2-oct. Sus ángeles están viendo siempre el rostro de Dios (Mt 18,1)


Recuerdo con verdadera alegría mi oración de la noche cuando era pequeño. Mi madre me enseñaba las oraciones de toda la vida, que me hablaban de ángeles alrededor de la cama, que velaban mi sueño en la oscuridad con calma y paciencia, y le hablaban a Dios de mí cuando yo no tenía casi palabras para hacerlo. Era maravilloso reposar así, descansar de este modo en tan magna presencia. Me imaginaba, creo, a Dios terriblemente ocupado en las cosas del mundo, con tiempo para echar un ojo a todos sus hijos y saber de cada uno de nosotros por medio de sus ángeles. Los cuales, evidentemente, hablaban siempre bien de los hombres a Dios. Especialmente de los más pequeños. Dios me amaba en su distancia. Y yo también aprendí a quererle.

Ahora, ya adulto y con teología y mundo aprendido, no he abandonado esta sensación de cercanía grande. Ahora comprendo mejor incluso la necesidad de estos guardianes y protectores. Al menos para aquellos que son como niños, y para quienes les han trazado este camino de vida espiritual, el de la infancia. Los niños saben que Dios les conoce, y así les ama. No hay diferencia entre ambos verbos. Los niños acogen del Padre, con admiración, vida y palabra. No hay diferencia entre ambos dones. Los niños saben a quién pertenecen, estén cerca o lejos. No hay distancia para ellos a la hora de mirarse. Y los ángeles, cuando se les olvida algo, se lo susurran en el corazón, iluminan su inteligencia, o les cantan para que se apacigüe su vida. ¡Gracias, Señor, por compartir tus ángeles con nosotros!

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1-oct. El más importante en el Reino (Lc 9,46)


Algunos hablarán de la inocencia de los niños, de la sencillez de vida propuesta por Jesús en el Evangelio, de lo infructuoso que hay en la vida adulta con sus complicaciones, de lo ilógico que resulta ansiar los primeros puestos en el Reino de los cielos, y así de innumerables asuntos. El Evangelio tiene una riqueza insonsable, y más cuando se presenta en la excelencia del rostro de un niño.

Yo saldré con esta Palabra dejando que resuene en mí. Es inabarcable. Miraré a los niños en la escuela dejándome mirar por ellos, porque en sus ojos escucharé “Yo soy”.