30-oct. ¿A qué compararé el Reino de Dios? (Lc 13,18)


¿Seríamos capaces de responder, hoy y con nuestras formas, a esta pregunta? Porque sería muy importante descubrir cómo podemos hablar del Reino de Dios hoy, de su presencia y acción. A mí se me ocurren unas cuantas comparaciones, por ejemplo, con el mundo de internet, y un pequeño post que se va expandiendo y compartiendo por doquier. O con algún que otro espacio de la vida familiar y comunitaria, que permite el descanso. Incluso se me viene a la cabeza la importancia de la tiza dentro de la clase, por poner una comparación. Y creo que todo ello valida si comprendemos o no la lógica del Reino. No el Reino como lugar, sino la fuerza del Reino de los cielos en las cosas de la tierra, que las purifica y las engrandece, que las hace participar, de algún modo, del misterio de la Eucaristía transformándolas interiormente, que las convierte en mediaciones para el encuentro entre Dios y el hombre. Porque el Reino, por recordar algo, no es sino el Señorío de Dios en el hombre a través del Hijo y del Espíritu.

Pero siento admiración por las dos palabras que Jesús nos propone. Admiración y veneración. Un simple grano de mostaza en su pequeñez. La levadura que se pierde en la masa. Nos habla de la lógica del Reino y su poder. No de la pequeñez, sino que la pequeñez lo único que hace es darle mayor efecto y realce, como intentando encontrar algo en la tierra que sea suficientemente pequeño e insignificante pero que produzca efectos desproporcionados. Y así es el Reino. Un día le preguntas al Señor, con libertad, qué quieres de mí. Y años después te ves enrolado en una aventura de santidad. Un día, cualquiera, te das cuenta de que está vivo y que esto no puede pasar sin dar fruto. Y al tiempo te encuentras, muy bien no sabes con qué cambio de rumbo, no queriendo otra cosa sino querer y amar sin medida. Un día… tantas y tantas cosas posibles para quien se pone en manos de Dios, que hoy son curiosamente manos de mujer en la parábola, o tierra en la que somos capaces de morir. Y así es Dios, con ternura y con radicalidad, reclamando que entremos a formar parte de su lógica de gratuidad.

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28-oct. Gritad: “El Señor nos ha salvado” (Jr 31,7)


Son tantas y tantas las cosas que podemos decir y proclamar, y gritar y contar, que en ocasiones nos perdemos. Es más, creo que muchos andan hablando de todo menos de lo más importante en sus propias vidas. Que se limitan a circunloquios, a jugar con las palabras, a no se claros. Camuflan su experiencia, atienden a detalles sin importancia. Pero al final, después de una retaila, como la intervención de más de uno, se han olvidado de lo más importante. Entonces, supongo, que se sientan en su lugar y hacen memoria. Y se dan cuenta de que no han hablado de Dios, que su discurso trataba sobre lo bien que se sienten, que sus palabras estaban llenas de sus propios criterios. Y, ¡claro!, todo termina en que ha perdido fuerza y sentido todo. Porque lo importante de la Fraternidad es que Dios nos ha hecho hermanos, que Dios es Padre; y no que seamos buenos los unos con los otros. Porque lo importante de la alegría no está en lo que hemos vivido, sino que Dios concede alegría para siempre incluso donde no se puede encontrar en este mundo. Lo importante de la celebración no se una fiesta que nos hemos montado nosotros, ni lo importante del trabajo es el esfuerzo, ni lo importante del amor es… ¡qué se yo! Muchas veces los pueblos se han visto reunidos y congregados, y se han puesto a gritar. De sus gritos nació la violencia, el terror, la opresión buscando su propia liberación. Pero este pueblo reunido que cuenta Jeremías, el pueblo de Dios que va siendo poco a poco conducido a la libertad y a la salvación, sólo puede gritar una cosa: “Dios nos ha salvado.” Su fuerza será el amor, como dice la canción.

