20-nov. Al que amo, lo reprendo (Ap 3,1)


Qué difícil es leer la Palabra en primera persona, sin justificarse a uno mismo, y aceptar por tanto su corrección sin más como una prueba más de su amor. Hoy, hablando de correcciones, este capítulo tercero del Apocalipsis no se ahorra detalles: eres tibio, te crees lo que no eres, no he encontrado en ti obras perfectas, te cubres y proteges en tu vergüenza… ¡Qué difícil es comprender la corrección como prueba del amor de Dios cuando nos sabemos débiles y buscamos cobijo!

Quien llama la atención, quien se preocupa, quien busca nuestro bien es quien verdaderamente nos ama. Y lo sabemos. Quien pasa a nuestro lado indiferente, sin decirnos nada, sin llamar nuestra atención, sin mostrar la verdad de lo que ve, nos deja tal y como estamos. Quien se acerca a corregir se juega y apuesta más de lo que creemos en la relación, y sin embargo arriesga lo suyo por salvar y velar por lo nuestro. Porque bien sabemos lo soberbio que es el corazón del hombre, que en seguida se engríe y enfada, sin aceptar fácilmente lo que otros tengan que decirle, sin respetar esa diferencia. Porque bien sabemos, en nosotros mismos, que aquello que se pone sobre la mesa ya no puede volver a esconderse debajo del tapete, y que lo que humilla al hombre no es plato de buen gusto para nadie. Sin embargo, son muchos lo que pasan a nuestro lado, piénsalo, sin decirnos ni una sola palabra, sin mostrar ni un ápice de compasión ni de interés por mejorar nuestra vida. Aunque Dios no es así, ni de lejos. Él mismo se pone y propone como valedor, e invita a vivir aquello en lo que él mismo nos adelanta.

24-oct. Al que mucho se le dio, mucho se le exigirá (Lc 12,39)


Sinceramente, hay días que lo normal es no entender o no querer entender nada. O sea, que si se me da mucho, y esto significa responsabilidad en este mundo, también se me exigirá mucho para el Reino de los Cielos. Según la lógica de este Evangelio, ¿dónde está el beneficio de conocer a Cristo y de tener fe? Porque deja de tener gracia. A ver si me explico. Como soy cristiano comprometo mi vida, me significo como tal y me expongo a lo que otros dicen de mí, vivo con unos valores y busco ayudar a la gente, querer al máximo número de personas, ayudar siempre que puedo, y no mentir, no robar… además voy a misa los domingos por la mañana, aunque como el resto de jóvenes haya pasado la noche del domingo de fiesta, y también soy catequista, o hago mis voluntariados, y pertenezco a algún grupo semanal de fe, donde de vez en cuando tenemos convivencias y formaciones… y veo que mi vida está empeñada en el Evangelio, unida a la Iglesia… En mi caso personal, con el añadido de que soy cura, profesor, religioso, y amigo y acompañante de otros… ¿Y se me pedirá más que a los que no hacen nada de esto? ¿Qué más se me puede pedir? ¡No comprendo la gracia de este Evangelio, la verdad! ¡Vaya Buena Noticia!

Si has leído muchas veces así este texto, la verdad es que tienes razones para echarme las manos a la cabeza y ponerte a llorar. Porque la fe sería tu mayor desgracia. Sin embargo, creo que no dice esto, porque si lees bien, el Evangelio -la palabra y la vida de Jesús- viene en ayuda precisamente de tu propia vida para que estés preparado, para que estemos alerta, para que amemos y busquemos el bien; ya nos cuenta el final, y llevamos así cierta ventaja; ya sabemos que esto es tan importante que no es para siempre; el Evangelio me previene y ayuda a situarme en el mundo dando, nada más y nada menos, que respuesta con mi vida a Dios, porque me ha amado primero y ha dado su vida por mí. Es ayuda que nos pone a la puerta, y nos hace esperar al Señor en las múltiples tareas que llevamos entre manos. Y nos despierta, ¡vaya que si nos despierta! Si en algún momento la religión fue el opio del pueblo, y no lo dudo, ¡ahora no! El Evangelio te despierta y te alegra, te invita a cuidar a los tuyos, te hace siervo en este mundo, pese a los cargos y cargas que lleves, y sobre todo te convierte en hermano. ¡Nada de un siervo que pega a los que tiene a su cargo, y come y bebe como si no hubiese hambre en el mundo! ¡Qué afortunados vivir así, sabiendo que viene el Señor a invitarnos a su propio Banquete y a confiarnos el Reino! ¡Qué buena Noticia! No sabemos ni el día ni la hora, ¡y ya estamos esperando!

