11-nov. Quien lo ha dado todo (Mc 12,38)


Los dos reales de la viuda, y la viuda misma, sólo son el final. Aquellos que son capaces de darlo todo, pese a que tengan poco. Y lo dan sin que eso suponga nada para quien lo recibe. Dos monedas no llevan a nadie a ningún lugar. Las monedas han dejado de ser lo importante. Es la viuda la que se entrega a sí misma, y a quien quizá el resto de cosas le sobran. Vive de lo que le dan, como sabemos, y el resto no le sirve de nada. Dios se lo dio, le permitió vivir un día más, y al final de la jornada pone su cuenta a cero. Mañana, sin la seguridad de quien todo lo tiene, será otro día. Y volverá a fiarse de Dios para comer y sustentarse, y dará gracias en el templo por la noche.

Los escribas tienen todo, y creen que también poseen a Dios, y pueden jugar con Él a su placer, incluso aprovecharse de él porque han sido puestos “por derecho divino en una posición privilegiada”. Pero desconocen todo de la vida, y son unos ignorantes respecto de Dios. Porque Dios no enriquece, como tantos piensan, con cosas, sino con Vida. Esa vida que no se puede recibir cuando las manos están llenas, cuando nos atrapan y encarcelan las seguridades, cuando tenemos una cuenta corriente que nos impide vivir la confianza en Dios, cuando las ropas dignas no nos dignifican sino que nos agravian, y no muestran el esplendor de Dios sino los criterios del mundo. Pero la viuda no se indigna, porque va centrada. Sabe lo que tiene que hacer, y aquellos hombres no serán obstáculo para su fe y entrega. Se fija, como quien ha sufrido y ha alcanzado sabiduría, en lo que ella puede y debe hacer por Dios. Y sigue adelante. Mañana se volverá a repetir la situación, digan lo que digan los hombres, porque lo que importa es lo que Dios quiere.

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5-nov. Dichoso tú porque no pueden pagarte (Lc 14,12)


Hay textos del Evangelio que, lejos de ser difíciles de interpretar con el tiempo, se vuelven mucho más luminosos en nuestra época. Si en tiempos de Jesús, y casi en el de mis abuelos, el dinero era más que escaso, en nuestra época tiene tal realce e importancia que asusta. En nuestra sociedad todo se conjuga con dinero: construir con dinero, alcanzar con dinero, promover con dinero, soportar con dinero, solucionar con dinero, crear con dinero. Incluso los verbos más personales caen bajo su manto, tristemente, y consideramos el amor ligado en ocasiones al dinero (o en crisis cuando no hay, provocando tensiones), el aprender también, el ser curado o no, la confianza, y puede que la amistad. ¡Qué pena me da sentir que todo, o casi todo, se vea así teñido de una capa que no le corresponde y que oculta lo que amamos y deseamos de verdad! ¡Qué pena me da que hayamos llegado al punto en el que los bancos lideren el progreso de los pueblos, y los gobiernos tengan que hacer cuentas, porque en lo económico está el bien común! ¡Qué triste comprobar que, aunque esta Palabra fue dicha para todos hace dos mil años, en lugar de aprender hayamos retrocedido en la historia y nos veamos en este momento divididos los pueblos, enfrentados los hermanos por dinero!

Igual que la cruz rompe la espiral del odio y da muerte al pecado, así la gratuidad significa ante todos que otro mundo es posible, enteramente posible. La gratuidad en lo pequeño o en lo grande devuelve al hombre la posibilidad de obrar de forma nueva. La gratuidad hace sin esperar, ni pedir nada a cambio. Lo gratuito sólo se responde con la acción de gracias o con lo gratuito a su vez. La gratuidad es incorruptible, si lo piensas un instante, en una época como la nuestra. La gratuidad, más allá de lo generoso, comparte algo más, mucho más que cosas. La gratuidad no puede ser vencida, simplemente pone al servicio. La gratuidad restituye la justicia, y la justicia se apoya en ella como hermana mayor; quiebra, rompe, cuestiona el orden establecido en función del dinero. De ahí que sean dichosos, es decir, felices de verdad aquellos que han hecho de ella bandera de sus vidas. Aquellos que dan a quienes no pueden pagarles de ningún modo, a quienes no buscarán hacerlo, a quienes simplemente se dejarán amar y querer. Dios hará lo mismo con ellos eternamente, sin que el hombre pueda devolver nada a cambio ante un don tan grande.