28-nov. No preparéis vuestra defensa (Lc 21,12)


Soy de los que piensan cuando van de camino, de los que tienen preparadas las palabras de la homilía antes de hablar, y puedo reproducir dos o tres veces casi la misma clase, con sus chistes y ejemplos, bajo una aparente sensación de naturalidad. Y, sin embargo, puedo decir con claridad que lo mejor que he podido decir en este mundo es algo que en absoluto estaba preparado. ¿Preparación? ¿Formación previa? ¿Inspiración? Dejar que el Espíritu hable en nosotros bien sabemos que no es sencillo. Lo normal es escudriñar historias y entrelazar acontecimientos, seleccionar temas clave y valerse de la retórica. Palabras bonitas, un estudio que considero necesario para hacer bien un anuncio, y tratar tanto lo humano como lo divino con dignidad.

Llegado el momento de la prueba, ¡abandónate! Llegado el tiempo de la dificultad y del juicio, ¡sé libre de ti mismo incluso! Llegado el tiempo en que los hombres levanten sus juicios y criterios contra Dios mismo, ¡resiste y manten tu posición firme en el Evangelio recibido! Pero antes de todo esto, antes de que suceda, y ya te están anunciando que llegará el tiempo de la prueba, ¡adelántate! Entonces no tendrás tiempo para sembrar, sólo para recoger. Entonces el Espíritu hablará, no en un lenguaje que no conozcas, sino a través de todo lo que hayas vivido. Siembra, riega, cuida, vela, haz crecer en ti. Escucha antes, ora antes, reflexiona antes, dialoga antes, comparte antes, recibe en plenitud, fortalece, acrecienta, nutre tu alma. En el tiempo de la prueba, en el tiempo de la madurez, del conflicto y de la lucha, ¡el Espíritu será tu valedor! Lo que hayas aprendido no te servirá, y sabrás que es el Espíritu quien habla.

26-nov. Lo ha dado todo (Lc 21,1)


Un amigo catequista me hizo caer hace poco en la cuenta de que esta mujer había echado dos monedas. No una de las dos, sino las dos. Una moneda de aquellas sería para poco. Las dos juntas, igualmente. Y era todo lo que tenía, es decir, nada. Pero pudiendo haberse quedado con una de las dos monedas, prefirió despojarse de las dos. Ninguna de las dos le daría la seguridad ni la confianza, ni la vida que necesitaba para vivir. Para qué quedarse entonces con ella. La vida está en otros lares. Como diciéndose a sí misma: “Todo lo pongo en tus manos. Mañana será otro día.” Esta mujer recibió estas monedas por la mañana, y por la tarde ya no eran suyas. Un ejercicio profundo y de gran significado: por el día acoger, por la noche recapitular todo en Dios entregándolo y dejándolo todo en sus manos.

Creo que esta mujer se había sentido cuidada y respetada por el Único Señor. Ningún lugar como en sus manos para que aquel don precioso de su misma vida pudiera ser robado. Piénsalo: aquella mujer encontró el mejor banco de la historia, donde nadie podría robarla jamás, en el que no hay intereses de ningún tipo, en el que todo se realiza por gracia. Dios no se va a guardar monedas. Para qué quiere Dios monedas. Por eso, ningún lugar como aquel para saber que lo que necesita para vivir lo iba a conseguir al día siguiente. No se trata de ganarse la vida interesadamente, sino de dejar todo en las manos del único que puede asegurarle la vida mañana, y pasado, y eternamente.

