18-nov. Entonces verán venir al Hijo del hombre (Mc 13,24)


Todo un desastre descrito con características universales. No es que no haya luz, es que el sol, las estrellas y todo lo que ilumina se cae. Serán días de gran angustia. Un verdadero caos, el retorno a la situación que el Génesis describe. Nada de diluvio, nada de purificación. Aquí aparece descrito algo peor que una guerra o que una guerra fratricida. El sufrimiento, el dolor, el padecimiento, la tensión se puede palpar cuando uno se mete en este escenario. Parece decir que algo así como que vuelve la nada y el sinsentido, la catástrofe más grande por la que pueda la humanidad pasar.

Cuando en ocasiones pensamos que Dios está con nosotros nos imaginamos un paraje idílico, que nada tiene que ver con lo anterior. Es más, nos parece lógico y normal que sea así. Una bendición absoluta, rodeado de maravillas sinfín e incontables, donde todo salga bien, siga su curso, rezume bondad. Y cuando las cosas se tuercen y endurecen, cuando van de mal en peor y se encrudece todo, nos cuesta mucho pensar que Dios sigue con nosotros. Porque como lo normal es equiparar lo bueno con Dios y lo malo con su ausencia, hemos caído en la trampa de perder de vista la relación y rodearla de adornos inútiles. A mi entender, hoy es lo que el Evangelio me sugiere. Que Dios, lejos de desaparecer cuando todo se viene abajo, reaparece con mayor intensidad y con mayor luminosidad. Dios nunca es indiferente, al modo como lo imaginamos, y mucho menos castigador cruel, pendenciero. Cuando las luces que distraían los corazones se apagan, Dios sale al encuentro para dejarse ver con nueva nitidez. No se ha ido, pero en estas circunstancias los hombres lo verán venir en su auxilio, por su salvación. Sería un signo, y sigue siéndolo para quienes han aprendido la lección adecuadamente, que en los momentos de mayor dolor busquemos un refugio más grande para nuestra necesidad, un consuelo que sólo puede venir de Dios, y una inteligencia de la realidad que sólo en Él encuentra sentido. Es un signo todavía hoy, en nuestra época. Así, cuanto más desconsolado me encuentro, por ejemplo, con mayor pasión me agarro a la oración sencilla que me conduce y guía. Con ella veo todo nuevo.

11-nov. Quien lo ha dado todo (Mc 12,38)


Los dos reales de la viuda, y la viuda misma, sólo son el final. Aquellos que son capaces de darlo todo, pese a que tengan poco. Y lo dan sin que eso suponga nada para quien lo recibe. Dos monedas no llevan a nadie a ningún lugar. Las monedas han dejado de ser lo importante. Es la viuda la que se entrega a sí misma, y a quien quizá el resto de cosas le sobran. Vive de lo que le dan, como sabemos, y el resto no le sirve de nada. Dios se lo dio, le permitió vivir un día más, y al final de la jornada pone su cuenta a cero. Mañana, sin la seguridad de quien todo lo tiene, será otro día. Y volverá a fiarse de Dios para comer y sustentarse, y dará gracias en el templo por la noche.

Los escribas tienen todo, y creen que también poseen a Dios, y pueden jugar con Él a su placer, incluso aprovecharse de él porque han sido puestos “por derecho divino en una posición privilegiada”. Pero desconocen todo de la vida, y son unos ignorantes respecto de Dios. Porque Dios no enriquece, como tantos piensan, con cosas, sino con Vida. Esa vida que no se puede recibir cuando las manos están llenas, cuando nos atrapan y encarcelan las seguridades, cuando tenemos una cuenta corriente que nos impide vivir la confianza en Dios, cuando las ropas dignas no nos dignifican sino que nos agravian, y no muestran el esplendor de Dios sino los criterios del mundo. Pero la viuda no se indigna, porque va centrada. Sabe lo que tiene que hacer, y aquellos hombres no serán obstáculo para su fe y entrega. Se fija, como quien ha sufrido y ha alcanzado sabiduría, en lo que ella puede y debe hacer por Dios. Y sigue adelante. Mañana se volverá a repetir la situación, digan lo que digan los hombres, porque lo que importa es lo que Dios quiere.

