12-sep. La representación de este mundo se termina (1Cor 7,25)


Ya sabemos que Pablo, en su momento, entendió que el final de los tiempos estaba cerca, porque Cristo había cumplido todo en el mundo. Si todo estaba terminado, ¿qué sentido tiene que este mundo exista? Si Cristo trae la novedad radical, si ya tenemos de nuevo acceso al Padre, ¿para qué vagar y divagar más? ¡Esto se termina! ¡Preparad el final!

Sin embargo, los planes de Dios no funcionan con lógica humana. En lugar de eso, ahora es cuando más y mejor podemos disfrutar de este mundo, conociendo al Señor y amando a su medida. Ahora sí, antes de Cristo era diferente. Pero ahora que está el camino abierto, que hay vida, que la verdad se ha dicho al hombre… ¡ahora sí! Como peregrinos, ciertamente. Sin contar que lo de aquí es definitivo, es verdad. Este mundo pasará, terminará, y nosotros en él. No así la vida que Dios nos ha regalado, no así el amor entregado, no así la comunión. Ya podemos imaginar y vivir un mundo nuevo, aquí en la tierra, y en presencia del Señor. Este plan, que es el proyecto de Dios para cada hombre, tiene más luz ahora que antes, tiene más fuerza ahora que antes. Ni nos ha dejado, ni nos abandona. Pero todo ha sido renovado, desde dentro, y todo es nuevo, por eso la contradicción. ¿Cómo vivir entonces, como ángeles? ¡No, no somos ángeles! ¡Como personas amadas por Dios! Sin cerrar los ojos, abriéndolos a la verdad.

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7-sep. Lo antiguo y lo nuevo (Lc 5,33)


El combate entre lo antiguo y lo nuevo está por llegar a su término. De nada sirve conservar algo de lo ya gastado, ante lo sublime que no espera. Porque entonces ambas realidades quedarían inservibles, se harían vanas e inútiles. Sería envolver y mezclar, “tibiatizar” perdiendo lo frío y lo caliente, quedaría todo revuelto sin orden, se recibiría un regalo sin abrirlo.

Cuando se pone tanta insistencia en la novedad del Evangelio, y en la desaparición de todo lo antiguo, me surgen muchos interrogantes fruto de la debilidad. Tan grande es la novedad que parece no poderse abrazar por completo, pero sí es cierto que exige todo y está llamada a englobarlo todo. Es una novedad tan radical que todo lo quiere para sí, no una parte. No viene a tamizar, a edulcorar, a poner parches, a ser sabor sin más, a ser estética sin llegar al corazón y transformar la realidad. Lo antiguo debe pasar dejando paso a lo nuevo. Pero no es una cuestión sociológica, sino ontológica y sustancial al hombre y a la realidad.

¡Que soy Dios! (Ez 17,22)


Me encanta contemplar este relato como si Dios nos recordase: “Ey, ¡que soy Dios y no hombre!” Palabra dirigida especialmente a los creyentes, a quienes tenemos trato diario y cotidiano con Él, un tanto familiar. Palabra dirigida a quienes han participado “desde siempre” de sus bienes y sus riquezas, de modo que se convierten en casi naturales, tan normales que el misterio, la profundidad y la gracia han desdibujado sus horizontes, sus fuentes, su riqueza. Israel sintió la tentación de abandonar a Dios, queriéndose quedar con las cosas de Dios. Pero no hay distinción entre ellas, no se pueden reducir. Al final, o con el Dios verdadero o sin Dios.

En este recordarnos, y tirarnos de las orejas, para que no pasemos por encima como si nada, Dios nos dice: yo puedo llegar a lo alto, yo puedo alcanzar lo más sublime, yo puedo subir donde no imagináis, yo estoy ya en la cumbre; y ahora, voy a cortar todo esto, va a terminar lo que se conoce hasta entonces, y comenzará un tiempo nuevo. Lo dicho, que no hacemos presente que con Cristo ha sido rota la historia en dos. Lo de antes, árbol viejo, con muchas hojas. Lo de ahora, nace en lo humilde, florece desde lo seco.

(Ez 17,22) Esto dice el Señor Dios: – Arrancaré una rama del alto cedro y la plantaré. De sus ramas más altas arrancaré una tierna y la plantaré en la cima de un monte elevado; la plantaré en la montaña más alta de Israel; para que eche brotes y dé fruto y se haga un cedro noble. Anidarán en él aves de toda pluma, anidarán al abrigo de sus ramas. Y todos los árboles silvestres sabrán que yo soy el Señor, que humilla los árboles altos y ensalza los árboles humildes, que seca los árboles lozanos y hace florecer los árboles secos. Yo, el Señor, lo he dicho y lo haré.