11-nov. De una vez para siempre, Jesús entró en el cielgo (Hbr 9,24)


Lo de “de una vez por todas” se repite varias veces en el texto a los Hebreos, y me parece que conecta muy bien con nuestra humanidad tan acostumbrada a rutinas y repeticiones. Nos gustaría, deseamos verdaderamente abrazar eso definitivo que sea una vez para siempre, sin más. Sin embargo, estamos atacos a esta debilidad en el tiempo. De ahí que cuando esuchamos que aquello de Jesús fue definitivo, nos alegra. Y cuando lo comprendemos, nos sorprende.

He de renovar mi fe cada día, como mis votos religiosos. Pero no porque Dios renueve su alianza, de fe y de salvación ya realizada en Cristo, sino por mí. Esto no lo hago por Dios, sino por mí, y para Él. Lo mío, en la precariedad, lo vivo sujeto a la repetición. Aunque también es cierto que encuentro, y así es la fe, luz suficiente para comprender que lo de Dios ha sido pleno y último, que no hay nada más que lo dicho, que sólo espera que abrace lo que ya me ha dado y viva bajo el signo de la salvación. No es que quiera salvarme, sino que ya me ha salvado. No es que quiera darme el cielo, sino que el cielo ya está abierto. No es que necesite perdonarme los pecados, sino que todo eso, que necesito para estar cerca de Él, ya ha sido concedido. Y lo ha hecho, de una vez para siempre, en Cristo Jesús. La fuente está allí, de donde puedo seguir bebiendo. Pero todo fue hecho nuevo. De igual modo que decimos que Cristo entró en el templo para el sacrificio una vez para siempre, de igual manera estamos llamados a vivir que Él ha entrado en nuestra vida una vez para siempre.

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28-oct. Nadie puede arrogarse esta dignidad: es Dios quien llama (Hbr 5,1)


Cuando alguien reclama para sí algo que no le corresponde estamos cometiendo dos grandes errores, que yo llamaría pecados: por un lado estamos haciendo lo que Dios no quiere, porque si quisiera, nos lo habría pedido a nosotros y no a nuestro hermano, a nuestro vecino, a nuestro compañero…; por otro, desatendemos lo que Dios quiere de nosotros, porque ya no tenemos ni tiempo, ni fuerzas, ni alegría. Resulta en ocasiones más “bonito” lo que le toca a otros, aunque es un engaño. Como cuando tienes exámenes y en lugar de estar centrado, te interesa leer otras muchas cosas. Nunca antes te importó, hata ese momento. Por eso creo que esta Palabra dada en Hebreos es fundamental para la vida. ¿Qué es lo que Dios me pide? Porque ahí está mi sacerdocio. El sacerdocio de los presbíteros, también el sacerdocio común de todos los bautizados. En esta mediación precisamente, en esta capacidad de diálogo con Dios personal, en nuestra participación e integración dentro del Cuerpo, en asumir y acoger nuestro ministerio para bien de todos.

En mi reflexión personal, hace falta en la iglesia reordenar y colocarse cada uno en su lugar. Esto sería una excelente cultura vocacional. Para laicos y para sacerdotes. Para matrimonios y para consagrados. Para niños, jóvenes, adultos y mayores. Todos tienen un lugar. Nadie sobra, nadie está de más. Cada uno viviendo su vocación. Y no hay mejor modo de construir iglesia que éste. Y no hay mejor modo de participar del Reino que éste. Una tarea discernida, de diálogo. Porque el don que Dios ofrece con la propia vocación no trata sólo de una misión, sino que da identidad y constituye internamente, ofrece un nombre nuevo y una dignidad, es decir, renueva la persona y la hace digna de aquello a lo que ha sido llamada. Nos da la posibilidad de vernos en comunión, valorando en otros lo mismo que Dios ha hecho con nosotros. Hace falta, cada día, volver a escuchar esta llamada y resituarse. ¿Cuál es tu sitio? ¿Quién te pidió que estuvieras ahí?

21-oct. Acerquémonos al trono de gloria (Hbr 4,14)


Lo del trono quizá sea lo de menos. La cuestión es quién está sentado en él, quién ostenta el poder, qué legitima su autoridad y su fuerza, cómo toma las decisiones y en base a qué. El mundo está cansado de tronos, y lo grita. También de poderes, y lo grita. Y al mismo tiempo que rompe con unos, encumbra a otros. Y así sucesivamente, una vez tras otra, en la historia de la humanidad. Sólo hace falta mirar y leer, abrir los ojos o estudiar. Mires al presente, o atiendas la lección del pasado. Una y otra vez siempre ha sido lo mismo. Y los que se han sentado en el poder, y los que han hecho suyas las decisiones, han dado paso a otros, y otros. Unos han sido retirados, destronados.

Un sólo Señor ha sido digno desde siempre del trono de gloria. El Señor Jesucristo. Accedió a Él no para conservarse a sí mismo, sino perdiendo la vida y dándola a los otros. Un solo Señor se puede sentar, con verdad, ante los hombres y recibirlos con amor. Un Señor al que puedan acudir todos, porque por todos murió y derramó su sangre. Y ese trono es la Cruz, y desde él gobierna el mundo. Por eso, en ocasiones, lo vestimos de arte y esplendor como Rey, y nos acercamos a Él para impetrar misericordia sabiendo que la encontraremos, y nos aproximamos llorosos para encontrar del Señor y de su poder consuelo y esperanza, y nos arrodillamos, no como se arrodillan los hombres con miedo ante los poderes del mundo, sino como hijos que desean escuchar a su Padre, como hermanos agradecidos, como hombres que se saben del cielo.

