14-oct. Llamados a vivirlo todo (Mc 10,17)


Este encuentro entre Jesús y el joven rico se parece mucho a todos los encuentros que tenemos nosotros con el Señor, con la vida, con la realidad, con nosotros mismos incluso. Es una Palabra que ha sido pronunciada en nuestra vida para que aprendamos de ella en abundancia, y no nos conformemos con menos. Palabra pronunciada en nuestra vida significa Palabra que puede ser acogida en la fe como Palabra de Dios, que es así lo que en verdad es. No de otra manera. No se trata de una catequesis, ni de una explicación, ni de una parábola. Sino de un encuentro entre nosotros y Dios, en el que Jesús nos mira amándonos entrañablemente. Jesús nos mira el corazón y sabe que lo queremos todo en este mundo, aunque vivimos agarrando y sometidos a unas pocas cosas. Y es esa parcialidad y limitación la que nos hunde, nos deprime y nos ahoga. Jesús quiere darnos todo, y quiere hacerlo ya. Nuestro encuentro con Él, cada uno de ellos, es para recibir todo de la mano de Dios. Pero, como digo, lo fragmentario, lo limitado, lo pobre de nuestra existencia es no confiar en que todo lo podemos recibir de Dios, en no creer que quiere darnos toda la Vida, y que en cada uno de nuestros acontecimientos pequeños o grandes nos da toda la Vida.

Por ejemplo, no son pocos los que se dice a sí mismos que tal o cual persona es “buena, pero…” Y entonces sucede que en el matrimonio, en la amistad, en la relación con los hijos o con cualquiera, queremos recibir sólo parte de lo que Dios quiere darnos. Preferimos esto, a esto otro, y aquello de más allá lo cambiaríamos por entero. En otros casos, sucede que por miedo a recibir todo, viendo lo que no nos agrada ni convence del todo, rechazamos lo que sucede y nos quedamos con nuestras pobres interpretaciones. Así es como, de una u otra manera, nos construimos nuestros paraisos y terrenos, donde creemos disponer de aquello necesario y suficiente para vivir. Seguimos queriendo tenerlo todo, pero nos hacemos reductos de confianza y tranquilidad en los que poder habitar apaciblemente. El deseo sigue. Por nuestra parte, y también de parte de Dios, que una y otra vez, cada una de las veces que nos encontramos, nos quiere dar todo, desbordar e inundar de amor, perdón, fe, esperanza. Pero no permitimos que sea así; tenemos las manos llenas de “lo nuestro”. Hace falta liberarse, hace falta creer para recibir tanto amor, tanto Dios, tanta cercanía, tanta fe como para saciar nuestro corazón. Hace falta, es necesario, vender lo poco que tenemos y considerarlo en nada, dejar a un lado nuestras pobres ideas y considerarlas en nada, para alcanzar toda la riqueza de Dios y toda su sabiduría. Dios está dispuesto a darlo todo, de hecho, ya lo ha dado en su Hijo. ¿Tú estás dispuesto a recibirlo todo en la Cruz y Resurrección del Señor, dejar que Él transforme por entero tu vida haciéndola nueva, recreándola por entero? ¿No quieres acaso las riquezas del cielo? ¿No dejaráis todo por un amor tan fiel y seguro, por una fe tan grande y fuerte? Dios ya ha puesto sobre la mesa todo, ¿lo acoges, lo quieres, le sigues?

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14-oct. Quien deje por mí (Mc 10,17)


Quien crea que Dios le pide todo, se está engañando. Dios nunca nos pedirá todo, porque sabe cómo somos, sabe que necesitamos mucho. Quien piense que Dios le viene a robar su vida, se está perdiendo lo mejor, está situado al margen de un verdadero diálogo con el Señor y nunca, nunca, nunca le ha preguntado qué debe hacer en su vida y con su vida. Quien pregunta a Dios siempre se encontrará en otra tesitura muy diferente. La de un Dios que quiere dárselo todo, absolutamente todo, la vida eterna, la salvación, la gloria, la majestad, la dignidad plena de todo hombre, la comunión perfecta con los que ama y con los que no ama. Lo que pasa es que algunas veces no queremos ese “todo”, y sólo ansiamos algunas “partes”, fragmentadas, racionadas, que pensamos que ahora son oportunas. Y entonces queremos que Dios juegue a lo nuestro, a entrar en el supermercado y llevarnos, en lugar de todo, sólo algunas cosas porque no tenemos dinero, porque no disponemos de lo suficiente. Y Dios, insiste como Dios que es y como amigo en que nos llevemos todo. Que él ya ha pagado el precio de nuestra salvación, que él ya ha pagado lo propio.

