, del trabajo. Si está Dios, en su fidelidad confiamos. Porque cuando Dios empieza algo suele hacerlo en humildad, aunque lo revistamos de grandeza. Lo grande, siempre y a todas luces, viene después. En lo que hemos confiado, en el futuro que nos espera juntos, en lo que queda por venir. Cuando Dios mueve ficha en favor de alguien, o por algo, es porque sucederá algo grande, o deberá pasar. No sólo será Dios quien lo lleve a término. Nos lo dice al principio, para que colaboremos. Pero también para que sepamos que nunca, de ninguna manera, nos abandonará. Él empieza. Él comienza. Él crea con su poder y con su amor.

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10-Nov. Aliviar mi necesidad (Filp 4,10)


Me resulta curioso leer a Pablo hablando de esta manera, porque donde otros verían cuidados humanos él interpreta el cariño de Dios, que en ocasiones le depara pobreza y miseria, y en otras riqueza y abundancia. Y en una circunstancia u otra, donde la gente mostraría sus preferencias claras, él mantiene el rumbo claro y el corazón centrado en lo importante: sea lo que sea, el fundamento y origen está en Dios.

Esta lectura de la historia no se puede forzar ni imponer. Ahora no podemos salir a la calle hablando de este modo, arrojando este discurso providencialista, como si los hombres no pudieran hacer nada o fueran manejados por el Señor. Mäs bien al contrario, Pablo no tiene nada de esto. Él lo ha dado todo, lo ha entregado todo. Y ahora, Dios responde con todo lo que tiene. En las personas, en las comunidades, en los gestos de amor y de cercanía, en su propio ministerio como apóstol del Evangelio entre los gentiles. Dios se vale de todo, para darle a Pablo cuanto necesita. Unas veces pobreza, otras abundandia. Unas veces éxito, otras fracaso. Unas veces libertad y otras cárcel. Pero esto no lo podemos decir, ni lo podemos leer en aquellos que no se han fiado así de Dios. Pablo sabe vivir en todo, si en todo está Dios. Lo que no podría sería acoger lo que venga, sin Dios, o forzando a Dios a que entre en la historia sin hacer un camino de generosidad y de amor con Él.

8-nov. Todo es pérdida considerado con Cristo (Filp 3,3)


De vez en cuando sucede en la vida que parece que tienes lo mejor hasta que encuentras otra cosa. Te habías conformado con algo que resulta ser poco, o pequeño, o se revela ahora insignificante. Antes lo era todo, pero ahora queda en nada. No es que no tenga valor, sino que en comparación con esto otro no tienen parangón.

Pablo, como tantos otros hombres, que han conocido la vida sin Cristo y después se han encontrado con Él nos enseñan la diferencia radical que hay entre esos dos mundos. Antes había que conquistar el amor, y ahora el Amor se ha entregado. Antes no había esperanza y ahora, en Cristo, los hombres gozan de la esperanza de la salvación y de la vida eterna. Antes el hombre debía tener cuidado porque el mundo en el que vivía se volvía enemigo para la pureza y para su libertad, y ahora, en Cristo, hombre nuevo, toda la creación y su bondad se vuelven solidarias y nos ayudan en este camino cuando se orientan con rectitud. Antes, por falta de hondura, hacíamos de lo pequeño, un todo, y ahora, en Cristo, lo pequeño sigue siendo pequeño pero nos auxilia en este camino.

7-Nov. Razones para vivir (Filp 2,12)


Estos días, por culpa del temario de Filosofía, estoy a vueltas con mis alumnos buscando razones para vivir así o asá, para pensar de este modo u optar por este otro. Se nos ha colado, concluimos, la irracionalidad poco pensada y poco filosófica, una actitud poco seria por tanto ante la vida, de la comodidad de la frase de Pascal: “El corazón tiene razones que la razón no entiende.” Hoy la hemos repetido un par de veces, y hemos discutido un poco -sólo un poco- sobre ella. Les gusta, les atrae. Aunque no se han dado cuenta ni han hecho un examen cierto sobre sí mismos como para poder concluirla con libertad y seriedad. Y yo, como profesor con corazón de padre y sacerdote, les miro y me preocupo. Hasta donde creo que debo preocuparme, porque son jóvenes, y sé que la vida les exigirá más razones de las que ellos ahora mismo son capaces de pensar y descubrir. Es más, en muchos casos me parece que son jóvenes que intentan afrontar su vida con mucha coherencia, con bastante integriedad, con gran decisión. Llegan hasta donde llegan, y ahí van por el camino.

