10-dic. Jesús blasfema (Lc 5,17)


Vale que algunos no quieran oír, y se enzarcen en discusiones para defenderse de Dios, y de una Palabra más fuerte. Paso por aquello de que no todos tengan fe, aunque no me lo crea del todo. Pero no paso ante los hombres que cierran sus ojos para ver las proezas de otros hombres. O sea, que un grupo de amigos hace lo posible y lo imposible cargando con un paralítico, con intención de llevarlo delante de Jesús, y además quitan las tejas, lo descuelgan desde el techo como en una película, mientras todos abajo permanecen quietos y sentados, cómodos oyentes de las enseñanzas de Jesús. ¿Y todo comienza cuando a aquel hombre se le perdona el pecado? El milagro de verdad sería que los que están viendo todo aquello creyeran. ¡Ese sí que sería un milagro! Pero donde no hay fe, ni rectitud, Dios no puede entrar, por respeto al hombre.

El paralítico, a los ojos de Jesús, no necesitaba andar para ser perdonado y para ser querido. Si escuchas bien el relato, lo que él parece que busca es eso precisamente, ser perdonado, que alguien atienda la parálisis de su corazón, sus ataduras internas, sus esclavitudes. Él buscaba eso, o se lo querían regalar los amigos. Seguro que surgió en su interior una enorme sonrisa. Los amigos tampoco protestan. Pero aquellos que, según parece “son más de Dios”, en seguida alzan la voz y se quejan. Habría que decirles que son unos “listos”. Para ellos es el milagro de hoy. Para esos “listos del mundo” que no se conforman con lo que ven en el amor entre los amigos, y que no saben que todo comienza ahí, ¡allá va el milagro de hoy! ¡Qué paciente es Dios con nosotros!

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28-nov. No preparéis vuestra defensa (Lc 21,12)


Soy de los que piensan cuando van de camino, de los que tienen preparadas las palabras de la homilía antes de hablar, y puedo reproducir dos o tres veces casi la misma clase, con sus chistes y ejemplos, bajo una aparente sensación de naturalidad. Y, sin embargo, puedo decir con claridad que lo mejor que he podido decir en este mundo es algo que en absoluto estaba preparado. ¿Preparación? ¿Formación previa? ¿Inspiración? Dejar que el Espíritu hable en nosotros bien sabemos que no es sencillo. Lo normal es escudriñar historias y entrelazar acontecimientos, seleccionar temas clave y valerse de la retórica. Palabras bonitas, un estudio que considero necesario para hacer bien un anuncio, y tratar tanto lo humano como lo divino con dignidad.

Llegado el momento de la prueba, ¡abandónate! Llegado el tiempo de la dificultad y del juicio, ¡sé libre de ti mismo incluso! Llegado el tiempo en que los hombres levanten sus juicios y criterios contra Dios mismo, ¡resiste y manten tu posición firme en el Evangelio recibido! Pero antes de todo esto, antes de que suceda, y ya te están anunciando que llegará el tiempo de la prueba, ¡adelántate! Entonces no tendrás tiempo para sembrar, sólo para recoger. Entonces el Espíritu hablará, no en un lenguaje que no conozcas, sino a través de todo lo que hayas vivido. Siembra, riega, cuida, vela, haz crecer en ti. Escucha antes, ora antes, reflexiona antes, dialoga antes, comparte antes, recibe en plenitud, fortalece, acrecienta, nutre tu alma. En el tiempo de la prueba, en el tiempo de la madurez, del conflicto y de la lucha, ¡el Espíritu será tu valedor! Lo que hayas aprendido no te servirá, y sabrás que es el Espíritu quien habla.

27-nov. Cuidado, que nadie os engañe (Lc 21,5)


En los tiempos de mayor agitación personal ocurre lo mismo que en aguas revueltas: imposibilidad para ver con claridad, incapacidad para llegar al fondo de las cosas, movimiento por doquier, y ganancia de pescadores. Para algunos, y lo sabemos desde siempre, les agrada esta circunstancia porque así saben que tendrán éxito en sus pesquisas. Causarán daño, que es lo que buscan. Podrán desprestigiar, porque es lo que buscan. Se alzarán a sí mismos como reyes y salvadores, porque lo que buscan es alejar del Señor.

En los tiempos de sufrimiento, de dudas, de debilidad siempre aparecen respuestas fáciles y huidas cómodas. Pronto revelarán que no buscaban, ni de lejos, el bien del hombre. Lo bueno sería esperar con paciencia, soportar con lágrimas el dolor, no reusar ni rehuir el combate ni la realidad. Lo bueno sería mantener el rumbo, o frenar la marcha para hacerla más segura, en lugar de cambiar de dirección y alejarse del camino, o acelerar creyendo que así se saldrá lo antes posible. En tiempos de malestar, la niebla provoca heridas y golpes que no deseamos, y que en ocasiones serían perfectamente evitables agudizando con mayor cautela los siete sentidos del hombre, procurando una prudencia más evangélica y asentada, creciendo en la madurez de los más mayores. En los tiempos de oscuridad, y lo sabemos, todos los gatos son pardos, y la verdad se percibe con mayor dificultad que la mentira. Las aguas revueltas, y los conflictos, bien lo saben los pescadores, llevarán a los valientes y fuertes donde no quieren verse: o bien contra las rocas, estampados, o bien sumidos en un mar indeseable en el que perecerán por cansancio.

