11-dic. Las 99 ovejas (Mt 18,12)


El 99 son como dos ojos, ahora que lo veo dibujado. Dos ojos que miran. Y me pregunto hoy por las 99 ovejas, aunque sé bien que el valor de la parábola está en la libertad y el arrojo, en la predilección por la perdida. Pero me pregunto cómo mirarán estas ovejas al pastor, mientras el pastor se aleja, se va. Me pregunto si estas ovejas estarán contentas, si podrán participar de la misión, si notarán la ausencia de la que falta, si se sentirán más cómodas en el redil, ahora más amplio. Me pregunto si las 99 apoyarán decididamente a su pastor portándose bien, sin armar jaleo mientras se encuentra fuera de casa o si montarán una revolución. Me pregunto si las 99 ovejas harán fiesta, tomarán la casa de su dueño y se la apropiarán. Me pregunto qué vería el pastor en ellas para andar por los caminos tan libremente. Porque el buen pastor conoce a sus ovejas, y sabe que las puede dejar solas cuando están a salvo.

Mientras el pastor trabaja, estas 99 deberían estar en vela, preocupadas, aguardando, esperando. Mientras el pastor trabaja, el rebaño en el redil debería cantar para indicar el camino de regreso, desear el reeencuentro, otear el horizonte en su búsqueda. Mientra el pastor trabaja, las ovejas deberían disponer todo para que, cuando llegue, se produzca una gran fiesta. Porque saben, como yo ahora mismo tengo una pequeña certeza interior, que el Pastor encontrará a la perdida y cargará con ella, tanto si está herida como si no, y se fatigará más de camino a casa que al marchar a su encuentro. Ojalá que cuando el Pastor vuelva encuentre a todas en paz, a todas despiertas, a todas queriendo.

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30-oct. ¿A qué compararé el Reino de Dios? (Lc 13,18)


¿Seríamos capaces de responder, hoy y con nuestras formas, a esta pregunta? Porque sería muy importante descubrir cómo podemos hablar del Reino de Dios hoy, de su presencia y acción. A mí se me ocurren unas cuantas comparaciones, por ejemplo, con el mundo de internet, y un pequeño post que se va expandiendo y compartiendo por doquier. O con algún que otro espacio de la vida familiar y comunitaria, que permite el descanso. Incluso se me viene a la cabeza la importancia de la tiza dentro de la clase, por poner una comparación. Y creo que todo ello valida si comprendemos o no la lógica del Reino. No el Reino como lugar, sino la fuerza del Reino de los cielos en las cosas de la tierra, que las purifica y las engrandece, que las hace participar, de algún modo, del misterio de la Eucaristía transformándolas interiormente, que las convierte en mediaciones para el encuentro entre Dios y el hombre. Porque el Reino, por recordar algo, no es sino el Señorío de Dios en el hombre a través del Hijo y del Espíritu.

Pero siento admiración por las dos palabras que Jesús nos propone. Admiración y veneración. Un simple grano de mostaza en su pequeñez. La levadura que se pierde en la masa. Nos habla de la lógica del Reino y su poder. No de la pequeñez, sino que la pequeñez lo único que hace es darle mayor efecto y realce, como intentando encontrar algo en la tierra que sea suficientemente pequeño e insignificante pero que produzca efectos desproporcionados. Y así es el Reino. Un día le preguntas al Señor, con libertad, qué quieres de mí. Y años después te ves enrolado en una aventura de santidad. Un día, cualquiera, te das cuenta de que está vivo y que esto no puede pasar sin dar fruto. Y al tiempo te encuentras, muy bien no sabes con qué cambio de rumbo, no queriendo otra cosa sino querer y amar sin medida. Un día… tantas y tantas cosas posibles para quien se pone en manos de Dios, que hoy son curiosamente manos de mujer en la parábola, o tierra en la que somos capaces de morir. Y así es Dios, con ternura y con radicalidad, reclamando que entremos a formar parte de su lógica de gratuidad.

11-oct. Tú insiste, insiste (Lc 11,5)


Toc, toc, toc. ¡Amigo! Toc, toc, toc. ¡Amigo! Toc, toc, toc. ¡Amigo! Tanta repetición en el Evangelio de hoy me recuerda a la manía de algún personaje de las series de televisión modernas. La cuestión de la parábola del amigo insistente es que eran amigos y se conocían. Y un amigo sabe qué tiene que pedir y qué puede recibir. Su relación no es una relación cualquiera. Quien lee esta parábola como si fueran dos desconocidos, que nada tienen que ver entre sí, y como si se tratara de pedir a diestro y siniestro cualquier cosa, a cualquier hora, y de forma muy repetida, no se está enterando de la cuestión. Insisto, se trata de amigos de día, que por la noche deben responder a la necesidad el uno del otro. Puede ser un fastidio, en mitad de la noche, pero es que son amigos. Y los amigos nunca duermen. Tengo un amigo que me lo repite muchas veces. Si no fueran amigos, a lo mejor suena la flauta y acierta con la petición. Pero son amigos, y saben, insisto, qué tienen que pedir. El amigo que la sigue, la consigue.

