29-oct. Sed imitadores de Dios (Ef 4,32)


Hay veces que creo que Pablo pone el listón muy alto. Es como si me pidieran hacer la marca de salto de altura del récord del mundo para poder aprobar el curso con quince o dieceseis años. Además de sentirme niño, me quedaría frustrado de por vida. Y cuando escucho que debo ser en mi vida imitador de Dios, se me caen los palos del sombrajo, y me quedo al descubierto frente a un sol que al tiempo que ilumina también quema la piel y quema interiormente. Lo primero que me nace decir es que, verdaderamente, ¡es imposible! No sólo decirlo, sino gritarlo y protestar. Porque si está ahí puesto el listón y la prueba, ¡ni lo intento! ¿Para qué si sé que voy a perder? ¿Por qué herirme más, si ya sé que estoy herido? ¿Qué necesidad hay de mayor frustración, con lo que cuesta reconocer en ocasiones las pequeñas lamentaciones de la vida?

Entiendo que cuando ponemos la cota de la salvación en el esfuerzo ético, en la ascesis y la privación, en el mero ejercicio de las virtudes, por muy teologales que sean, el hombre no llega a nada. Todo lo que se puede creer, amar y esperar a base de los propios intentos y esfuerzos queda en poco, aunque parezca mucho, en comparación con el deseo de más que siempre llevamos dentro. La insatisfacción que en ocasiones rezuma la vida cristiana se debe, en parte, a reducciones de este estilo. No puede prescindir de la ética y la moral, pero no se puede ver encerrada en ella. Es más, mucho más. De hecho, cuando leemos el texto completo, y Pablo comienza a “partir” lo que significa “imitar a Dios”, la primera referencia que encuentra es a Cristo. Hombre, como nosotros, nos conduce y orienta en el camino. Y Dios, en su dignidad divina, también se constituye en mediador nuestro. A ejemplo de Cristo “sí” es posible imitar a Dios, siempre y cuando nos dejemos salvar por Él y entremos en su vida. Ésta es la clave del seguimiento. Pero Pablo, además, añade a esa “imitación de Dios” la comunión de los santos, la vida en la Iglesia y en la comunidad. Ahí también se refleja la “imitación de Dios” a la que está llamada el hombre: vida en el amor y entrega generosa y sacrificada de los unos por los otros. Una imitación, por tanto, que Dios ha hecho asequible al hombre, abajándose él mismo. En la luz del Evangelio somos hechos “hijos de la luz”.

26-oct. Uno, una (Ef 4,1)


La vocación primera de la Iglesia es la propia unidad, la firmeza en la fe. Antes que misionera, antes que servicial; porque entiendo que también es voluntad de Dios que el primer prójimo a quien antender sea el propio hermano, el hermano en la fe. Sin grupismos, ni divisiones. Unidad rotunda que deberíamos vivir y afrontar como una responsabilidad de alta prioridad. De hecho, tan prioritaria es esta unidad que la misión comienza, quizá en los tiempos que corren de forma muy especial, en el “mirad cómo es aman”. Unidad que brote del reconocimiento en el hermano del Espíritu, y de la Iglesia como Cuerpo de Cristo.

Pablo hoy lo afirma con rotundidad. Pero si leo el Evangelio de ayer, que hablaba de cómo Jesús viene a sembrar en el mundo división incluso dentro de la propia familia, me quedo un poco contrariado. ¿Por qué esta paradoja? Porque la unidad en la nueva familia no se puede hacer manteniendo “lo de siempre”. Y esto es algo que puede que no todos comprendan ni acoja, pero que yo al menos tengo claro. O dejas padre y madre, o no habrá nueva familia. Mantener ligazones, sentirse doblemente unido, al final termina siendo motivo de fractura y de tensión. O dejas de vivir “al modo de todos”, o la vida cristiana y la vida en la Iglesia supondrá una “doble pertenencia”, una “doble vida”, una “doble moral”, un “doble centro”. Y esto ningún hombre lo puede coherentemente vivir. Porque termina roto, cansado, agobiado, sin distinguir, sin norte. En algunas cosas el cuerpo nos lleva la delantera, y no permite que nos subamos a dos coches a la vez. O uno u otro. Y tampoco nos permite caminar en dos direcciones opuestas, o una u otra. Y creo que deberíamos aprender esta lección para poder abrazar el compromiso de construir Iglesia al modo como Pablo hoy nos pide; perdón, al modo como el mismo Señor nos manda: Sed siempre humildes y amables, sed comprensivos, sobrellevaos mutuamente con amor; esforzaos en mantener la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz. La pregunta final entonces sería: ¿De quién eres, y para quién es tu vida? Una unidad, no impuesta y centrada en Cristo, en la que entren todos.

