3-oct. Sin un lugar donde reclinar la cabeza (Lc 9,57)


Creo que esta Palabra no puede leerse ni como excelencia de lo humano, despegado y desatendiendo a los demás, ni como perfección de la libertad, porque sólo es capaz de mirar en una dirección. Más bien, al contrario, como la renuncia dolorosa que proviene de la urgencia por el Evangelio y el ímpetu de Jesús por darlo todo por el Reino. Es decir, que a los llamados al discipulado de Jesús, los llamados a dejarlo todo por el Reino, les tiene que doler y mucho, hacer sufrir y mucho, el sacrificio que hacen. Ese dolor, esas prisas, esa urgencia sentida es de por sí dolorosa. Lo otro sería propio de personas poco humanas, poco compasivas, poco amorosas. Aquí el reto y lo escandaloso es el amor que siente alguien por los suyos, un amor grande y un vínculo grande, y aún así sentirse llamado a dejarlo todo por algo mayor que le reclama. ¿Cómo no vivir ese dolor? ¿Cómo poner la excelencia en lecturas que hablan de desapego y desafección?

Detrás de las palabras de Jesús, al hablar de sí mismo como el Hijo del Hombre no encuentro ni puedo ver la prepotencia y presunción de quienes se creen más por tener menos a causa del Reino. Sino más bien el reclamo radical que hace el Padre de todo lo del hombre, y cómo éste es capaz de acoger esa llamada y responder incluso por encima de lo que le sale del corazón, por encima del amor humano, por encima de su propia lógica, por encima de su interés y criterio. Me alegra saber que muchos de mis hermanos, y de mis superiores, viven así y van de un sitio a otro, a causa del Reino. Recuerdo con especial cariño hoy a mis superiores, el P. General, Pedro Aguado, a mi P. Provincial, Daniel Hallado, a mi rector de comunidad, a quien tanto admiro, siempre preocupado de los demás y tan olvidado de sí mismo. A ellos, en quienes me fijo por su entrega y dedicación radical a la Escuela Pía y al Evangelio, mi más sincero agradecimiento. Están como están y viven como viven, no por ellos, sino por el Señor que les ha llamado ya al Reino. Tienen su tesoro y corazón en el cielo.

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Tesoro en vasijas de barro (2 Cor 4,7)


¿En qué sueles fijarte, en el tesoro o en el barro, en la vida o en la muerte, en la soledad o en la compañía? ¿Cuál es el foco por el que habitualmente empiezas la vida, la oración, el trabajo, la relación?

Propongo que acojamos todo, tal como es. El tesoro que llevamos no puede ser ocultado por el barro que lo custodia, sino no de debilidad sino de grandeza y hermosura, contagiándose así de su contenido. Barro digno, barro sublime, barro hermoso, barro que sabe y conoce y ama lo que esconde de la vista de cualquiera, especialmente del ladrón. Barro que cumple su misión. Barro frágil, que no cede a su fragilidad y continúa el viaje. Y tesoro que comparte la condición del recipiente que le da unidad, sin el cual andaría desparramado, perdería su encanto, quedaría en monedas en manos de cualquiera. Tesoro por tanto agradecido humildemente, que sabe que sin el barro no sería nada. Barro al que no le importa morir para sí mismo, ocultarse en el servicio, y tesoro que da vida y protege.

Atesorad (Mt 6,19)


Me llama poderosamente la atención el ansia que demostramos por acumular, acumular y acumular. Existen los mirones de sus propias cosas, contentos al pasar por la casa, como un emperador ante quien se doblan las gentes en su presencia. Los hay poderosos en múltiples ámbitos. No me cabe la menor duda. Que hacen gala del dinero, de la fama y del poder. Pero también se hacen emperadores de otras muchas cosas. Como recuerda Unamuno, “pobrecillos”. Algunos incluso se las dan de presumir de las cosas más altas, que son a su vez las más frágiles.

El Evangelio se coloca en otro orden de realidad. Asume que la persona queda anclada, con el corazón, a sus riquezas. Ahora bien, llega lo magnífico: “Atesorad en el cielo.” ¡Qué mejor lugar para guardar las cosas! ¡Sin ladrones! ¡Sin butrones! ¡Sin que nadie pueda quitar lo adquirido! En la memoria se pierde, en el banco ¡no digamos!, en casa se pierde, en el mundo pueden quitármelo, en el corazón… ¡recibe muchos golpes!, lo que conserva la cabeza… ¡tampoco es tan valioso! Y así sucesivamente, y cuando nos preguntamos por el cielo, la cuestión se torna diferente: ¿Qué tesoro puedo guardar en el cielo? Si nada puede subir conmigo, si cuando me vaya no me llevaré nada. Dos conclusiones: el mayor tesoro somos nosotros mismos, ¡sin egoísmos!, ¡somos un tesoro porque Dios quiere!; y puedo comenzar a vivir, en parte y sólo en parte, ya en el cielo, invitando además a otros en esta aventura del Reino. Mañana leeremos aquello de la añadidura, que tiene mucho sentido en relación a esta gran riqueza, tesoro, valía.