No. Jeremías pide que el pueblo se levante de júbilo, que se deje traspasar  por el entusiasmo -Dios presente en él-, que reconozca detrás de su camino el Amor y la Salvación de Dios. Y no es otra palabra, sino esta. Y no es nada más que esto: Dios ama radicalmente a los suyos, no los abandona, y ahora lo pueden ver. Es el destino final de aquellos que han confiado en el Señor. No gritéis otra cosa. No gritéis que nos ha reunido, ni que vamos caminando sin tropiezo. No gritéis que, a pesar de ser un pueblo envuelto en debilidad y con la debilidad bien visible, y tantas cosas, todo marcha. No. Gritad: “El Señor nos ha salvado.”

26-oct. Sabéis interpretar los signos de la tierra (Lc 12,54)


Mi abuela me enseñó, durante las vacaciones, muchas buenas lecciones de la vida que nunca olvidaré. Incluso más, lo siento, que otros que se han empeñado en corregirme exámenes y en evaluar mis conocimientos. Sin presión, como por ósmosis, íbamos aprendiendo en el estío los signos de la tierra. Llovería si había hormigas en la calle, no pararía de llover hasta que la lluvia no dejase de hacer borbotones en los charcos; no tiene más fuerza el más grande, sino aquel que tiene experiencia y es mañoso; la tierra sedienta no da fruto, es estéril… Y tantas otras cosas. Y por las mañanas rezaba el rosario antes de levantarse de la cama para hacer las tareas de cada día. Y por las noches, antes de descansar, nos decía que nos vería mañana si Dios quería. Y así tantas y tantas cosas del cielo, que podemos ver ya aquí en la tierra. Y mucha caridad, especial con los de fuera. Y mucho amor por los suyos. Lo sabía porque era huérfana. Y mucha capacidad para sufrir, y seguir sufriendo y amando, sin contagiar a otros de sus cosas. Y mucha libertad, en su austeridad de vida, en la dureza del campo. Y muchas cosas del cielo, insisto, que se hacían en los dos meses de verano cosas de lo más ordinarias.

Sabemos interpretar el futuro. ¡Claro que lo sabemos! Y lo sabe casi cualquiera, y se escucha por la calle. Así no vamos a ningún sitio. Parece que nos han puesto un juicio universal a todos, para meternos en una crisis de la que no sabemos cómo saldremos. Si sabemos interpretar esas cosas, y lo sabe cualquiera, y conoce los motivos cualquiera, ¿por qué no convertimos nuestro corazón de una vez para entrar en el Reino? Y todo el mundo sabe mucho del futuro, por ejemplo, que no es para siempre, y que le gustaría llegar a la ancianiad, si puede, habiendo disfrutado y vivido aportando algo al mundo. Y todo el mundo sabe que la vida del hombre, aunque efímera y pasajera, se apega mucho al amor, a la confianza; que al final no queda “algo”, sino “alguien”, y que nos hemos hecho o buenos o malos, y no hay medias tintas ni consuelos fáciles. Y así, tantas y tantas cosas que sabemos. Y si las sabemos. ¿Qué estamos haciendo?

26-oct. Uno, una (Ef 4,1)


La vocación primera de la Iglesia es la propia unidad, la firmeza en la fe. Antes que misionera, antes que servicial; porque entiendo que también es voluntad de Dios que el primer prójimo a quien antender sea el propio hermano, el hermano en la fe. Sin grupismos, ni divisiones. Unidad rotunda que deberíamos vivir y afrontar como una responsabilidad de alta prioridad. De hecho, tan prioritaria es esta unidad que la misión comienza, quizá en los tiempos que corren de forma muy especial, en el “mirad cómo es aman”. Unidad que brote del reconocimiento en el hermano del Espíritu, y de la Iglesia como Cuerpo de Cristo.

