26-nov. Lo ha dado todo (Lc 21,1)


Un amigo catequista me hizo caer hace poco en la cuenta de que esta mujer había echado dos monedas. No una de las dos, sino las dos. Una moneda de aquellas sería para poco. Las dos juntas, igualmente. Y era todo lo que tenía, es decir, nada. Pero pudiendo haberse quedado con una de las dos monedas, prefirió despojarse de las dos. Ninguna de las dos le daría la seguridad ni la confianza, ni la vida que necesitaba para vivir. Para qué quedarse entonces con ella. La vida está en otros lares. Como diciéndose a sí misma: “Todo lo pongo en tus manos. Mañana será otro día.” Esta mujer recibió estas monedas por la mañana, y por la tarde ya no eran suyas. Un ejercicio profundo y de gran significado: por el día acoger, por la noche recapitular todo en Dios entregándolo y dejándolo todo en sus manos.

Creo que esta mujer se había sentido cuidada y respetada por el Único Señor. Ningún lugar como en sus manos para que aquel don precioso de su misma vida pudiera ser robado. Piénsalo: aquella mujer encontró el mejor banco de la historia, donde nadie podría robarla jamás, en el que no hay intereses de ningún tipo, en el que todo se realiza por gracia. Dios no se va a guardar monedas. Para qué quiere Dios monedas. Por eso, ningún lugar como aquel para saber que lo que necesita para vivir lo iba a conseguir al día siguiente. No se trata de ganarse la vida interesadamente, sino de dejar todo en las manos del único que puede asegurarle la vida mañana, y pasado, y eternamente.

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11-nov. Quien lo ha dado todo (Mc 12,38)


Los dos reales de la viuda, y la viuda misma, sólo son el final. Aquellos que son capaces de darlo todo, pese a que tengan poco. Y lo dan sin que eso suponga nada para quien lo recibe. Dos monedas no llevan a nadie a ningún lugar. Las monedas han dejado de ser lo importante. Es la viuda la que se entrega a sí misma, y a quien quizá el resto de cosas le sobran. Vive de lo que le dan, como sabemos, y el resto no le sirve de nada. Dios se lo dio, le permitió vivir un día más, y al final de la jornada pone su cuenta a cero. Mañana, sin la seguridad de quien todo lo tiene, será otro día. Y volverá a fiarse de Dios para comer y sustentarse, y dará gracias en el templo por la noche.

Los escribas tienen todo, y creen que también poseen a Dios, y pueden jugar con Él a su placer, incluso aprovecharse de él porque han sido puestos “por derecho divino en una posición privilegiada”. Pero desconocen todo de la vida, y son unos ignorantes respecto de Dios. Porque Dios no enriquece, como tantos piensan, con cosas, sino con Vida. Esa vida que no se puede recibir cuando las manos están llenas, cuando nos atrapan y encarcelan las seguridades, cuando tenemos una cuenta corriente que nos impide vivir la confianza en Dios, cuando las ropas dignas no nos dignifican sino que nos agravian, y no muestran el esplendor de Dios sino los criterios del mundo. Pero la viuda no se indigna, porque va centrada. Sabe lo que tiene que hacer, y aquellos hombres no serán obstáculo para su fe y entrega. Se fija, como quien ha sufrido y ha alcanzado sabiduría, en lo que ella puede y debe hacer por Dios. Y sigue adelante. Mañana se volverá a repetir la situación, digan lo que digan los hombres, porque lo que importa es lo que Dios quiere.

11-Nov. Dios te pide todo, y si no tienes nada, da nada (1Re 17,10)


Elías es un impertinente. Lo hace de parte de Dios, pero sigue siendo un impertinente, y no dejará de serlo. Es el nombre que se merece alguien que pide y pide, sin atender ni hacer caso de la situación de otras personas. Qué agotador es vivir con estos hombres, que son como niños. Lo que le place, eso demanda. Que le hagan caso una y otra vez. Hasta que llega el momento de escuchar: me quedé con nada para mí, te lo he dado todo, sólo falta este resquicio de vida por compartir. Y aún así, como Elías es un impertinente, lo pide. Sin pagar con monedas, a cambio de una promesa.