4-nov. La obligación de amar (Mc 12,28)


Lo de que Dios obligue… como que lo llevamos un poco mal. Nos gusta más pensar en un Dios dialogante, campechano, bonachón, al estilo de los abuelos de nuestro mundo y algunos padres permisivos. Pero Dios sigue mandando, ordenando, imponiéndose de vez en cuando, o al menos pidiendo con mucha seriedad las cosas. Hoy incluso se permite ordenarnos que le amemos. Y lo dice con radicalidad: lo primero es esto, y lo debéis hacer con todo lo que sois. Y a nosotros nos suena un poco drástico, y en seguida entonces aparecen los requerimientos y las peticiones para suavizarle: es que yo tengo un corazón herido, es que yo pienso esto otro y no lo tengo claro, es que de fuerzas ando bajo, es que… Cuando hemos terminado, sigue ahí su palabra, invariable, hasta que seamos capaces de entenderla: con todo lo que eres… Si es corazón herido, ama. Si es en la duda y la inseguridad, incluso en el jaleo y la confusión, ama. Si estás al diez por ciento, ama. Pero ama a Dios, lo primero, por encima de todas las cosas, por encima de ti mismo, por encima de tus situaciones. Y para amar, escúchale, mírale, búscale.

Dios está esperando que el hombre le ame. Es curioso que Dios busque al hombre para esto, y no para que le sirva, ni por los sacrificios, ni por la compañía siquiera. Sino que ande detrás del hombre para que el amor sea lo primero en su vida y nunca se le olvide. Que Dios busque al hombre no para sentirse escuchado y obedecido, sino para entablar un diálogo de amor con Él, me parece increíble y asombroso. Absolutamente asombroso. Sin palabras te deja el darte cuenta de lo que Dios anda pidiendo, cuando algunas veces nosotros nos enredamos tanto en otras cosas. Dios busca, y hace de ello lo primero, que ante todo en el hombre exista la felicidad.

28-oct. Lo importante aquí no es el ciego, ni las cegueras (Mc 10,46)


Aquí lo importante ni es el ciego Bartimeo, ni la capacidad que tenemos  para descubrir cegueras. En seguida arrancamos por esta vía, fácil de atravesar. Ni tampoco lo es el borde del camino, ni la manta ni el manto, ni el grupo de discípulos. Todo esto, que será significativo, no es el corazón de este Evangelio, tan explicado en tantas ocasiones, y tan aprovechado para hablar de tantos paralelismos. Si fuera lo importante, Jesús  habría dialogado con él sobre su situación y sobre lo penoso que es vivir al borde del camino. Jesús se habría detenido ahí, mostrando así a todos los hombres lo ciegos que estamos y lo tirados que andamos en ocasiones (¡qué contradicción esta de “andar tirado”!).

Lo importante es que Jesús da vista, ilumina incluso desde dentro, hace ver, despeja la mente, clarifica el corazón. Aquí encontramos lo que verdaderamente salva y la buena noticia. Y podemos desde aquí hacer todos los paralelos que queramos. Pero en aquel momento, ¡escucha!, no sólo fue Bartimeo quien recibió luz y pudo ver. Fueron todos. Y todos vieron lo que hasta ese lugar nunca habían visto. Y todos, entonces, fueron salvados. Y todos fueron acercándose a Jesús. Y todos quisieron pedirle algo. Algunos, seguro que sólo para ellos mismos, y otros seguro que incluso pidieron por el pobre Bartimeo. La cuestión entonces es cómo Jesús me da claridad, y cómo me permite ver. ¿Sólo por lo que hace en mí? En absoluto. Por lo que hace en el mundo, por lo que hace en la historia, por el testimonio de otros, por la claridad de otros, por la docilidad de otros, incluso por medio de la pobreza y ceguera de otros. Dios comparte con nosotros hoy la capacidad de ver. ¿Seremos capaces de pedirle, como Bartimeo, “quiero ver como tú me ves”, “quiero ver como tú ves el mundo”, “quiero ver con tu corazón”? ¿Conocer a Dios, entender su voluntad, querer lo que Él quiere? Ver no es simplemente “ver con los ojos”. Aquí hablamos de fe, de confianza, de entrega. De ganas desbordadas de servir al Señor y estar cerca de Él. Y de dar testimonio de la fe. ¿Pediremos hoy a Dios esa cercanía a su Misterio de Amor y de Salvación?