31-oct. Cada uno, a lo suyo (Ef 6,1)


Cierto que la carta responde a un contexto en el que hay esclavos, que no debería ser el nuestro. Lo que muestra es que siguen existiendo padres e hijos, y eso no se borrará jamás. Pero tampoco creo que sea la clave de lectura. Sino que más bien, lo que hoy me inspira, es que cada uno tiene lo suyo de parte del Señor, y me pregunto si somos capaces hoy de hacer esta lectura en tantas otras realidades eclesiales: laicos, a lo vuestro; sacerdotes, a lo vuestro; profesores, a lo vuestro; directores, a lo vuestro; ingenieros, a lo vuestro; catequistas, a lo vuestro; enfermeros, a lo vuestro… y así sucesivamente. Me gustaría alargar la lista tanto como pudiera, para que todos entrasen. Porque en descubrir estas particularidades también consiste un buen discernimiento: el lugar que cada uno ocupa, y cómo debe responder con él al Señor, que se lo pagará.

Lo que me cautiva del todo, es el final. Seáis lo que seáis, creáis que sois lo que creáis que sois, tengáis la dignidad que tengáis, considerar que todos tenéis un amo en el cielo, que no es parcial con nadie. Porque, por desgracia, aquí en la tierra debemos asumir la parcialidad de nuestros criterios y de nuestras opciones, la excesiva importancia que le damos a los gustos y a los criterios del corazón… Parcialidad, no del amor precisamente, sino que aquí se refiere a una preferencia poco evangélica, más instintiva que constructiva, más terrenal que del reino. Porque si la parcialidad fuera el amor incondicional, ¡sería otra cosa! Pero no. Esa incondicionalidad sólo se le pega al hombre en la medida en que está cerca, muy cerca diría yo, de Dios. Y lo tiene siempre presente como su Amo y Señor.

29-oct. Sed imitadores de Dios (Ef 4,32)


Hay veces que creo que Pablo pone el listón muy alto. Es como si me pidieran hacer la marca de salto de altura del récord del mundo para poder aprobar el curso con quince o dieceseis años. Además de sentirme niño, me quedaría frustrado de por vida. Y cuando escucho que debo ser en mi vida imitador de Dios, se me caen los palos del sombrajo, y me quedo al descubierto frente a un sol que al tiempo que ilumina también quema la piel y quema interiormente. Lo primero que me nace decir es que, verdaderamente, ¡es imposible! No sólo decirlo, sino gritarlo y protestar. Porque si está ahí puesto el listón y la prueba, ¡ni lo intento! ¿Para qué si sé que voy a perder? ¿Por qué herirme más, si ya sé que estoy herido? ¿Qué necesidad hay de mayor frustración, con lo que cuesta reconocer en ocasiones las pequeñas lamentaciones de la vida?

Entiendo que cuando ponemos la cota de la salvación en el esfuerzo ético, en la ascesis y la privación, en el mero ejercicio de las virtudes, por muy teologales que sean, el hombre no llega a nada. Todo lo que se puede creer, amar y esperar a base de los propios intentos y esfuerzos queda en poco, aunque parezca mucho, en comparación con el deseo de más que siempre llevamos dentro. La insatisfacción que en ocasiones rezuma la vida cristiana se debe, en parte, a reducciones de este estilo. No puede prescindir de la ética y la moral, pero no se puede ver encerrada en ella. Es más, mucho más. De hecho, cuando leemos el texto completo, y Pablo comienza a “partir” lo que significa “imitar a Dios”, la primera referencia que encuentra es a Cristo. Hombre, como nosotros, nos conduce y orienta en el camino. Y Dios, en su dignidad divina, también se constituye en mediador nuestro. A ejemplo de Cristo “sí” es posible imitar a Dios, siempre y cuando nos dejemos salvar por Él y entremos en su vida. Ésta es la clave del seguimiento. Pero Pablo, además, añade a esa “imitación de Dios” la comunión de los santos, la vida en la Iglesia y en la comunidad. Ahí también se refleja la “imitación de Dios” a la que está llamada el hombre: vida en el amor y entrega generosa y sacrificada de los unos por los otros. Una imitación, por tanto, que Dios ha hecho asequible al hombre, abajándose él mismo. En la luz del Evangelio somos hechos “hijos de la luz”.

