7-Nov. Sentarse a hacer cuentas (Lc 14,25)


No sé cómo decirlo, pero me ha resultado paradójico escuchar hoy que “sentarse a calcular” signifique, no tanto ver cuánto tengo para poder construir, como cuánto debo dejar, de cuánto me tengo que desprender, qué tengo que vivir con entera libertad y sin ataduras. Hacer cuentas implica mayor austeridad, para poder ganarlo todo, abrir más las manos para soltar y abrazar una vida nueva llevando la cruz.

Algo de locura sí que hay en todo esto. Que el Maestro anuncie, sin reparos a los suyos, que vivir cristianamente pasa por necesidad a través de la Cruz, que asemejarse  compartir su vida atraviesa esta puerta estrecha… ¡tiene mucho de locura! Lo suyo sería, Señor Jesús, verder la salvación de otro modo, para que así nos decidamos con más ímpetu y con mayor pasión, con más gusto inicial. Pero no, el Señor no conoce del marketing moderno ni de las lógicas del mercado que nos ha llevado a la crisis en todos los sentidos. Se trata, parece decir desde el inicio, de disponer de todo el amor del mundo desde el principio, para amarlo todo sin medida. Incluso la cruz. Se trata de llevar la Cruz detrás del Maestro; no tnato llevarla en el cuello, o en el llavero, como una de tantas cosas, sino de cargar con ella sintiendo su peso, la exigencia que comporta. Se trata de un aviso, y nada más que eso, que nos hace pensar que todo aquel que es capaz de llevar la Cruz no está solo, porque no está en sus fuerzas. Y si no, ¡siéntate a hacer cuentas y verás! Descubrirás que cuando te has abrazado a ella con decisión nunca has estado solo.

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31-oct. Cada uno, a lo suyo (Ef 6,1)


Cierto que la carta responde a un contexto en el que hay esclavos, que no debería ser el nuestro. Lo que muestra es que siguen existiendo padres e hijos, y eso no se borrará jamás. Pero tampoco creo que sea la clave de lectura. Sino que más bien, lo que hoy me inspira, es que cada uno tiene lo suyo de parte del Señor, y me pregunto si somos capaces hoy de hacer esta lectura en tantas otras realidades eclesiales: laicos, a lo vuestro; sacerdotes, a lo vuestro; profesores, a lo vuestro; directores, a lo vuestro; ingenieros, a lo vuestro; catequistas, a lo vuestro; enfermeros, a lo vuestro… y así sucesivamente. Me gustaría alargar la lista tanto como pudiera, para que todos entrasen. Porque en descubrir estas particularidades también consiste un buen discernimiento: el lugar que cada uno ocupa, y cómo debe responder con él al Señor, que se lo pagará.

Lo que me cautiva del todo, es el final. Seáis lo que seáis, creáis que sois lo que creáis que sois, tengáis la dignidad que tengáis, considerar que todos tenéis un amo en el cielo, que no es parcial con nadie. Porque, por desgracia, aquí en la tierra debemos asumir la parcialidad de nuestros criterios y de nuestras opciones, la excesiva importancia que le damos a los gustos y a los criterios del corazón… Parcialidad, no del amor precisamente, sino que aquí se refiere a una preferencia poco evangélica, más instintiva que constructiva, más terrenal que del reino. Porque si la parcialidad fuera el amor incondicional, ¡sería otra cosa! Pero no. Esa incondicionalidad sólo se le pega al hombre en la medida en que está cerca, muy cerca diría yo, de Dios. Y lo tiene siempre presente como su Amo y Señor.

29-oct. Sed imitadores de Dios (Ef 4,32)


Hay veces que creo que Pablo pone el listón muy alto. Es como si me pidieran hacer la marca de salto de altura del récord del mundo para poder aprobar el curso con quince o dieceseis años. Además de sentirme niño, me quedaría frustrado de por vida. Y cuando escucho que debo ser en mi vida imitador de Dios, se me caen los palos del sombrajo, y me quedo al descubierto frente a un sol que al tiempo que ilumina también quema la piel y quema interiormente. Lo primero que me nace decir es que, verdaderamente, ¡es imposible! No sólo decirlo, sino gritarlo y protestar. Porque si está ahí puesto el listón y la prueba, ¡ni lo intento! ¿Para qué si sé que voy a perder? ¿Por qué herirme más, si ya sé que estoy herido? ¿Qué necesidad hay de mayor frustración, con lo que cuesta reconocer en ocasiones las pequeñas lamentaciones de la vida?

