13-dic. Para que vean y conozcan, para que aprendan (Is 41,13)


Cada día que pasa tengo menos claro qué es más difícil, o más fácil, si enseñar o aprender. Por un lado diría que enseñar, sobre todo cuando es una pasión que mueve la vida entera. Aunque pronto cae de su caballo ideal para ser vencida por las tropas de la realidad cruda y cotidiana. Las tareas, los horarios, los temarios, las preguntas, las explicaciones… Quizá hemos encerrado demasiado nuestra tarea entre unas paredes que provocan la hibernación de la inteligencia, la pasividad del corazón, la corrección de las preguntas, y los intereses numariales. Por otro lado, me quedo con lo de aprender, que es más cómodo a todas luces, porque te sientas y escuchas, porque tomas notas hoy y mañana las pides, porque no implica tanto los propios ritmos. Sin embargo, lo de siempre. Sé que no tiene nada de sencillo. Más bien exige esfuerzo, constancia, compromiso, dedicación diaria. La escucha atenta de lo desconocido, la inexplicable finalidad de todo lo que se recibe. No he olvidado, nunca lo podré lograr, las horas dedicadas a entender algunas cuestiones, ni la implicación emocional y personal en la búsqueda de respuestas, ni el sometimiento que provocaba el tiempo de los exámenes.

Por eso me parece tan maravillosa esta lectura, y ver cómo Dios se “arremanga” para educar a un pueblo de dura cerviz, que ya está sediento en pleno desierto. Ver a Dios actuando, sin dejar que caiga en el abatimiento radical o la desesperanza, ni permitiendo el castigo y la catásfrofe final que se avecina en breve, sino dando soluciones, aportando salidas, abriendo caminos, fortaleciendo y levantando la mirada. Dios educa dando de beber, nutriendo de nuevo, ofreciendo descanso y reposo, resguardando al desvalido. Dios educa, está clara su pedagogía por medio del amor sincero, que se entrega, que es transparente, que perdona y es misericordioso. Después llegará el tiempo del diálogo, pero lo primero es salvar al pueblo, y que comprenda y reflexione que su Amor es incondicional, y que sus caminos son ciertos y seguros.

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11-dic. Demasiados gritos (Is 40,1)


Vamos por el mundo apaciblemente domados, sin levantar la voz más de lo necesario. Vamos por el mundo hablando en bajo, con nosotros mismos, con el que está al lado sentado, con el que viaja también conmigo. Vamos siendo silenciados, acomodados a un lenguaje común donde lo propio es propio, y nadie tiene por qué enteresarse de esto. Vamos viendo extrañados, como extraños y raros, a los que tienen algo que decir que sea para todos, a quienes toman la voz, cogen el micrófono, anuncian algo diferente. A estos, que quieran hablar, no les dejarán. Pensamos que se les habrá ido la pinza, que a dónde van con sus palabras, que nadie les escuchará. Y Dios, que mira y no calla, nos pide que gritemos. Que subamos los montes, que nos alcemos entre los collados, que cojamos posiciones privilegiadas, que gritemos con fuerza. ¿Qué? QUE GRITEMOS CON FUERZA.

Gritar es mostrar la palabra con fuerza, llegar al corazón del hombre, derribar sus muros, quebrantar sus defensas, no permitir que ninguno se haga el sordo, que la Palabra de liberación llegue a todos. Gritar es proclamar una Palabra que camina por delante de nosotros abriendo senderos de justicia y de misericordia, que nos sobrepasa, que nos desborda, que ha visto colmado y ha satisfecho el ser del hombre. Gritar es lo contrario de callar, de esconderse, de cobijarse en el pequeño grupo, en la pequeña familia, entre los que se dan aliento unos a otros, y salir con valentía a las calles. Gritar es también, permitidme decirlo, signo de debilidad. De quien habla, porque quizá no tenga otro modo, y de quien escucha, que no atendería sin ser despertado. Empecemos gritando por la paz, por el consuelo, por la libertad. Y a ver dónde paramos. Empecemos orando, que es un grito en el alma, a ver dónde termina todo esto.

