Amar la pureza


Para hablar de la pureza no es necesario hablar de sus contrarios. Tiene valor por sí misma, algo que cautiva. Lo puro, hoy más que nunca, es lo íntegro, lo total, lo absoluto, lo perfecto, lo limpio. Podríamos comenzar ahora a pensar en lo contrario. Pero de eso puede hablar cualquiera, conozca o no conozca la pureza; es el pan nuestro de cada día. Sin embargo, de lo puro sólo puede enamorarse quien lo ha conocido, quien lo ha probado, quien se ha dejado cautivar, quien lo ha admirado y deseado, quien lo ha buscado con todo su corazón sin poder encontrarlo, quien ha caído miles de veces y aún así ha mantenido recta la mirada. Lo puro, y esto lo sabemos bien, va de la mano de Dios mismo, es su nueva creación. Y acompaña a cualquier obra hermosa del hombre. Pura belleza es belleza total y absoluta. Pura humildad es toparse con el misterio de la debilidad y grandeza del hombre santificadas. Pura entrega es amar sin reservas, dándose por completo, abriendo las puertas de par en par, acogiendo sin reticendias, amando hasta el extremo. Todos buscan lo puro, aunque no se atrevan a pedirlo. Habría, pienso yo, que limpiar mucho en nuestras calles y callejones interiores, y exteriores. Acometida compleja, que no se puede hacer a lo bruto, ni de cualquier modo, ni con brusquedad. Más que limpiar, lo puro se da, por otro lado, cuando estamos ante alguien enamorado. ¡Ahí encontramos su misterio! Lo de limpiar o no limpiar, vendrá después si viene. Pero la mirada, el tacto, la palabra, el gesto, el detalle, el compromiso está hecho. Quien encuentra el amor, de verdad, encuentra todo. Y el resto… ¡para qué perder tiempo en el resto! Comenzando a caminar por caminos nuevos. Sólo Dios puede hacer algo así, tan grande, tan hermoso, absolutamente único, asbolutamente perfecto.

Solemnidad de la Inmaculada Concepción de María

15-sep. Junto a la Cruz de Jesús (Jn 19,19)


Y continúa el texto nombrando a quienes estaban, para quedarse fijamente detenido en dos. María, su madre. Y Juan, el discípulos. Y junto a la Cruz de Jesús se sella una nueva familia, una nueva maternidad y una nueva filiación. Cristo, en su entrega, lo da todo, lo comparte todo. Asocia así mismo y a su persona a su discípulo hasta el punto de hacer de Él un nuevo hijo de María. Es la fecundidad de la Cruz.

Palabras dichas entre lágrimas, que no debemos olvidar. Mirar a la Cruz, y dejarse mirar, no es cualquier experiencia. Muchos ven, sin oír. Otros oyen campanas, sin contemplar. Pero cuando la persona entera se pone a los pies de la Cruz, como discípulo amado por el Señor, se le encoge el corazón, la vida y las entrañas, los pensamientos se centran, todo se concentra en el madero en el que está clavado el  Salvador del mundo. Mirar a la Cruz ha supuesto en la tradición cristiana tanto llanto y lágrimas, como alegría y esperanza. Por una parte, la incomprensión del dolor y del sufrimiento, asociados a la generosa donación que el Hijo hace de sí mismo en obediencia al Padre. Mirada que comparte María, con el corazón traspasado. María padece, se rasga interiormente. Las lágrimas son muy importantes en la historia de la espiritualidad. Significa, entre otras cosas, que se ha accedido al Misterio, que ya no se mira la Cruz con la normalidad de todo, bajo el signo de la costumbre y el hábito, que se ama a aquel que se ve en ella clavado. Y sin embargo, estas lágrimas se conjugan con la alegría y la esperanza. Segunda expresión ante la Cruz. Ambas unidas al agradecimiento. ¡Cuánto valgo, Señor! ¡Has dado tu vida por mí! ¡Has cambiado mi luto en danzas! Ante la Cruz, el que se deja mirar y escucha, experimenta la liberación y la salvación. Todavía incompleta, porque falta algo a la Pasión de Cristo: la participación en ella. Ante la Cruz rebrota la humanidad, se aprende el exceso de Amor que da plenitud a la humanidad, allí es donde está escondido el tesoro, es la puerta estrecha, la felicidad que ansiamos.

8-sep. Viene del Espíritu Santo (Mt 1,1)


El nacimiento de María, su persona entera, se celebra en la Iglesia. Ella es puerta para Cristo en el mundo, para la Encarnación. Porque Dios así lo quiso. Esto no hace de menos la vida de esta mujer, sino al contrario revela el proyecto de Dios cumplido en el mundo, su nueva creación sin destruir la humanidad. Dios pensé en ella desde siempre, para siempre. Y siempre la quiso en amor para mantener una relación privilegiada con Él, y con su hijo.

El misterio que celebramos, con su belleza, tiene algo de incomprensible. Supera, con mucho, los razonamientos humanos y la lógica que quiere conquistarlo todo. Es gratuidad, y gracia. Dios así lo quiso, por amor. También Dios quiere toda vida nacida, original, y nueva. Piensa en cada uno. Pero María tenía una misión tan particular y de tal calibre que fue señala la renovación de toda la historia y el punto de inflexión de la humanidad.