26-nov. Lo ha dado todo (Lc 21,1)


Un amigo catequista me hizo caer hace poco en la cuenta de que esta mujer había echado dos monedas. No una de las dos, sino las dos. Una moneda de aquellas sería para poco. Las dos juntas, igualmente. Y era todo lo que tenía, es decir, nada. Pero pudiendo haberse quedado con una de las dos monedas, prefirió despojarse de las dos. Ninguna de las dos le daría la seguridad ni la confianza, ni la vida que necesitaba para vivir. Para qué quedarse entonces con ella. La vida está en otros lares. Como diciéndose a sí misma: “Todo lo pongo en tus manos. Mañana será otro día.” Esta mujer recibió estas monedas por la mañana, y por la tarde ya no eran suyas. Un ejercicio profundo y de gran significado: por el día acoger, por la noche recapitular todo en Dios entregándolo y dejándolo todo en sus manos.

Creo que esta mujer se había sentido cuidada y respetada por el Único Señor. Ningún lugar como en sus manos para que aquel don precioso de su misma vida pudiera ser robado. Piénsalo: aquella mujer encontró el mejor banco de la historia, donde nadie podría robarla jamás, en el que no hay intereses de ningún tipo, en el que todo se realiza por gracia. Dios no se va a guardar monedas. Para qué quiere Dios monedas. Por eso, ningún lugar como aquel para saber que lo que necesita para vivir lo iba a conseguir al día siguiente. No se trata de ganarse la vida interesadamente, sino de dejar todo en las manos del único que puede asegurarle la vida mañana, y pasado, y eternamente.

20-nov. El lugar por donde Jesús tenía que pasar (Lc 19,1)


Los hombres inteligentes se adelantan a las circunstancias, saben qué puede ocurrir, saben buscar. La inteligencia, en parte, sirve para esto además de para distraernos mientras corremos, hacer repaso y llevar las cuentas. La inteligencia del hombre se puede orientar perfectamente hacia adelante, y descubrir dónde puede encontrar a Dios en Jesús, en su humanidad. Y allí saber por tanto esperar a que pase. Este hombre pequeño reacciona así con la grandeza de su alma ante sus limitaciones. Se sitúa, mira, busca y se adelanta. Si se coloca en el lugar adecuado, y tiene paciencia pese a las posibles risas de quienes le miran, encontrará aquello que andaba buscando. Al menos, creo que piensa el hombre bajito, podrá mirar.

Lo que no esperaba, por el contrario, porque no estaba en sus posibilidades sino en la libertad del mismo Señor, es lo de ser mirado, ser contemplado, ser visto, ser descubierto. Quizá un hombre en lo alto de un árbol llame más la atención que otros, y su extravagancia fuera lo que Jesús andaba buscando. Aquel que fuera diferente a los demás sería la persona en cuya casa se hospedaría, aquel que se atreviera a vivir de modo raro, aquel que demostrara paciencia y pasión al mismo tiempo. Ser mirado, por mucho que se desee, no está en el esfuerzo de nadie, salvo que llame mucho la atención. Y subirse a un árbol, y dar la campanada, y escalar dejando al descubierto su propia pequeñez da muestra suficiente de todo aquello que, quizá, Jesús estaba buscando. Al débil, para fortalecerlo; al enfermo, para sanarlo. La debilidad, la enfermedad, la pequeñez es el lugar por el que Jesús tiene que pasar, para hospedarse. En su casa se hospedó y llegó la salvación, que multiplica por cuatro lo que es justo.

19-nov. Al oír que pasaba gente, preguntaba (Lc 18,35)


Me detengo en este detalle del texto, en el que un ciego, a “oír que pasaba gente, preguntaba”. Y me pregunto igualmente por nuestra curiosidad, y por los detalles de la vida que nos hacen ir más allá de nuestras cegueras. Este hombre, que no es invisible para otros, tampoco hace invisibles a los demás. El jaleo le despierta de un silencio que yo me imagino como recogido en sus propias cosas, atento a los detalles que ocurrían. Aquella multitud debió extrañarlo por inusual. No era normal, según parece. Le picó la curiosidad, y de ahí a preguntar. Porque las preguntas que lanzamos en no pocas ocasiones tienen respuesta. Y aquí está clara: “Es Jesús de Nazaret.”

Nosotros, que creemos que vemos porque leemos cosas como éstas, no nos preguntamos tanto como el ciego. Es más, nos damos la respuesta a nosotros mismos. Y eso nos basta. Creemos que vemos, y viendo tenemos lo que queremos, aunque sabemos que esto tiene poco de verdad con mayúsculas. Siempre queda algo que nos interroga, e incluso nos duele por dentro por no poder alcanzar todo cuanto queremos tener. El valor del pasaje de hoy se encuentra, en parte, en que quien pregunta obtiene una respuesta. A quien pregunta: “¿Qué pasa?” se le responde con un Quién: “Es Jesús.” Y de ahí, todo lo demás. Toda su necesidad de hablar, de orar, de acercarse; toda su petición, su alegría, su libertad y entusiasmo. De ahí, no de otro lugar, su sabiduría. De una respuesta recibida, que, intuyo, nos suena con demasiada facilidad a conocida. Cuando en nuestra vida escuchemos “es Jesús de Nazaret” nuestro corazón y existencia debería dar un salto, a ejemplo de este hombre. Pero nosotros, insisto, en ocasiones sabemos demasiado y vemos demasiado.