10-dic. Decid a los cobardes de corazón: “Sed valientes, no temáis; mirad a vuestro Dios…” (Is 35,1)


Me imagino esta lectura como una arenga. Cuando iba leyéndola, me crecía interiormente. Se acerca la victoria, está cercano el final, el sufrimiento, la esclavitud, la división. Sentía interiormente que un mundo nuevo surgía, como si estuviese ante una nueva creación. Y por delante, por el desierto, se abría un nuevo camino que conducía a la libertad, al paraíso, a la felicidad. Me lo imagino como si fuera una gran película, y se despierta el león que llevamos dentro…

Pero leída épicamente, esta lectura pierde mucho. Hay que situarse. Es una palabra dicha a los “cobardes de corazón”. Y ahí, con calma, me coloco yo. Entre otros muchos hermanos, entre otros muchos hombres y mujeres sufrientes, entre quienes han perdido parte de su esperanza, o toda, y entre quienes se sienten desolados y deprimidos. Ahí me coloco también yo. Porque lo que Dios pide lo siento en no pocas ocasiones como desmedido, y miro a mi alrededor para saber si habla conmigo, o con el de al lado, porque parece que no me conoce. Quien sabe algo de Dios, sabe también del temor del Señor, de la humanidad más tierna, de lo inalcanzable y de lo imposible. A los cobardes, para ellos, va esta palabra. Los grandes tienen sus momentos. Hoy el Señor se dirige a ellos, a mí y otros, para decirnos: “Mírame. Pon los ojos en mí. Fíjate. Ya está surgiendo. Y cuanto hay de esperanza, la pongo yo en el mundo. Tú camina, pasea, adéntrate en el sendero que yo te mostraré. Porque te sé pequeño y débil.”

4-dic. La mula y el buey en el portal de Belén (Is 11,1)


https://i0.wp.com/4.bp.blogspot.com/_HrOrb7hIQLM/SUvDEyvbCLI/AAAAAAAADBs/6uQ19mZweko/s320/tronco+de+jes%C3%A9.pngLa referencia, que tanto jaleo ha desatado, está en la página 76 del libro de Benedicto XVI, “La infancia de Jesús”. Simplemente te invito a leer allí, y contrastar la información. Llegaremos al punto en el que nos encontramos: división, enfrentamiento, falta de diálogo, derramamiento de malas palabras, pérdida de vida. Sin embargo, Isaías promete que esto cambiará, será definitiva la transformación. Tanto, y hasta tal punto, que no seremos capaz de reconocer lo que está sucediendo. Porque los contrarios pacerán juntos, los opuestos darán un paseo unidos por el campo, los enemigos se sentarán a un mismo banquete. Hace falta eso sí, que nazca un niño, que venga nueva vida, que el Espíritu se pose, de nuevo y definitivamente, sobre el mundo como en la creación aleteaba sobre las aguas.

Surgirá, y es la promesa, un niño. Vendrá, y es la promesa, el Espíritu. Con Él, siete dones, unidos. Con Él, la totalidad de la bondad de Dios. Nada que ver, dirán algunos, con lo que ahora creemos disfrutar y con lo que en el mundo se cree que es poder. Será entonces el hombre guiado por el espíritu de prudencia y sabiduría, espíritu de consejo y valentía, espíritu de ciencia y temor del Señor. Lo contrario de esto, nuevo, será siempre lo viejo. Y cuánto cuesta despojarse de lo viejo, dejar de aferrarse al tronco para dejar brotar el renuevo. Cuánto cuesta abandonar, y lo sé bien, la imprudencia y la ignorancia, la palabra fácil y la cobardía, el colmillo torcido y la temeridad.