8-sep. De ti saldrá, Belén (Miq 5,1)


Hoy, que se celebra en toda la Iglesia la Natividad de la Virgen María, leemos la profecía de Miqueas sobre la ciudad de Belén. Ella, pequeña y con personalidad, entabla un diálogo y recibe una vocación. Su palabra se limita a acoger lo que es dicho sobre ella, en la incomprensión del desplazamiento que sufre la gran ciudad del Judaísmo, Jerusalén.

Don que no es, por otro lado, para la ciudad. Sino regalo para el mundo. De ti, Belén, saldrá. En ti nacerá, pero no será tuyo en exclusividad. Es ciudad elegida por su pequeñez entre todas las aldeas, por su humildad entre todos los humildes, por su insignificancia y poca relevancia en la historia de la salvación. Y allí, donde los hombres parecen no haber esperando que sugiera nada, allí donde todavía no han mirado, allí donde no han construido surgirá el Pastor que porta la fuerza y la gloria del Señor. Entonces se verá la grandeza de Dios, en la sencillez de la aldea. Entonces se alabará y cantará la ciudad que supo albergar a tan gran Señor. Entonces surgirá el asombro y la adoración, porque Dios lo hace siempre todo nuevo.

Creyendo que estaba en la caravana (Lc 2,41)


Con la Iglesia debemos aprender a reírnos. Hoy celebramos el Corazón de María, y en el Evangelio que proclamamos la Madre pierde al Hijo en una caravana de camellos, donde todos van unos detrás de otros. ¡Qué grandes somos! Y lo podemos hacer porque está en la Palabra, la misma que María guardaba en su corazón meditándola sin cesar. Que no se trata de perfección como la dibujamos, sino de mucho amor. Que no se esperan grandes filosofías, sino mucha vida y mucho amor. Que no se pide que nadie vaya por el camino recto y directo siempre, sino por el pequeño y estrecho de la Misericordia y el Perdón.

Como no puede ser de otro modo, para cantar a María debemos alabar la obra de Dios con ella. Un modelo, una referencia, un anuncio de la Iglesia y para ella, del cristiano y para cada cristiano. María hoy acompaña a Jesús, y se deja acompañar. María hoy se siente perdida, porque siente que ha perdido a Dios. María hoy busca, vuelve sobre sus pasos, no se muestra indiferente, y se deja encontrar por Dios en la casa del Padre. María hoy habla, y escucha. María hoy pregunta, inquieta y preocupada por lo que ha pasado, y en humildad escucha, acoge y celebra. María hoy vuelve a sus ocupaciones diarias, tocada por la gracia, sabiéndose Madre y responsable de la vida del Hijo en la tierra. María hoy, con la Iglesia y siendo preludio de ella, cultiva y cuida el crecimiento de Dios, de la Buena Noticia, del Evangelio, de la Gracia en el mundo encarnando la figura de la sierva dócil, de la hija que corona de dignidad al Padre.

Visitación (Lc 1,39)


En nuestros días, visitar a alguien tiene su liturgia particular, todo dispuesto entre nuestro tiempo y las ocupaciones de los demás. Visitamos cuando no molestamos a nadie, cuando hay tiempo para acoger, para sentarse y poder disfrutar juntos de un café, un paseo y una conversación. Hemos hecho un par de llamadas, ajustado agendas, todo parece cuadrar. Más que visitar, hacemos pactos de mutuo acuerdo, de premeditada no ofensa. Hablamos de nuestra capacidad para atender a quien llega, cuando deberíamos decir que nuestro amor se va haciendo paulatinamente más frágil en la medida en que las locuras y las sorpresas las alejamos del entorno, y convertimos en rey de nuestra vida a don seguridad, con sus ministros, don lotengotodobajocontrol y don ahoranomeinterrumpas. Tampoco podemos amar, según parece, sin disponer de un montón de cosas que lo faciliten, ni estamos en disposición de permitir que retrase nadie nuestra llegada al templo de Jerusalén. Creemos que así hay más rigor evangélico, y lo único que hacemos valer se diría que es el miedo a que Dios nos pueda cambiar la vida con sus signos de los tiempos.

Pero hubo un tiempo en que esto no era así. Que quien visitaba salía de casa dispuesto a llegar, como por sorpresa, rodeado de un halo angélico, y con ánimo de romper la rutina del otro, sacarle de sí mismo, obligarle a hacer hueco, poner sobre la mesa lo que hubiera, y compartirse a sí mismo. El único conocedor de la visita era quien se desplazaba. Y María también es así. De nuevo quiebra nuestro corazón, invierte el mundo, transforma la realidad con su venida. María, Madre mía, ¿quién soy yo para que me visites? No te esperaba, ni en mi dolor ni en mi alegría, ni en mi tarea ni en mi descanso. ¿Quién soy yo para que vengas a mí? ¿No tenía que haber sido yo quien fuera hacia ti? ¡Qué ocupado ando! Y tú siempre, como si para ti misma no existieses, buscas la manera de atender a todos tus hijos. ¡Entra en mi casa! ¡Quiero acogerte en el corazón!