Entiendo que cuando ponemos la cota de la salvación en el esfuerzo ético, en la ascesis y la privación, en el mero ejercicio de las virtudes, por muy teologales que sean, el hombre no llega a nada. Todo lo que se puede creer, amar y esperar a base de los propios intentos y esfuerzos queda en poco, aunque parezca mucho, en comparación con el deseo de más que siempre llevamos dentro. La insatisfacción que en ocasiones rezuma la vida cristiana se debe, en parte, a reducciones de este estilo. No puede prescindir de la ética y la moral, pero no se puede ver encerrada en ella. Es más, mucho más. De hecho, cuando leemos el texto completo, y Pablo comienza a “partir” lo que significa “imitar a Dios”, la primera referencia que encuentra es a Cristo. Hombre, como nosotros, nos conduce y orienta en el camino. Y Dios, en su dignidad divina, también se constituye en mediador nuestro. A ejemplo de Cristo “sí” es posible imitar a Dios, siempre y cuando nos dejemos salvar por Él y entremos en su vida. Ésta es la clave del seguimiento. Pero Pablo, además, añade a esa “imitación de Dios” la comunión de los santos, la vida en la Iglesia y en la comunidad. Ahí también se refleja la “imitación de Dios” a la que está llamada el hombre: vida en el amor y entrega generosa y sacrificada de los unos por los otros. Una imitación, por tanto, que Dios ha hecho asequible al hombre, abajándose él mismo. En la luz del Evangelio somos hechos “hijos de la luz”.

28-oct. Nadie puede arrogarse esta dignidad: es Dios quien llama (Hbr 5,1)


Cuando alguien reclama para sí algo que no le corresponde estamos cometiendo dos grandes errores, que yo llamaría pecados: por un lado estamos haciendo lo que Dios no quiere, porque si quisiera, nos lo habría pedido a nosotros y no a nuestro hermano, a nuestro vecino, a nuestro compañero…; por otro, desatendemos lo que Dios quiere de nosotros, porque ya no tenemos ni tiempo, ni fuerzas, ni alegría. Resulta en ocasiones más “bonito” lo que le toca a otros, aunque es un engaño. Como cuando tienes exámenes y en lugar de estar centrado, te interesa leer otras muchas cosas. Nunca antes te importó, hata ese momento. Por eso creo que esta Palabra dada en Hebreos es fundamental para la vida. ¿Qué es lo que Dios me pide? Porque ahí está mi sacerdocio. El sacerdocio de los presbíteros, también el sacerdocio común de todos los bautizados. En esta mediación precisamente, en esta capacidad de diálogo con Dios personal, en nuestra participación e integración dentro del Cuerpo, en asumir y acoger nuestro ministerio para bien de todos.

En mi reflexión personal, hace falta en la iglesia reordenar y colocarse cada uno en su lugar. Esto sería una excelente cultura vocacional. Para laicos y para sacerdotes. Para matrimonios y para consagrados. Para niños, jóvenes, adultos y mayores. Todos tienen un lugar. Nadie sobra, nadie está de más. Cada uno viviendo su vocación. Y no hay mejor modo de construir iglesia que éste. Y no hay mejor modo de participar del Reino que éste. Una tarea discernida, de diálogo. Porque el don que Dios ofrece con la propia vocación no trata sólo de una misión, sino que da identidad y constituye internamente, ofrece un nombre nuevo y una dignidad, es decir, renueva la persona y la hace digna de aquello a lo que ha sido llamada. Nos da la posibilidad de vernos en comunión, valorando en otros lo mismo que Dios ha hecho con nosotros. Hace falta, cada día, volver a escuchar esta llamada y resituarse. ¿Cuál es tu sitio? ¿Quién te pidió que estuvieras ahí?