Pablo hoy lo afirma con rotundidad. Pero si leo el Evangelio de ayer, que hablaba de cómo Jesús viene a sembrar en el mundo división incluso dentro de la propia familia, me quedo un poco contrariado. ¿Por qué esta paradoja? Porque la unidad en la nueva familia no se puede hacer manteniendo “lo de siempre”. Y esto es algo que puede que no todos comprendan ni acoja, pero que yo al menos tengo claro. O dejas padre y madre, o no habrá nueva familia. Mantener ligazones, sentirse doblemente unido, al final termina siendo motivo de fractura y de tensión. O dejas de vivir “al modo de todos”, o la vida cristiana y la vida en la Iglesia supondrá una “doble pertenencia”, una “doble vida”, una “doble moral”, un “doble centro”. Y esto ningún hombre lo puede coherentemente vivir. Porque termina roto, cansado, agobiado, sin distinguir, sin norte. En algunas cosas el cuerpo nos lleva la delantera, y no permite que nos subamos a dos coches a la vez. O uno u otro. Y tampoco nos permite caminar en dos direcciones opuestas, o una u otra. Y creo que deberíamos aprender esta lección para poder abrazar el compromiso de construir Iglesia al modo como Pablo hoy nos pide; perdón, al modo como el mismo Señor nos manda: Sed siempre humildes y amables, sed comprensivos, sobrellevaos mutuamente con amor; esforzaos en mantener la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz. La pregunta final entonces sería: ¿De quién eres, y para quién es tu vida? Una unidad, no impuesta y centrada en Cristo, en la que entren todos.

12-oct. Echar demonios (Lc 11,15)


Alguno pensará, como yo en alguna ocasión, que si los demonios salen, ¡qué más da cómo sea o a cuento de quién sea! ¡Qué más da! La cuestión es que salgan, que se vayan. Porque representan el mal, pensamos. ¡Fuera y punto! Pero el caso es que algunos juegan a esconderse, mentir, parece que se van y luego vuelven, se agazapan un poco y dan la cara de vez en cuando. Lo que queremos nosotros no es esto, no es un juego. Lo que queremos de verdad, realmente, es que sean expulsados definitivamente. Una buena curación, que significa lucha y combate, entre Dios y el mal. Sabemos que Dios saldrá victorioso. Sabemos por la fe que su amor todo lo vence. Sabemos por la fe que el mal no tendrá la última palabra. Sabemos, sabemos, sabemos. Pero queremos vivirlo, confiar nuestras vidas a su fuerza. Ahí está la diferencia. En un combate que no entablamos solos, sino con su auxilio, siendo miembros del ejército más poderoso, siervos del Señor más fuerte.

En esta lucha, las posiciones están repartidas según alianzas. Quien reconoce que el mal ha salido de él, entonces ya está en el Reino de Dios.

5-oct. ¿Piensas escalar el cielo? (Lc 10,13)


Me parece legítimo, e incluso bien orientado. El hombre no ha perdido ni su rumbo ni su tendencia a la grandeza. Pero los medios, mal elegidos, no le permitirán alcanzar su objetivo. Me alegra que permanezca su rumbo, su mirada, su trascendencia, su ímpetu y fuerza. Me alegra mucho que sepa de dónde es, a dónde va, que no es uno más ni una cosa más en el mundo. Que tiene un destino, que es reclamado, que está siendo continuamente llamado. Y, al mismo tiempo, me preocupa que el hombre se pierda, sabiendo el fin, por la mala elección de los medios y por el desorden. Somos hijos de Dios, por eso miramos al cielo buscando al Padre, volver a su casa, nuestra casa. Nuestro origen y destino.

Algunos aprovechan entonces para hablar de una sociedad sin Dios, que cree que se puede construir dándole la espalda, del hombre que desea vivir como si Dios no existiera, carente de escucha y de diálogo, de acción y recreación. Pero lo que sucede hoy en el Evangelio es incluso más terrible. Porque bien sabemos que el mundo no puede sostenerse a sí mismo sin Dios, ni el hombre puede vivir si Él no comparte su vida y le da la gracia. Lo que sabemos es que Dios obra en el mundo. ¿Es el hombre el que le da incluso la espalda a sus obras, y a la dirección? ¿Pretende llegar a la grandeza que Dios brinda por otro camino? ¿Si Dios hace el camino fácil, por qué seguir renunciando a sus obras, a sus maravillas, a sus gestos de amor? No hay hombre sin Dios, ni mundo sin Dios. Pero podemos negarnos a su acción, aunque sigue actuando, porque Él es fiel y permanece en su promesa y está siempre dispuesto para con el hombre.