Además, hoy añado un párrafo más, lo que Dios nos ha confiado de momento ¡es lo pequeño! Si esto es así, queridos amigos y hermanos, ¡qué será lo grande que nos espera! Si el amor, la fraternidad, el Evangelio, la comunidad, la Eucaristía, el perdón, la misericordia, es lo pequeño. ¿Qué maravilla nos espera en el Banquete del Señor?

16-oct. Dad limosna de lo de dentro (Lc 11,37)


Nos fijamos y quedamos detenidos en lo que no conviene. Quizá todo vaya bien, y de repente nos esclavizamos a lo que vemos, a lo que sentimos, a lo que tiene poder para destruirlo todo, anegarlo todo, desconcertándonos. Hoy compartía con mis alumnos las malas impresiones que, algunas veces, permitimos que se queden en nuestra vida a partir de la parcialidad y de las leyes. Quizá, les decía, esté en una clase maravillosa con treinta alumnos de los cuales dos no saben comportarse, y esos dos tienen capacidad para arruinarme el día. Ellos no lo saben. Ni siquiera lo buscan o pretenden. Pero pueden hacerlo, siempre y cuando yo mismo se lo permita, siempre y cuando yo mismo me reduzca a lo poco que no me “cuadra” o no sale a mi gusto. De vez en cuando, en general y saliendo del ejemplo, actuamos así en multitud de cosas, incluso con Dios, incluso con nosotros mismos. Y nuestra valoración, que podría ser de fe y de libertad, se hace incrédula ante la gratuidad y el amor del Señor, que tanto nos permite vivir, y se convierte en esclava del mal que no queremos.

El fariseo del Evangelio recibe el “insulto” de labios del propio Señor. Le llama hipócrita, porque habiéndole acogido en su propia casa quiere que se comporte “al modo de siempre”, porque deseando recibir lo que hace es “acomodar”, porque de anfitrión pasa a ser “moderador y juez”. Algo que sólo le corresponde a Dios mismo. Hay que limpiar y pulir bien la propia vida, y no hay camino para ello sino el amor mismo. No existe ni existirá salvación y pureza fuera de la capacidad de amar, de entregar, de compartir. No por “lavarse”  y “limpiarse las manos” quedamos perdonados o justificados, sino por amar, por entregar, por la limosna que sale de dentro. No por “recibir la Palabra”, sino por el fruto que la Palabra dé en nuestras vidas, que nos sacará siempre y alejará de lo que estábamos acostumbrados y conocíamos. Entonces será, y es verdad, todo alegría y júbilo, mostrándose en nosotros el fruto de la salvación y de la libertad. Habrás descubierto lo que tienes que aportar.

15-oct. Para la libertad hemos sido liberados (Gal 4,22)


Entiendo sinceramente que nos creamos más libres de lo que somos, y que nos cueste reconocer esclavitudes, heridas y pecados, decepciones y rémoras, limitaciones de todo tipo. Cuando se pone a hacer un posible elenco sincero, y se dispone a tachar de qué ataduras está libre, pues… se encuentra demasiadas verdades. Entiendo entonces el ansia por la libertad, las ganas incluso de correr y de atrapar lo que no se tiene. Pero por eso mismo es tan importante partir de lo que somos, vernos auténticamente y con mirada libre primero sobre nosotros mismos, y lanzarnos a pedir ayuda y auxilio. Sin libertad estamos a merced de os vientos, o viendo pasar la historia y el tiempo sin más. No resulta fácil.

La vida cristiana siempre se ha destacado, entre otras cosas, y ha llamado la atención, entre otras cosas, por la libertad que ha imprimido en las personas y el carácter renovador de su experiencia. Pablo mismo, en los orígenes, habla del hombre viejo en oposición al hombre nuevo, y hoy de la doble maternidad posible de cada hombre, nacido de la esclavitud y para la esclavitud, o de la libertad y para la libertad. ¿Dónde reconocemos nuestro origen, el origen de nuestra forma de vivir? ¿Está en Cristo, que a la libertad nos ha llamado? Personalmente, no puedo decir otra cosa, ni lo puedo decir mejor. Que Cristo Jesús me llama todos los días a la libertad, que me ha dado todo nuevo y todo lo ha hecho nuevo para mí. ¡Qué triste sería darse la vuelta, retornar a la esclavitud definitiva! ¡Qué alegría me da saber que el Espíritu está empeñado diariamente conmigo en este camino hacia la plena libertad, y me sustenta en este peregrinar!

