9-oct. Una mujer, llamada Marta, lo acogió en su casa (Lc 10,38)


Me cautiva la figura de Marta, que sabe abrir las puertas, acoger y servir al Maestro. Una mujer a la que no le importa quejarse abiertamente ante el Señor porque hay quienes, según parece, andan ocupados en más bien pocas cosas, mientras ella trabaja y trabaja. Una mujer fuerte, que no deja de hacer lo que debe, pese a lo que vea a su alrededor. Y que escucha la Palabra metida en sus afanes cotidianos, y en la acogida responsable en su propia casa al Señor del Universo, a ese hombre llamado Jesús, amigo de Lázaro, su propio hermano.

Marta se parece a muchos que, pese a todo lo que hacen, parecen no disfrutar y quieren algo más. Algo les incomoda. Quizá no sea lo que los demás hacen, sino cómo se toman la vida. Que quieren terminar pronto sus tareas para poder sentarse a escuchar al maestro, y que toman la actividad como signo de servicio cultural, como algo social, sin mayor trasfondo. Me parece que hay que pensar más en Marta, rezar con ella, saber preguntarle lo que la inquieta, acoger su preocupación porque ella es acogedora. Me gustaría sentarme y charlar sobre lo que vive, darle las gracias por tanto esfuerzo, darle la posibilidad de recuperar la paz, continuar después mi camino, hacerle ver a ella, que recibe tan bien en su casa, que anunciar el Evangelio nos conduce por muchos caminos donde no encontramos la familiaridad que ella generosamente ofrece.

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