7-oct. Alguien que le ayude (Gn 2,18)


No sólo eso. Sino alguien como él. Alguien diferente a todo, reconocible de primera mano, con quien vivir en la misma dirección. Alguien como él, que le ayude porque no puede vivir solo, significa igualmente alguien necesitado de ayuda, que tampoco es bueno que esté en soledad. Ambos, por tanto, en similares condiciones y al mismo tiempo diferentes, capaces de sacarse el uno al otro de esa sensación radical de abandono que es la soledad, y ayudarse el uno al otro en la tarea de conquistar el mundo, de vivir, de poner orden en la creación, de nombrar todo, de estar disfrutando de todo. En la tarea de abrazarse, de cuidarse, de ejercer la libertad, de decidir, de soportar el peso de todo, de dialogar, de soñar, de contemplar la belleza, de expresar la verdad, de unirse a todo. Porque no debemos olvidar, al leer y orar con este texto, que se trata de la historia antes del pecado, antes de la división, antes del orgullo de los hombres frente a Dios. Un regalo inconmensurable, en el que el hombre comparte con Dios esa compañía indespensable con quien compartir y a quien entregarse por entero. Entonces los hombres, los primeros, los prelaxarios, sentían necesidad de darse por entero y vaciarse por entero en alguien que pudiera recibirlos completamente. El amor con que vivían lo hacía necesario.

Me parece hermoso y bello poder contemplar cómo fue creado el hombre y la mujer al principio, sin serpientes ni árboles ni frutos, y considerar que la causa es igualmente el final, que el origen comparte algo con la meta. Nuestra situación es intermedia. Ni es la primera, de origen, ni es todavía la final, el Reino. En nuestra situación y condición todo esto ha cambiado, o lo ha hecho cambiar todo, ahora bajo el signo del esfuerzo. Aunque sigue siendo absolutamente cierta la necesidad del hombre de alguien igual que él, de la entrega por amor, de la huida de la soledad.

18-sep. Ambicionad los carismas mejores (1Cor 12,12)


Este texto de Pablo, el del Cuerpo, es para muchos una llamada a la diversidad, al respeto de las diferencias, a la afirmación de la existencia de carismas particulares y originales, a ocupar cada uno distintos lugares dentro de un cuerpo. Y así sucesivamente, más y más diversidad. Sin embargo, me suena que “lo del Cuerpo” significa lo contrario. No la afirmación de la diversidad sino la llamada cuasimatrimonial a ser uno. Los ojos engañan, los sentidos también, y muestran una diferencia erradicada con la participación en el bautismo, en la fe, en el seguimiento de Cristo. Si nos centrásemos más en la unidad… otro gallo cantaría. Si consiguiésemos acercarnos un poco más a los sentimientos de Cristo, y compartirlos con Él… otro gallo cantaría. Si aceptásemos la humilde participación en la Iglesia y en su unidad… otro gallo nos cantaría.

La lista de carismas, tan ordenada y concreta, que seguramente la comunidad de Corinto era capaz de reconocer en sí misma, es transparente y nítida. Comienza en los apóstoles, porque a ellos precisamente se les pide que garanticen la unidad. Después de ellos, los profetas y los maestros. ¿Tan grande es el don apostólico que supera al de profecía y al de la enseñanza? ¡Efectivamente! Y subrayo que sólo pueden existir después de don hecho a los apóstoles, a quienes guardan la fidelidad y han recibido la llamada de Dios para serlo. Ningún otro puede ponerse en su lugar, sin la elección de Dios. Ellos, de nuevo, están en función de la unidad de la Iglesia y de la integridad de su fe, garantes de la comunión con Cristo son quienes confirman la fe adulta en la comunidad creyente. Es muy fácil escuchar otras propuestas, hacerse ídolos e iglesias “a la medida”. Pero la lógica de Dios pasa por la elección y obediencia de estos hombres, que entregan su vida bajo el signo de la Palabra, y mantienen la Tradición.