De la parábola me sorprende también, y creo que tampoco reparamos en ello muchas veces, que el amigo del amigo que duerme no pide para sí sino porque otro amigo suyo viene de viaje. ¡Cuánta amistad! Y claro, a los amigos hay que tratarlos bien, y él desea acoger con solemnidad y responder a lo mandado en las reglas del buen anfitrión. Y un amigo, cuando acoge a otro amigo, si no tiene algo bueno para darle, lo busca. No se trata, insisto otra vez, y perdón por tanta insistencia, en pedir para uno mismo egoístamente, y darse así un banquete en mitad de la noche importunando a quienes duermen, sino de ir corriendo a buscar algo bueno para otra persona, que llega de viaje, probablemente cansada, y con hambre y sed. Hay amigos que despiertan y amigos despertadores en esta parábola. Ninguno, al fin y al cabo, se mueve por sí mismo, sino bajo el privilegio y el don de la amistad. Cuando un amigo importuna, importuna y lo sabe. Y es una maravilla de nuestro mundo poder importunar a alguien para ayudar a otro amigo. El Señor desea ser importunado de esta manera, aunque quizá no se haga tanto de rogar, y nos dé generosamente lo que más nos conviene.

22-sep. Los terrenos, son varios (Lc 8,4)


Distinguir y diferenciar ha hecho mucho bien a la humanidad. Para no confundir ni mezclar inadecuadamente y sin criterio, permitiendo cualquier cosa, de cualquier manera, que nos llevase a considerar que da exactamente igual qué se haga, cómo se haga, qué se alcance. ¡Lejos de nadie tomarse en serio eso de que “da igual” o “depende”! Cuando es nuestra vida la que está en juego y abandonamos esas teorías y diálogos que quieren respetar a todos y no hacer daño a nadie, cuando nos damos cuenta de lo que estamos arriesgando al vivir por única vez, entonces todo se convierte a su máxima seriedad, con gran altura.

Ahora bien, una tarea que puede resultar evidente, dada la capacidad humana para engañarse a sí mismo, se torna en arduo análisis muchas veces sin conclusiones claras. Pedimos, como a gritos, que alguien externo a nosotros nos contraste, nos aclare, ponga luz en lo que ocurre. Esta tarea, como digo, de distinción en nosotros mismos dista mucho de ser una labor cómoda, una sensación agradable. Unas veces vendrá dada por alguien que se siente con nosotros a compartir su palabra, otras, en la vida cristiana, viene regalada por la misma Palabra que nos interroga desde dentro. Siempre nos quedará, aunque quizá sea tarde en más de una ocasión, esperar a los frutos. Entonces, ellos, mostrarán qué había en el campo, no de qué era capaz exactamente, sino si fue o no cuidado, si fue o no labrado, si fue o no despedregado, si fueron o no eliminadas las zarzas, si fueron o no protegidas las semillas de los pájaros.

1-sep. Reparto desigual de los talentos (Mt 25,14)


Me alegra saber que Dios no trata a todo el mundo por igual, que nos ha hecho únicos. Y además, que nos hace singulares a través de sus dones, de sus regalos, de lo que desborda de su interior. Y en esto hay un primer cambio respecto a la parábola. Acostumbrados a distinguir hombres y diferenciarlos por el mal, podríamos empezar a personalizar por la bondad de cada uno. Creo que Dios mira así a cada uno de sus hijos, y por eso podemos decir que somos creados por Él, elegidos por Él y queridos desde siempre y por siempre por Él. Por el don, no por la miseria. La miseria no entraba dentro del plan. Y alguien con dos talentos puede ser perfecto en sus dos talentos, como el de cinco con cinco. Las matemáticas de Dios no son las nuestras, ¡qué bien! Aunque estas son difíciles de superar con nota para los “rígidos de corazón” y acostumbrados a la lógica del mundo.

Por otro lado, se exige también en desigualdad. A todos probablemente en el amor. Pero hay quienes han recibido mucho, ¡que den mucho! Hay quienes han sido bendecidos especialmente, ¡que bendigan aún más! Y hay quienes han acogido con sus manos una cantidad importante de capacidades, ¡que capaciten y que multipliquen! Me alegra (I like) la imagen de un Señor que obtiene el premio en la confianza que pone en el hombre, en la responsabilidad que puede tener, que no hace niños ni merma la capacidad de estos. Me alegra (I like) saber que hay hombres y mujeres de todos los siglos que han dado todo porque saben que lo han recibido todo. Han multiplicado.