26-oct. Sabéis interpretar los signos de la tierra (Lc 12,54)


Mi abuela me enseñó, durante las vacaciones, muchas buenas lecciones de la vida que nunca olvidaré. Incluso más, lo siento, que otros que se han empeñado en corregirme exámenes y en evaluar mis conocimientos. Sin presión, como por ósmosis, íbamos aprendiendo en el estío los signos de la tierra. Llovería si había hormigas en la calle, no pararía de llover hasta que la lluvia no dejase de hacer borbotones en los charcos; no tiene más fuerza el más grande, sino aquel que tiene experiencia y es mañoso; la tierra sedienta no da fruto, es estéril… Y tantas otras cosas. Y por las mañanas rezaba el rosario antes de levantarse de la cama para hacer las tareas de cada día. Y por las noches, antes de descansar, nos decía que nos vería mañana si Dios quería. Y así tantas y tantas cosas del cielo, que podemos ver ya aquí en la tierra. Y mucha caridad, especial con los de fuera. Y mucho amor por los suyos. Lo sabía porque era huérfana. Y mucha capacidad para sufrir, y seguir sufriendo y amando, sin contagiar a otros de sus cosas. Y mucha libertad, en su austeridad de vida, en la dureza del campo. Y muchas cosas del cielo, insisto, que se hacían en los dos meses de verano cosas de lo más ordinarias.

Sabemos interpretar el futuro. ¡Claro que lo sabemos! Y lo sabe casi cualquiera, y se escucha por la calle. Así no vamos a ningún sitio. Parece que nos han puesto un juicio universal a todos, para meternos en una crisis de la que no sabemos cómo saldremos. Si sabemos interpretar esas cosas, y lo sabe cualquiera, y conoce los motivos cualquiera, ¿por qué no convertimos nuestro corazón de una vez para entrar en el Reino? Y todo el mundo sabe mucho del futuro, por ejemplo, que no es para siempre, y que le gustaría llegar a la ancianiad, si puede, habiendo disfrutado y vivido aportando algo al mundo. Y todo el mundo sabe que la vida del hombre, aunque efímera y pasajera, se apega mucho al amor, a la confianza; que al final no queda “algo”, sino “alguien”, y que nos hemos hecho o buenos o malos, y no hay medias tintas ni consuelos fáciles. Y así, tantas y tantas cosas que sabemos. Y si las sabemos. ¿Qué estamos haciendo?

26-oct. Uno, una (Ef 4,1)


La vocación primera de la Iglesia es la propia unidad, la firmeza en la fe. Antes que misionera, antes que servicial; porque entiendo que también es voluntad de Dios que el primer prójimo a quien antender sea el propio hermano, el hermano en la fe. Sin grupismos, ni divisiones. Unidad rotunda que deberíamos vivir y afrontar como una responsabilidad de alta prioridad. De hecho, tan prioritaria es esta unidad que la misión comienza, quizá en los tiempos que corren de forma muy especial, en el “mirad cómo es aman”. Unidad que brote del reconocimiento en el hermano del Espíritu, y de la Iglesia como Cuerpo de Cristo.

Pablo hoy lo afirma con rotundidad. Pero si leo el Evangelio de ayer, que hablaba de cómo Jesús viene a sembrar en el mundo división incluso dentro de la propia familia, me quedo un poco contrariado. ¿Por qué esta paradoja? Porque la unidad en la nueva familia no se puede hacer manteniendo “lo de siempre”. Y esto es algo que puede que no todos comprendan ni acoja, pero que yo al menos tengo claro. O dejas padre y madre, o no habrá nueva familia. Mantener ligazones, sentirse doblemente unido, al final termina siendo motivo de fractura y de tensión. O dejas de vivir “al modo de todos”, o la vida cristiana y la vida en la Iglesia supondrá una “doble pertenencia”, una “doble vida”, una “doble moral”, un “doble centro”. Y esto ningún hombre lo puede coherentemente vivir. Porque termina roto, cansado, agobiado, sin distinguir, sin norte. En algunas cosas el cuerpo nos lleva la delantera, y no permite que nos subamos a dos coches a la vez. O uno u otro. Y tampoco nos permite caminar en dos direcciones opuestas, o una u otra. Y creo que deberíamos aprender esta lección para poder abrazar el compromiso de construir Iglesia al modo como Pablo hoy nos pide; perdón, al modo como el mismo Señor nos manda: Sed siempre humildes y amables, sed comprensivos, sobrellevaos mutuamente con amor; esforzaos en mantener la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz. La pregunta final entonces sería: ¿De quién eres, y para quién es tu vida? Una unidad, no impuesta y centrada en Cristo, en la que entren todos.