24-sep. Si está en tu mano… (Prov 3,27)


Recordaré siempre, con actualidad y muy vivo, un diálogo que tuve hace unos años. Estaba con una persona mayor que yo. Desde el principio abierto a aprender, a interesarme por él. No sé cómo, llegó un momento en el que esta persona comenzó a hablar de todo lo que podía haber hecho por otras personas, sintiendo que había dejado pasar multitud de oportunidades de hacerle la vida fácil a los demás, de quererlos con más intensidad, de estar más cercano, de ser más generoso… Hablaba y yo escuchaba. Ya digo que aprendí mucho más de lo que he aprendido con otros que me han contado sus hazañas y aventuras. Aquel hombre se encontraba compungido, entristecido. Al darse cuenta de todo aquello, al ponerle palabras y expresarlo, se le vinieron las lágrimas a los ojos. Me recordó la escena del final de la Lista de Schindler, cuando le entregan el anillo de oro y rompiendo a llorar comienza a pensar en los judíos concretos, de carne y hueso, que habría salvado con aquello. Aquel hombre que tenía delante de mis ojos, padre de familia honrado y recto, que había educado a los suyos, que se sabía generoso y entregado, siempre disponible, aquel hombre sabía que podía mucho más incluso. Que lo hecho no bastaba. Me regaló una gran lección de vida. No podré olvidarlo. Yo ya era sacerdote. Al final de la conversación me pidió confesarse. Celebrar con él ese sacramento, en aquel lugar, fue verdaderamente especial. Dios le justificó.

Hoy la Palabra de Proverbios nos presenta una justicia sin medida “razonable”, que no espera a mañana porque no quiere demorar más la transformación del mundo, que no aparta de sí al hombre inocente ni al débil porque son hermanos pequeños en los que Dios se hace presente, que no se sirve de excusas fáciles ni defiende lo que no  puede ni justificar ni corregir por sí mismo, que sabe, igualmente, pedir perdón porque Dios ha sido generoso con el hombre y sus capacidades, pero no pocas veces su respuesta de amor es mediocre y conformista. Me pregunto hoy, y me abruma, ¿cuánto está en mi mano, en la mano que Dios me ha regalado, y con cuánto amor respondo? Para dar mucho, hay que ser muy libre. ¿Quién liberará al hombre?

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12-sep. La representación de este mundo se termina (1Cor 7,25)


Ya sabemos que Pablo, en su momento, entendió que el final de los tiempos estaba cerca, porque Cristo había cumplido todo en el mundo. Si todo estaba terminado, ¿qué sentido tiene que este mundo exista? Si Cristo trae la novedad radical, si ya tenemos de nuevo acceso al Padre, ¿para qué vagar y divagar más? ¡Esto se termina! ¡Preparad el final!

Sin embargo, los planes de Dios no funcionan con lógica humana. En lugar de eso, ahora es cuando más y mejor podemos disfrutar de este mundo, conociendo al Señor y amando a su medida. Ahora sí, antes de Cristo era diferente. Pero ahora que está el camino abierto, que hay vida, que la verdad se ha dicho al hombre… ¡ahora sí! Como peregrinos, ciertamente. Sin contar que lo de aquí es definitivo, es verdad. Este mundo pasará, terminará, y nosotros en él. No así la vida que Dios nos ha regalado, no así el amor entregado, no así la comunión. Ya podemos imaginar y vivir un mundo nuevo, aquí en la tierra, y en presencia del Señor. Este plan, que es el proyecto de Dios para cada hombre, tiene más luz ahora que antes, tiene más fuerza ahora que antes. Ni nos ha dejado, ni nos abandona. Pero todo ha sido renovado, desde dentro, y todo es nuevo, por eso la contradicción. ¿Cómo vivir entonces, como ángeles? ¡No, no somos ángeles! ¡Como personas amadas por Dios! Sin cerrar los ojos, abriéndolos a la verdad.

Sin que él sepa cómo (Mc 4,26)


Jesús habla de los misterios en parábolas. Y todo lo hace por medio de comparaciones sencillas, asequibles a los oyentes de su palabra, cercanas a lo cotidiano, traídas de aquí y de allí. Aunque luego retiraba a los discípulos, y en lo secreto, en privado, en el grupo les explicaba todo. A ellos se les desvelaban misterios. Pero en todos se sembraba la Palabra, caía en terrenos diversos por medio de las parábolas. Alcanzaban seguro el corazón. Hacia allí van dirigidas hoy las dos palabras. A construir el Reino, a dejarnos temblorosos al reconocer la vida de Dios creciendo en nuestra propia vida, a anunciar el tiempo de los frutos, de la siega, del discernimiento.

Algunas veces pensamos que pobres discípulos a los que hay que explicarles las cosas, que parece que son los únicos que no cogen las cosas de Dios al vuelo a pesar del trato directo que tienen con él, que lo de rudos y torpes les cae como anillo al dedo. Y hoy creo que es más bien el polo contrario. Que es el deseo de Dios de seguir dándose, de seguir dándose a conocer, de continuar en conversación con los suyos. ¡Cómo no lo habíamos visto así antes! Es que Dios siempre desborda, el más permanece en su Palabra continuamente. ¡Más trato con el hombre! ¡Más cercanía! ¡Más encuentros! ¡Más diálogo! ¡Más amor! ¡Más misericordia! Más y más, y siempre gratuito.

Lo que habéis recibido gratis (Mt 10,7)


Ya sabes cómo continúa: “Dadlo gratis.” Pero vamos paso a paso. Porque si no somos capaces de reconocer aquello que es gratis en la vida, que no tiene precio, que no hemos trabajado para alcanzar, nada podemos entonces compartir con los demás. Si no nos hemos hecho cargo de ello, recibiéndolo como lo que es, tampoco alcanzaremos el segundo paso necesario. Y es que esta tarea de reconocimiento nos cuesta trabajo.  En el fondo, esta Palabra nos exige que nos detengamos a considerar, sin retorcimientos ni desconfianzas, cuánto bien hay repartido ya por el mundo, cuánto amor impagable e inalcanzable, cuánta maravilla que no ha sido reservada al privilegio de unos pocos.

Sólo después de lo gratis acogido surgirá en verdad el agradecimiento, no de palabra, sino en las obras, en la acción. Como no es “del todo nuestro”, nos empujará a compartirlo con los demás libre y apasionadamente, con gran desprendimiento y sin hacernos dueños o señores soberbios de la gracia. Insisto, sin la primera parte, no hay segunda. Y la segunda se da por añadidura cuando la primera nutre y consolida la mirada sobre nosotros mismos, sobre el mundo y sobre Dios. Por cierto, que recibir y dejarse amar así, sin tener que devolver, no es tan fácil.

(Mt 10,7) En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles: «ld y proclamad que el reino de los cielos está cerca. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios. Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis. No llevéis en la faja oro, plata ni calderilla; ni tampoco alforja para el camino, ni túnica de repuesto, ni sandalias, ni bastón; bien merece el obrero su sustento. Cuando entréis en un pueblo o aldea, averiguad quién hay allí de confianza y quedaos en su casa hasta que os vayáis. Al entrar en una casa, saludad; si la casa se lo merece, la paz que le deseáis vendrá a ella. Si no se lo merece, la paz volverá a vosotros.»