El misterio de una vida con vocación y convocada por Dios a la vida nueva es que esta vocación siempre nos parecerá inmensa, y nos veremos imperfectos. Y Dios seguirá insistiendo. Y nos dirá, al final, que estamos hechos para lo más grande y para las cosas del cielo, pero vivimos atrapados y con las manos llenas de la tierra que nos da seguridad, de las dos o tres cosas que podemos conocer, de una libertad que se vive entre parámetros muy limitados. Dios nos invita a una vida más grande, que soñamos y queremos, pero que tenemos reticencias para recibir. Dios nos invita a dejarlo todo, no porque sea, malo sino porque Dios mismo quiere llenarlo todo. Pero esto sólo se comprende después de fiarse. Quienes nos hemos fiado sabemos que Dios no nos quita familia, ni bienes, sino que nos colma de familias y familiaridad, y de riquezas y bienes incalculables que juzgan, además, las riquezas y bienes de barro y polvo de los hombres. Nada hay que pueda compararse a la vida eterna, que Dios regala ya a aquellos que viven en su amor y en el seguimiento. Si hoy me dan a elegir, lo que sea, siempre preferiré al Señor. Incluso con mi debilidad y pobreza, con mis limitaciones y pecados, siempre el Señor, siempre Dios y sus caminos.

29-sep. Pásalo bien en tu juventud (Ecle 11,9)


Insisto miles de veces en un año a mis alumnos y a los jóvenes que conozco en esto, en que disfruten su adolescencia porque nunca más tendrán oportunidad de ello, en que arriesguen en su juventud porque no sentirán las cosas de igual modo nunca más, en que exploten al máximo las oportunidades de la vida durante los tiempos en los que tienen tantas puertas abiertas, en que se lancen a construir un mundo diferente donde entre una verdadera humanidad. Se lo repito por doquier, una y otra vez. Que no se dejen aplatanar entre cuatro paredes, que no encierren su universalidad y su inmensidad en las estupideces de los mayores, que no permitan a nadie dirigir ni gobernar la vida que sólo ellos pueden vivir en libertad, que no se crucen sus cables ni echen todo a perder. Esta recomendación también la escuchan, aunque de otro modo por ahí, en televisiones, en series, en discursos fáciles. No es la primera vez que escuchan algo parecido. ¡Disfruta tu vida! ¡Carpe diem!

Junto a eso también insito en que no se viva una vida sola. Porque el máximo disfrute y alegría nunca está en una existencia aislada, ni alejada, ni distante, ni egoísta. Nadie es feliz creyéndose solo en el mundo, sino acompañado permanentemente. Porque no da lo mismo, porque el verdadero disfrute es compartido. En esto también les insisto, y más que en lo anterior, porque lo otro lo doy por supuesto. Quien no vive con Dios plenamente, y sabe que Dios no comparte su vida ni quiere hacerlo, se ahoga en su propia pena, no conseguirá nada que merezca la pensa, sus recuerdos serán bromas y no experiencias auténticas, anécdotas de juventud pero nada con significado, sólo insignificancias. Y yo creo, y hoy además leyendo Qohelet aún lo afirmo más, que la juventud es una etapa preciosa de la vida que muchos queman creyendo que están disfrutándola al máximo, aunque realmente lo que hacen es vaciarla de todo lo bueno que podría habitarla para siempre. Lo de la brevedad de la vida sólo se toma a broma cuando uno no sabe que está vivo; y si no se sabe vivo, no ha empezado ni a vivir ni a disfrutar al máximo, eligiendo lo importante. Hay lecciones en la vida que, aunque parezca cruel, siempre se aprenden tarde, a destiempo y a toro pasado, cuando ya no hay remedio.