3-dic. Caminemos a la luz del Señor (Is 2,1)


https://i1.wp.com/2.bp.blogspot.com/_QDmQPa2Cj3A/TMglsh7hZFI/AAAAAAAAAEQ/EUiyogRNIAA/s1600/caminemos+con+jesus.JPGComo hoy llevamos móviles, podemos leer y andar al mismo tiempo. Y me he dado el placer de leer caminando, de repetir este breve texto de hoy andando, girando y dando vueltas en el claustro de mi casa. Una y otra vez, varias veces. No me cansaba. El claustro es llano, y tenía la sensación de estar subiendo cuando se invitaba a “escalar” hacia el monte del Señor. Y tenía la sensación de salir de algún lugar cuando se “proclamaba” que de la Ley y la Palabra saldrán de Dios. Y tenía la sensación de poder dejar de mirar y atender a las letras, y conectar con el Espíritu. Paz, reconciliación, unidad de todos los pueblos. Transformación de los instrumentos de poder y de maldad, en fuerza que da de comer, en herramientas de labranza que cavan y ahondan el corazón del hombre para que sea sembrada la semilla. Semilla que imaginaba como semilla de la Palabra misma.

Entonces descubrí que el final del texto, el que habla de la Luz, no dice que haya ni foco, ni velas, ni candelabros. Sólo eso, claridad, visibilidad. Cuando quise darme cuenta la Palabra ya había prendido en mi interior. Verbo que, en castellano al menos, sirve tanto para la Luz misma como para la Semilla. Este caminar, sin texto alguno, es Luz en la memoria que sabe guardar, que ha repetido, que ha hecho el esfuerzo de subir. Y que, sin poder permanecer durante mucho tiempo en su presencia, debe salir, como lo hace la Palabra y la Ley, a seguir caminando por sus caminos, que ya no son los nuestros. Caminos que no son de retroceso, ni se dice que sean de vuelta. Quizá, sólo quizá, los caminos de después sean caminos más altos, más lejanos, de mayor claridad.

21-oct. Cargó con el sufrimiento de muchos (Is 53,11)


El canto del siervo, este poema de Isaías sigue siendo un escándalo. Lleva con nosotros años, y seguirá acompañando el destino de los hombres, toda la descendencia que cobra vida en él. No sabemos bien cómo leerlo. Si proclamarlo con fuerza y orgullo, sino hacerlo en bajo, con sencillez, dejando entrever su misterio. Porque más allá del sufrimiento que describe, en forma de sacrificio y de entrega a la muerte hasta ser triturado, se revela en esta palabra el motivo de semejante dolor y de tan grande entrega. Trata del amor que ama hasta ser capaz de cargar con el pecado, con el mal, con el dolor del otro. Y esta expresión del amor, resulta todavía escandalosa. Sobre todo para quienes entienden el amor como el ser amados, y no tanto como amar. Cuando amamos, y aprendemos amar y queremos amar más y más, y seguimos amando más y más esta Palabra nos revela toda su fuerza.

Por un lado, en ella encontramos que el amor sufre, sabe sufrir, y no le importa entregarse al dolor e incluso a la muerte por el otro. Cuando amamos, semejante unión y compartir son posibles. Cargamos y queremos cargar con las cosas de los otros, de aquellos que nos aman. Y la medida del amor de Dios, siempre sublime, es la del amor que ama a todos y carga con el sufrimiento de todos. Pero además, nos vemos impedidos para amar naturalmente, por nosotros mismos. Necesitamos ser descargados. En eso, en ese pecado que nos destroza y divide, que impide nuestra unión y rompe de verdad la vida, que nos impide llegar a más y querer más y más, en ese amor sólo Dios puede ayudarnos. Él carga con nuestro pecado. Y lo hace del modo más perfecto que puede, de forma definitiva, para siempre. En Él, en el siervo e Hijo en la Cruz, Dios nos ama hasta el extremo.

Me gusta esta foto, porque Jesús mira la Cruz con amor. Con pasión.