22-oct. Dios no ha hecho vivir con Cristo (Ef 2,1)


Hace unos años era famosa la pregunta qué haría Cristo en mi lugar, y perderla para el día a día es una verdadera lástima. Me parece que es una catequesis, una oración, una clave educativa perfecta. Y es que hay veces que hemos tirado todo lo antiguo sin criterio alguno. Esta pequeña pregunta nos provoca mucho, nos ayuda a conocernos mucho, nos hace vivir como cristianos, que en definitiva no es más que ser de Dios y de Cristo, para la Iglesia y el mundo. Y sería bueno retomarla, para romper con ciertos deseos y tendencias personales, con hábitos y rutinas que no nos conducen a nada. Quizá empezar de vez en cuando a tenerla presente, luego pasar a mayor cotidianeidad.

La tiramos a la basura porque nos parecía moralizante. Supongo. Mejor dicho, les parecía a algunos moralizante. La relación con Dios debe ser más auténtica para unos, y no les falta razón, y más contundente para otros, y tampoco tienen razón. Sin embargo, a unos y a otros les diría que escuchasen un poco más a Pablo hoy, que nos dice que esto de ser cristiano significa olvidarse de uno y de sus deseos, que provienen vaya usted a saber de dónde, y pasar a ser de Cristo y para Cristo, dejando que él viva con nosotros, permitiéndole cercanía en nuestra historia y en nuestras historias, dándole pie a intervenir y a dialogar con nosotros. La pregunta infantil qué haría Cristo en mi lugar nos llevará, sin duda alguna con paciencia, al diálogo en el que le preguntemos qué puedo hacer por ti, mi Señor para mostrar la misma cercanía a los hombres y el mismo amor que tú estás ahora mismo y aquí mismo demostrándome a mí. Sin duda alguna, Dios ha querido vivir, por otro lado, tan cerca de nosotros que se hace presente en los demás, en los acontecimientos. Y nos llama y nos reclama. Este diálogo con él no es ni vacío ni se vive en la nada, sino donde menos te lo esperes. Incluso detrás de unas zapatillas, en zapatillas o con zapatos, con botas o con mocasines… ¡qué más da lo que calza si la cuestión es que deja huella de santidad en nosotros!

9-oct. Y alababan a Dios por mi causa (Gal 1,13)


Hacen falta testigos de la fe. Muchos, y valiosos. Que den a conocer su historia, que cuenten su propia conversión. No sólo que hablen de la fe, sino de cómo han llegado a ella. De los lugares más diversos, y de las posiciones más distantes. Hacen falta testigos que confiesen la fe en su propia historia, que cuenten los milagros, y que se abran así a profundizar lo que les ocurrió. Debemos profundizar en nuestra propia vida.

Pablo lo sabe. Y lo cuenta. De perseguidor a defensor. ¿Qué ha pasado en medio? Que Dios se reveló, que trató con el Hijo, que se acercó a la Iglesia. Tres elementos: acoger una Palabra que viene de Dios, no de los hombres; el trato con el Hijo, con el Dios en su Encarnación, Pasión y Resurrección; y la proximidad a la Iglesia, a la comunidad, a la fe de los primeros cristianos, a los que pudieran acompañar su camino, a los que fueran capaces de enseñarle y educarle en la fe, a aquellos con quienes hablar de lo que le estaba pasando. Se le abrieron los ojos, nada más que eso; y quiso ver, y no cerró los ojos de nuevo. Se le abrió el corazón, y acogió el perdón; y quiso la misericordia que recibía, y no se sintió orgulloso ni se justificó a sí mismo. Que se dio cuenta de la verdad, de lo que había sucedido en él y en la Historia, en él y en otros. De perseguidor a persona con una vida encendida y apasionada, dispuesto a dejarlo todo, a hacer de su vida por entero un testimonio. Dios le pasó el testigo. Y los gentiles empezaban a conocer su historia, a escuchar hablar de él, y de lo que en su vida había ocurrido. Comenzaron las preguntas, creció su autoridad, no por sus palabras, sino por lo que Dios ha hecho en su vida.