26-sep. No llevéis nada (Lc 9,1)


Esta es la indicación más clara y precisa que Jesús da a los apóstoles antes de enviarlos a anunciar el Evangelio. Por si no ha quedado claro, lo especifica, les aclara qué deben dejar y no llevar consigo. Sin bastón, ni alforja, ni pan, ni dinero, ni túnica de respuesto. O lo que es lo mismo, sin poder, sin recambio, sin aquello que atrapa a las gentes de este mundo. En desprotección, como signo de confianza. Portando en su libertad y pobreza el tesoro que verdaderamente les enriquece, haciendo gala de haber sido resvestidos de otra condición diferente. Parece indicar que no quiere que se confundan, ni se parezcan, ni se puedan mezclar con otros anuncios que ofrecen cosas a cambio, que aparentan éxito y felicidad apostados en privilegios y en honores, en cargos y posiciones altas desde las que mirar “a los de abajo”, en verdades que defienden con demagogia y con argumentos falsos. Los discípulos, sus discípulos, parece decir Jesús, deben anunciar a Jesucristo dando testimonio de su propia confianza y debilidad. Entonces sí, dejarse acoger entre la gente, en sus propias casas, entrar y quedarse con ellos.

Sería un precioso ejercicio comprobar la calidad de nuestro anuncio, su pureza y claridad. Sería un precioso ejercicio poder salir a las calles, o mejor dicho, sin ni siquiera salir comenzando por los de casa, y anunciarles el Evangelio en la propia vida. Sería maravilloso pensar que viéndonos, pueden ver al Maestro, que el testimonio es suficiente para interrogar y descubrir a otros la fuerza de Dios en medio de los hombres, la salvación y liberación ofrecida en Jesucristo. Sería maravilloso. Es maravilloso que pueda ser así. No sería, sino es. Y nos hace falta recuperar el aliento de esta vida anunciada en la propia vida, con más libertad que medios, con más limpieza. Nos hace falta, ¡ciertamente!, recuperar a los buenos profetas, fijarnos en los testigos y en los que se dejan mover y llevar por el Espíritu. Esos ponen paz, no discordia, en las casas.

Anuncios

11-sep. Imaginar a Jesús pronunciando tu nombre (Lc 6,12)


Nosotros somos muy listos, y leemos la lista sabiendo lo que va a pasar después con sus vidas. Conocemos a Pedro porque hemos visto su historia, sus aventuras, el grado de su seguimiento. Conocemos a Tomás, con sus dudas. Conocemos a Andrés, acercando al niño a Jesús. Conocemos a Santiago, y su cercanía con el Señor, testigo de tantos acontecimientos de forma especial. Conocemos a Mateo, que antes era recaudador. Conocemos a Juan, reposando su cabeza en Jesús durante la cena, y un día después le hemos pintado y esculpido a los pies de la Cruz. Conocemos a Judas. Conocemos a estos discípulos en sus aventuras con la barca, con sus miedos, con sus luchas por comprender el poder de Dios, de su sueño en el huerto, de su huída y encerramiento, de su explosión de júbilo tras la resurrección. Pero ellos, hoy, cuando Jesús pronuncia su nombre por primera vez no saben nada de esto. Dejan lo que tienen entre manos, abandonan en cómodo lugar del discípulo para pasar al apostolado, y de ahí a dar su vida por Cristo. Pero ellos, pescadores y hombres de otros oficios, ellos no sabían nada de esto. Comienza su seguimiento, han sido asociados a la voz del Pastor que les llama. Primero serán pescadores de hombres, después constituidos en pastores de la Iglesia.

De eso sí que sabemos también nosotros. De la impresionante novedad que sopone que el mismo Dios nos llame por el nombre, nos conozca íntimamente, nos confíe participar en su misión. De eso, sí sabemos. Porque también lo hemos vivido. Ahora delante del Resucitado, conociendo su Gloria, aún en la precariedad de nuestra fe, en la debilidad de nuestros pasos, en la oscuridad de su presencia que se vuelve en ocasiones ausencia. Nosotros hoy, como primer rayo del día después de la noche entera de oración, podemos permitir que Dios pronuncie nuestro nombre. Imagina que Dios te llama. Porque no imaginarás en vacío. Imaginarás el corazón mismo del Señor, que muchas veces te ha llamado aunque tú no lo hayas escuchado todavía con claridad. Imagina que te llama, no aislado y sólo a ti, sino entre muchos, en comunidad, en Iglesia, como el nuevo Pueblo, el Reino de Dios, el cielo en la tierra.

2-sep. Aceptar la Palabra dócilmente (Sant 1,17)


Docilidad de opone a resistencias y rigideces, a terquedad y soberbia. Pero se parece demasiado a falta de libertad y a dejarse guiar como se deberían conducir los burros y los animales de trabajo. No parece, entonces, propio del hombre y de la grandeza de su libertad. Si somos libres, ¿por qué escuchar, atender, creer y depender de otros, incluso de Dios? Así piensa el mundo moderno, con sus individuos atomizados en busca de su libertad. Pero la pregunta sigue patente y con fuerza, ¿por qué escuchar lo que Dios tiene que decirme, por qué ser dócil a su Palabra?

La carta de Santiago, que es tremendamente práctica y de fuerte carga ética, responde de forma muy humana y personal. Nada tiene que ver la “libertad” con el autogobierno y dominio despótico y solitario de uno mismo. En muy poco se parece la gran aspiración del hombre a la libertad sin amor. Nada en la vida se puede conseguir, verdaderamente valioso, negando a los demás en la propia vida. Por esto la docilidad que Dios pide al hombre no es la de los burros y los animales, que no aman ni dialogan, que no acogen la palabra sino que responden meramente a estímulos. La docilidad que presenta Santiago acoge al Otro, le recibe. Y en el caso de la Palabra de Dios es docilidad que permite entrar hasta el corazón, tocarlo y transformarlo, y salir con amor y servicio en las obras, en las palabras, en los sentimientos e ideas. Docilidad para recibir, docilidad para cumplir y vivir.

Obedecer a Dios antes (Hch 5,29)


Hoy no consulto la versión griega, ni la latina. Me quedo con la palabra en español, tal y como la he leído. Y me deja pasmado esto de la continua obediencia que nos pide el relato de los Hechos. Obedecer a Dios, obedecer a los hombres, obedecer a la creación, obedecerse a uno mismo. Todo docilidad y sencillez, dejándose conducir, guiar, orientar. ¡Cuánto sacrificio! ¡Qué poca libertad parece existir! ¡Qué escandaloso debe ser para “un extraño” al Evangelio entrar en una iglesia y escuchar estas palabras!

Pero me temo que es así. Que el ser humano, la persona, es por definición obediente, sumiso y dócil, incluso servil. Al menos cuando ama. Porque cuando se ama, que es la cumbre de todo esto, obedecer no viene cargado del pesimismo que reciben quienes no conocen el verdadero amor, que nos saca de nosotros mismos y provoca el encuentro con otra persona. Quien no conoce más amor que “a sí mismo”, no conoce el amor sino sólo el egoísmo. Y lo que me maravilla entonces es la puntualización sobre el orden. Hay que escuchar a los hombres, hay que amarlos, hay que respetarlos, hay que servirlos. A los hombres, no a las cosas. Y a Dios primero. El orden es lo importante, el orden le da sentido, el orden establece un criterio y marca la diferencia. No todo da igual, ni se puede mezclar de cualquier modo.