14-oct. Una Palabra que penetra hasta el alma (Hbr 4,12)


La Palabra de Dios dista mucho de poder convertirse en una palabra cualquiera, a la altura de una palabra cualquiera, de una persona cualquiera. Quien habla es Dios, que nos conoce profudamente a cada uno en particular y nos ama a cada uno con excesiva intensidad y entrega. Quien habla no habla, como tantos, por hablar. Sino que habla dándose a sí mismo, guiando al hombre hacia sí, conduciendo su caminar. Quien habla no se queda en la habitual superficialidad, sino que entra hasta lo hondo del alma, rincón que ya conoce. Quien habla, habla aprovechando las junturas del ser, los espacios recónditos, los caminos que otros desconocen.

Estar así, escuchando en la celebración de la Palabra o de la Eucaristía, atendiendo a la lectura orante en la propia casa, transforma la vida. Una Palabra a la que me enfrento y busco no porque haya mucha información, sino porque es enteramente para mí. No “una palabra”, al modo como decimos “un versículo, un capítulo, una parábola”, sino toda la Palabra. Toda ella es regalada, para hacerme mejor, para amarme, para darme solidez y consistencia, para apoyarme en ella y llegar a ver lo que habitualmente no vería, para conocer el mundo y lo que vendrá, para fortalecer mi libertad, criterio y voluntad de amar siempre sin medida. Pero sobre todo, por encima de todas las cosas, quien está así ante la Palabra emprende un diálogo asimétrico con Dios, una búsqueda siempre grande e iliminada, siempre enorme y preciosa, siempre hermosa, siempre arriesgada, siempre de entrega y servicio, de más y más amor cada día. Porque la Palabra, al tiempo que abre camino en el alma permite que del corazón de cada creyente salga lo mejor que lleva dentro, construye una autopista similar a la de la lanzada del Señor en la Cruz. Un camino que nos hace, a imagen del Hijo, acoger a otros en el misterio que somos, en el misterio de Dios que nos invade, en la vida misma de Dios. Así es la Iglesia, y así se pone a la escucha.

7-oct. No se avergüenza de llamarlos hermanos (Hbr. 2,9)


El libro “A los hebreos” tiene rincones y frases capaces de hacernos vivir de otro modo, completamente diferente, de recrear y renovar la esencia misma del hombre, de revelarle todo cuanto es y adelantarse así a sus mismos deseos. ¿Quién no desearía vivir en un mundo en el que todos se tratasen como hermanos, como buenos hermanos? La fraternidad llevada a su máximo esplendor, e iniciada por el mismo Hijo de Dios, por el sacerdote de la nueva alianza, por el mediador entre Dios y los hombres, y también entre los hombres mismos. La fuerza del Hijo que une, teje, reconstruye el proyecto del Padre en la creación, donde todos serían uno sin división, ni fractura, ni desencantos. Tendiendo al otro, pendiente del otro, viajando hacia el otro permanentemente, llegando al olvido de uno mismo.

Dios no se avergüenza, en su humanidad definitiva de Jesús, de llamarnos hermanos. Es más, se adelanta y abre camino, nos traza un sendero en el que caminar. Es más, nos ayuda a entender que no son palabras, sino que nos muestra el modo mismo en que se vive y concreta esta fraternidad, en medio de un mundo de hermanos y familias divididas, pidiéndonos ampliar y no reducir, extender y no concentrar. Reconozco que, a mí personalmente como sacerdote, me hace también una infinita ilusión poder llamar a la asamblea hermanos, invitar a los hermanos a la celebración, la paz, a la oración, a la comunión. Pero también soy consciente de cuando los labios sólo adelantan y prometen lo que vivo, y cuándo esa fraternidad ya está realizándose, de modo que corazón y alma y palabras van al unísono.

15-sep. Aprendió sufriendo a obedecer (Hbr 5,7)


La humanidad de Cristo es la humanidad perfecta. Y dentro de esta perfección se encuentran el aprendizaje, el sufrimiento y la obediencia. Porque ha sido Dios quien ha querido encarnarse, y dar así ejemplo, abrir camino, salvar al hombre esclavizado en sí mismo y atrapado en sus criterios. La humanidad perfecta dista mucho del enquilosamiento, de la cerrazón en la que algunos se amparan, también de los primeros puestos.

Desde siempre me ha cautivado este verso breve de la carta a los Hebreos. He descubierto su lectura en el conjunto del capítulo, y en relación a lo inmediatamente anterior. Es propio del hombre, muy muy propio y suyo, huir de la muerte, enemigo destructuro. Y de todo lo que lleve su semilla. Pertenece a su naturaleza, a sus instintos, a su juicio sano. Nadie se abraza a la muerte, quiere siempre la vida, el para siempre de lo eterno. El sufrimiento y la muerte no son lo mismo. Cristo hace camino a través del sufrimiento, allí está la puerta, en la donación absoluta de sí mismo. No es trayecto fácil, a causa del pecado, y despierta en nosotros reticencias, dudas y soledades. En él, lo humano también es levantar los ojos al cielo, dialogar con Dios, abrirse a su presencia, desear alejarse. La muerte, sin embargo, vence siempre al hombre. Es el punto y final de una guerra, no una batalla más. Y Cristo la ha librado por nosotros. Nuestra muerte, enemigo último, ha sido vencida para aquellos que creen y se abrazan al crucificado que será resucitado.