La carta a los Filipenses, de parte de un Pablo que parece estirarse al máximo para dar cabida en sí al Espíritu en todo su esplendor hoy nos recuerda que en medio del mundo los cristianos debemos mostrar razones para vivir al modo de Cristo. Razones de las prácticas, también de las que nacen en la contemplación de lo divino. Razones que no nazcan, sin más, ni crezcan dentro del hombre, sin más, sino que se vean impulsadas por un fuerte espíritu de coherencia con el Padre, con el Hijo, con el Espíritu Santo. Razones que den credibilidad y fundamenten la vida, que la sostengan, que la fortalezcan, que la purifiquen. Razones que les unan entre sí, como Cuerpo y Comunidad. Razones en las que asentarse, construir el Reino y dar cabida a otros. Razones como testimonio del mismo Cristo.

6-nov. Los sentimientos propios de Cristo Jesús (Filp 2,5)


Me explicaban en clase de Teología que este pasaje refleja una cristología descendente y otra cristología ascendente. Cristo baja entre los hombres, para hacerse uno de tantos; y el Padre lo eleva sobre todo, hasta sentarlo a su derecha, de nuevo junto a Él, aunque nunca se alejaron definitivamente el uno del otro. Un viaje, pienso yo, largo y enorme, capaz de abarcarlo todo. Una especie de montaña rusa, si te das cuenta. Algo así como el mayor de los descensos posibles y el mayor de los ascensos posibles. Al modo como un parapente se lanza desde lo alto de la montaña y es capaz de retomar el vuelo gracias a su impulso inicial.

Y dentro de toda esta historia, ¿cuáles son los sentimientos de Cristo Jesús? ¿Se pueden acaso compartir los sentimientos de otra persona, tener y desear los de otra persona? ¡Pues claro que sí! Todo comienza cuando nos vemos salidos de la mano de Dios y queridos por Dios, como hijos. Enviados al mundo, con una misión que consiste en ser uno de tantos, llegando hasta el extremo de la entrega, despojándonos… compartiendo con Jesús la Cruz. Sintiendo lo que Él sintió, sufriendo con Él lo nuestro, sabiendo que Él cargó con nuestros dolores. Y, en la Cruz, comienza la Resurrección. Y todo este camino, que nos lleva al Padre, no se comprende, por otro lado, ni se descubre, si no es de rodillas. No ya en oración, ni contemplación, sino de rodillas, inclinados, sorprendidos ante el Misterio.

5-nov. Con un mismo amor y un mismo sentir (Filp 2,1)


Siento debilidad por la claridad y espíritu que Pablo muestra en esta carta. Hoy mismo hablaba con unas personas de lo radical que es la Iglesia en su unión, y la radicalidad que pide la participación e integración en el Cuerpo de Cristo. La comunión no se realiza por la mera institucionalización, por etiquetas, por trajes o vestidos, por símbolos externos. Ni siquera por los ritos y los sacramentos, por la liturgia común. Todo esto, y más. Incluso la doctrina y la fe, o los grandes misterios, unen porque hay Amor en medio, tanto en cuanto reconocemos que Dios se hace presente. Es la verdadera común, no mera relación, que la Iglesia goza como don y debe conservar como tarea. Reconocer a Cristo en medio de la comunidad nos lleva a amar, y sentir con común.

Ahora bien, también es un esfuerzo. Porque el amor, cuando es libre y querido, y pretendido y propiciado, comporta no pocas veces sufrimientos, y reconocer disensiones y discrepancias, incluso divisiones y heridas profundas en las personas y en sus historias. Unas se alejan porque no quieren ser heridas, otras porque ya lo han sido, otras por simple soberbia. Y esa división causa mucho dolor, y curar las heridas y procurar la unidad, desde que existe el pecado en el mundo, lleva consigo la exigencia del esfuerzo. Un dolor que pesa y una división que puede servir, al mismo tiempo, para buscar amarse más y para pretender mayor cercanía. Curiosamente, si le damos la vuelta, en la carta de hoy aparecen los grandes motivos de división que debemos superar, y aquello que es tarea de todos, se transforma primeramente en exigencia con uno mismo: no obrar por rivalidad, no querer ningún primer puesto, buscar el interés de los demás. ¡Ese es el camino del amor! ¡Ese es el primer milagro que se obra en la Iglesia! Y quien conoce la Iglesia, es capaz de decir, como yo, que este milagro se patente ante nuestros ojos. (#cnpj2012)