11-sep. Imaginar a Jesús pronunciando tu nombre (Lc 6,12)


Nosotros somos muy listos, y leemos la lista sabiendo lo que va a pasar después con sus vidas. Conocemos a Pedro porque hemos visto su historia, sus aventuras, el grado de su seguimiento. Conocemos a Tomás, con sus dudas. Conocemos a Andrés, acercando al niño a Jesús. Conocemos a Santiago, y su cercanía con el Señor, testigo de tantos acontecimientos de forma especial. Conocemos a Mateo, que antes era recaudador. Conocemos a Juan, reposando su cabeza en Jesús durante la cena, y un día después le hemos pintado y esculpido a los pies de la Cruz. Conocemos a Judas. Conocemos a estos discípulos en sus aventuras con la barca, con sus miedos, con sus luchas por comprender el poder de Dios, de su sueño en el huerto, de su huída y encerramiento, de su explosión de júbilo tras la resurrección. Pero ellos, hoy, cuando Jesús pronuncia su nombre por primera vez no saben nada de esto. Dejan lo que tienen entre manos, abandonan en cómodo lugar del discípulo para pasar al apostolado, y de ahí a dar su vida por Cristo. Pero ellos, pescadores y hombres de otros oficios, ellos no sabían nada de esto. Comienza su seguimiento, han sido asociados a la voz del Pastor que les llama. Primero serán pescadores de hombres, después constituidos en pastores de la Iglesia.

De eso sí que sabemos también nosotros. De la impresionante novedad que sopone que el mismo Dios nos llame por el nombre, nos conozca íntimamente, nos confíe participar en su misión. De eso, sí sabemos. Porque también lo hemos vivido. Ahora delante del Resucitado, conociendo su Gloria, aún en la precariedad de nuestra fe, en la debilidad de nuestros pasos, en la oscuridad de su presencia que se vuelve en ocasiones ausencia. Nosotros hoy, como primer rayo del día después de la noche entera de oración, podemos permitir que Dios pronuncie nuestro nombre. Imagina que Dios te llama. Porque no imaginarás en vacío. Imaginarás el corazón mismo del Señor, que muchas veces te ha llamado aunque tú no lo hayas escuchado todavía con claridad. Imagina que te llama, no aislado y sólo a ti, sino entre muchos, en comunidad, en Iglesia, como el nuevo Pueblo, el Reino de Dios, el cielo en la tierra.

Que todos sean uno (Jn 17,20)


Si hoy la oración versa sobre la unidad, y Jesús mismo es quien la dirige al Padre, es para nosotros aviso y constatación de una división que no se vence ni con propósitos, ni con proyectos, ni con muchos intentos y esfuerzos. Sólo en la súplica y el deseo. Si en algún momento de la vida, Dios te ha regalado la comunión con alguien hasta el extremo de poder decir que érais uno, sabes bien de qué te hablo. En ella, la persona ni desaparece, ni se desintegra, ni pierde originalidad, sino que recupera toda su fuerza, brillo y hermosura. Se trata del amor llevado hasta el extremo, unidad que sólo se hace posible saliendo de nosotros mismos, venciendo el egoísmo y adentrándonos en un corazón común, miembros del mismo cuerpo. La división se expresa en nuestro mundo, sin embargo, de múltiples formas y se muestra victoriosa: en el individualismo, en la xenofobia, en los mejores frente a los peores, en la estigmatización de los “menos”, en los guettos, en la posesión, en las guerras, en el odio y la envidia, en el robo, en el uso de los unos y de los otros, en las fronteras, también en nuestros límites y debilidades, en los muros que levantamos para defendernos de los demás.

Te bendigo, Padre, por los hermanos que me has dado. Ellos me han hecho descubrir el Reino, con ellos he pisado por primera vez el cielo. Allí dondo reinará el amor para siempre. El mundo ha escuchado tu oración y desea que se cumpla lo que pides. ¡Ayúdanos! En pequeños rincones del mundo, en los que el Evangelio fue sembrado y da fruto, todo es de todos, los unos viven para los otros, los fuertes cargan con los débiles, y no se da tregua a la separación.