La viuda de Sarepta era viuda, trabajadora, pobre y con un hijo a quien criar. Todo esto, que está bien dicho, es insuficiente para describirla. La viuda de Sarepta, con la que providencialmente se encontró Elías porque Dios es bueno, era una mujer con aguante y soporte, con entrega y generosa. Si topa con otras personas, en otras condiciones menos dolorosas, a Elías lo hubieran mandado a paseo. Pero esta mujer, educada en la escuela de la vida y que creía en Dios, es ya una mujer buena. No es Elías quien hace el regalo sino Dios, y Dios ha regalado a Elías el encuentro con esta mujer tan buena, y a la mujer le ha dado, no a Elías, sino una fe que va a fructificar. Ya digo, si Elías, por mucho profeta que fuera, se hubiera encontrado con otra persona, otro gallo cantaría. Pero Dios es bueno, y le da a cada uno lo que corresponde. El gran regalo y don de esta lectura es para Elías, con el testimonio de fe de esta mujer. Lo demás, que son cosas, valen más bien poco cuando se conoce a Dios.

Primero prepárame a mí (1Re 17,7)


Lo que se pide a la viuda de Sarepta no tiene nombre. Una mujer, viuda, con un hijo a su cargo, que pasa necesidad hasta el punto de creer que está ya ante su último bocado de comida, sin un presente donde se vislumbre esperanza y sin futuro que pueda entusiasmarla, arrastrando un pasado todavía por reconciliar. Y llega el profeta, con toda su sabiduría, y le pide prioridad, urgencia y servicio. ¡Sin palabras! ¡Lo último que se nos ocurriría a cualquiera de nosotros! Pero claro, será que no somos profetas.

Elías es un comodón e insensible, egoísta y egocéntrico, daprichoso e indolente. Me quedo sin adjetivos ante su atrevimiento. Estando la mujer como está, y todavía le pide que ame a Dios primero, que lo demás vendrá con confianza por añadidura. No sé tú, pero este hombre o tiene mucha fe en Dios, o es un estúpido sin ojos en la cara y sin corazón de carne. ¿Será que pase lo que pase, Dios y el amor deben estar siempre a la cabeza de nuestras preocupaciones y amores? ¿Deja Dios de amar en estos momentos? ¿Será que realmente lo demás se dará por añadidura? Hasta donde yo sé, esta mujer se fió, confió. Y lo hizo porque pudo escuchar, no cerró su corazón. Como poco pudo ver que todavía amaba, y mucho. ¡El inicio de su riqueza!

(1 Re 17,7) En aquellos días, se secó el torrente donde se había escondido Elías, porque no había llovido en la región. Entonces el Señor dirigió la palabra a Elías: «Anda, vete a Sarepta de Fenicia a vivir allí; yo mandaré a una viuda que te dé la comida.» Elías se puso en camino hacia Sarepta, y, al llegar a la puerta de la ciudad, encontró allí una viuda que recogía leña. La llamó y le dijo: «Por favor, tráeme un poco de agua en un jarro para que beba.» Mientras iba a buscarla, le gritó: «Por favor, tráeme también en la mano un trozo de pan.» Respondió ella: «Te juro por el Señor, tu Dios, que no tengo ni pan; me queda sólo un puñado de harina en el cántaro y un poco de aceite en la alcuza. Ya ves que estaba recogiendo un poco de leña. Voy a hacer un pan para mí y para mi hijo; nos lo comeremos y luego moriremos.»  Respondió Elías: «No temas. Anda, prepáralo como has dicho, pero primero hazme a mí un panecillo y tráemelo; para ti y para tu hijo lo harás después. Porque así dice el Señor, Dios de Israel: “La orza de harina no se vaciará, la alcuza de aceite no se agotará, hasta el día en que el Señor envíe la lluvia sobre la tierra.”»  Ella se fue, hizo lo que le había dicho Elías, y comieron él, ella y su hijo. Ni la orza de harina se vació, ni la alcuza de aceite se agotó, como lo había dicho el Señor por medio de Elías.