14-oct. Llamados a vivirlo todo (Mc 10,17)


Este encuentro entre Jesús y el joven rico se parece mucho a todos los encuentros que tenemos nosotros con el Señor, con la vida, con la realidad, con nosotros mismos incluso. Es una Palabra que ha sido pronunciada en nuestra vida para que aprendamos de ella en abundancia, y no nos conformemos con menos. Palabra pronunciada en nuestra vida significa Palabra que puede ser acogida en la fe como Palabra de Dios, que es así lo que en verdad es. No de otra manera. No se trata de una catequesis, ni de una explicación, ni de una parábola. Sino de un encuentro entre nosotros y Dios, en el que Jesús nos mira amándonos entrañablemente. Jesús nos mira el corazón y sabe que lo queremos todo en este mundo, aunque vivimos agarrando y sometidos a unas pocas cosas. Y es esa parcialidad y limitación la que nos hunde, nos deprime y nos ahoga. Jesús quiere darnos todo, y quiere hacerlo ya. Nuestro encuentro con Él, cada uno de ellos, es para recibir todo de la mano de Dios. Pero, como digo, lo fragmentario, lo limitado, lo pobre de nuestra existencia es no confiar en que todo lo podemos recibir de Dios, en no creer que quiere darnos toda la Vida, y que en cada uno de nuestros acontecimientos pequeños o grandes nos da toda la Vida.

Por ejemplo, no son pocos los que se dice a sí mismos que tal o cual persona es “buena, pero…” Y entonces sucede que en el matrimonio, en la amistad, en la relación con los hijos o con cualquiera, queremos recibir sólo parte de lo que Dios quiere darnos. Preferimos esto, a esto otro, y aquello de más allá lo cambiaríamos por entero. En otros casos, sucede que por miedo a recibir todo, viendo lo que no nos agrada ni convence del todo, rechazamos lo que sucede y nos quedamos con nuestras pobres interpretaciones. Así es como, de una u otra manera, nos construimos nuestros paraisos y terrenos, donde creemos disponer de aquello necesario y suficiente para vivir. Seguimos queriendo tenerlo todo, pero nos hacemos reductos de confianza y tranquilidad en los que poder habitar apaciblemente. El deseo sigue. Por nuestra parte, y también de parte de Dios, que una y otra vez, cada una de las veces que nos encontramos, nos quiere dar todo, desbordar e inundar de amor, perdón, fe, esperanza. Pero no permitimos que sea así; tenemos las manos llenas de “lo nuestro”. Hace falta liberarse, hace falta creer para recibir tanto amor, tanto Dios, tanta cercanía, tanta fe como para saciar nuestro corazón. Hace falta, es necesario, vender lo poco que tenemos y considerarlo en nada, dejar a un lado nuestras pobres ideas y considerarlas en nada, para alcanzar toda la riqueza de Dios y toda su sabiduría. Dios está dispuesto a darlo todo, de hecho, ya lo ha dado en su Hijo. ¿Tú estás dispuesto a recibirlo todo en la Cruz y Resurrección del Señor, dejar que Él transforme por entero tu vida haciéndola nueva, recreándola por entero? ¿No quieres acaso las riquezas del cielo? ¿No dejaráis todo por un amor tan fiel y seguro, por una fe tan grande y fuerte? Dios ya ha puesto sobre la mesa todo, ¿lo acoges, lo quieres, le sigues?

9-sep. Ábrete (Mc 7,31)


El milagro relatado es asombroso. ¡Cómo no creer viendo cómo se concede oír a los sordos! Pero además era mudo. No existía en él ningún tipo de palabra. Ni la de otros, ni la suya. Y por lo tanto, estaba aislado de todo, sin participar en nada. Una condena que en el mundo antiguo se atribuía, por otro lado, a un castigo divino. La circularidad entre sordera y mudez nace en la incapacidad para escuchar, y por tanto obedecer y reconocer la Palabra. Los labios permanecen cerrados para quienes no escuchan, o no quieren escuchar

El gesto y la palabra de Jesús se repite en el sacramento del Bautismo. Al final del rito se simboliza la apertura de los oídos para que pueda escuchar,  y se pide para el pequeño que algún día pueda alabar a Dios en la iglesia. Se tocan sus oídos, y su boca, conscientes de que son órganos al servicio de toda la vida. Creados por Dios, pueden servir a Dios, ordenarse a Él. Algún día el hombre escuchará a corazón abierto la Palabra de Señor, también dará gracias con todo su ser, contará sus maravillas, proclamará la misma Palabra que recibe en ese momento. Un gesto que, aunque ya haya sido vivido y acogido, se actualiza cada día. En la liturgia de las horas, al comenzar la jornada, los sacerdotes y religiosos hacen la señal de la cruz en sus propios labios al tiempo que piden: “Señor, ábreme los labios. Y mi boca proclamará tu alabanza.” Gesto para la oración, que trasciende toda la vida.