24-sep. Si está en tu mano… (Prov 3,27)


Recordaré siempre, con actualidad y muy vivo, un diálogo que tuve hace unos años. Estaba con una persona mayor que yo. Desde el principio abierto a aprender, a interesarme por él. No sé cómo, llegó un momento en el que esta persona comenzó a hablar de todo lo que podía haber hecho por otras personas, sintiendo que había dejado pasar multitud de oportunidades de hacerle la vida fácil a los demás, de quererlos con más intensidad, de estar más cercano, de ser más generoso… Hablaba y yo escuchaba. Ya digo que aprendí mucho más de lo que he aprendido con otros que me han contado sus hazañas y aventuras. Aquel hombre se encontraba compungido, entristecido. Al darse cuenta de todo aquello, al ponerle palabras y expresarlo, se le vinieron las lágrimas a los ojos. Me recordó la escena del final de la Lista de Schindler, cuando le entregan el anillo de oro y rompiendo a llorar comienza a pensar en los judíos concretos, de carne y hueso, que habría salvado con aquello. Aquel hombre que tenía delante de mis ojos, padre de familia honrado y recto, que había educado a los suyos, que se sabía generoso y entregado, siempre disponible, aquel hombre sabía que podía mucho más incluso. Que lo hecho no bastaba. Me regaló una gran lección de vida. No podré olvidarlo. Yo ya era sacerdote. Al final de la conversación me pidió confesarse. Celebrar con él ese sacramento, en aquel lugar, fue verdaderamente especial. Dios le justificó.

Hoy la Palabra de Proverbios nos presenta una justicia sin medida “razonable”, que no espera a mañana porque no quiere demorar más la transformación del mundo, que no aparta de sí al hombre inocente ni al débil porque son hermanos pequeños en los que Dios se hace presente, que no se sirve de excusas fáciles ni defiende lo que no  puede ni justificar ni corregir por sí mismo, que sabe, igualmente, pedir perdón porque Dios ha sido generoso con el hombre y sus capacidades, pero no pocas veces su respuesta de amor es mediocre y conformista. Me pregunto hoy, y me abruma, ¿cuánto está en mi mano, en la mano que Dios me ha regalado, y con cuánto amor respondo? Para dar mucho, hay que ser muy libre. ¿Quién liberará al hombre?

2-sep. Mandamiento y tradición (Mc 7,14)


La hipocresía se lee hoy como apariencia y falsedad. Personas que creen o piensan algo, pero hacen otras cosas. Vidas divididas entre la persona y su realidad, fractura que además arrastra a otros, y se torna exigencia sin misericordia ni comprensión. En el lenguaje de la Biblia esta fractura no es el “problema” exclusivo, ni el gran pecado del hipócrita. Su maldad se acentúa en la distancia de corazón. Cree y piensa algo, sin haberlo hecho suyo verdaderamente, comprometiendo su vida, arriesgando cuanto tiene. Escucha, recibe, reflexiona, actúa, sirve, se compromete, incluso reza. Y todo esto lo puede hacer bien, y dedicando mucho tiempo. La cuestión es que lo hace sin fe, sin amor de verdad. Entonces, careciendo de fundamento, se tiñe el mundo de oscuridad y falsedad, y con facilidad se pondrán en otros cargas que no son capaces de llevar por nadie.

En este pequeño Evangelio he encontrado una diferencia muy inteligente y luminosa. Hay quienes viven en relación a Dios (y a esto le llaman obedecer mandamiento) y quienes lo hacen en función de los hombres (a esto le llaman tradición). La Palabra de Dios, y Dios mismo, quedan desplazados en los corazones hipócritas. Se obra, se reza y se puede parecer de lo mejor, pero no por Dios y para Dios, sino en relación al qué dirán, al qué pensarán, a la palabra que viene del mundo. A esto sí se le llama, con fuerza, hipocresía. Los hombres hipócritas, por muy coherentes que sean, viven de espaldas a Dios. Su vida no es respuesta, sino compromiso ético. Su vida no se nutre más que de sí mismos, de lo que ellos han considerado bueno, pero no del Bien y de la Belleza de Dios. Imagino que esta cuestión, que atañe a los fariseos, se ha extendido más allá de ellos cuando se vacía de sentido y hondura la excelencia humana, cuando no hay escucha ni relación con Dios.